ÉL
(…)
De pronto advertí que él estaba conmigo, me miraba fijamente. Describir sus ojos es una tarea compleja, pero la considero imprescindible para que comprendáis lo que yo sentí con aquel ser que, a escasos centímetros, me observaba de forma inquietante. Sus ojos denotaban un cansancio acumulado, carecían del brillo que suele caracterizar a los hombres sanos. Quizás os parezca extraño, pero en sus ojos había una mezcla de tristeza y odio. No sabría deciros hacia quién iba dirigido ese odio. Desconocía también si yo iba a ser la víctima o si continuaría acumulándolo sin expulsarlo hasta encontrar a otra persona.
Si lo hubiesen visto, si EL les hubiera mirado de la manera en la que lo hizo conmigo, estoy seguro de que pensarían que nadie en su sano juicio mantendría en su interior una fiera como la que EL acumulaba, pues el odio es un sentimiento que nadie querría mantener.
Me miraba sin pestañear, exhibiendo una ligera sonrisa burlona en sus labios. Pensé en ignorarle, hacer como que no le veía, como si no quisiera nada de EL, pero era tarde. El ya sabia que me tenía intrigado. Yo quería saber quién era y porqué me seguía. Por fin me armé de valor y le pregunte:
- ¿Quién eres? - a lo que el respondió al mismo tiempo con una idéntica pregunta –
- ¿Qué es lo que quieres de mi? – insistí. Mas sólo pude advertir que movía sus labios al tiempo que le interrogaba.
Era una situación tremendamente confusa e inquietante, empezaba a asustarme porque no podia controlarla, algo que siempre he temido. Aquel individuo me conocía mejor que yo, era conocedor de todos mis defectos y miedos. Anuló todas mis armas y todas mis estrategias con tan solo ocultar su imagen entre sombras. De su rostro solo podía ver sus ojos y la mueca burlona que me dedicaba. No obstante, aparentaba poseer un físico corpulento y privilegiado. Una extraña sensación interior me hacía pensar que sabía de quién se trataba. Pero no podía imaginar de dónde había salido, ¿cómo podía estar ahora enfrente de mí?. Volví a intentar entablar conversación con EL y haciendo un gran esfuerzo de nuevo le dije:
- ¿Qué haces aquí?¿Qué quieres de mi? – Note que en mi voz había un deje de miedo.
Esta vez ni tan siquiera pude verle mover sus labios a la vez que le preguntaba, algo que sí había hecho en las anteriores preguntas. Parecía que supiera qué iba a preguntarle y me contestaba al mismo tiempo con la misma pregunta pero sin permitirme oír su voz. Mientras trataba de encontrar alguna respuesta a todas aquellas preguntas que hervían en mi cabeza, aquel ente se había ido, había desaparecido. Sin embargo, algo me decía que volveríamos a vernos antes o después, que fuera lo que fuera lo que estaba sucediendo, y que no había acabado de asimilar, no había sido más que el comienzo.
Cenci!!!! Tanto tiempo que tenía sin leerte y me ha dado mucho gusto reencontar tus textos. Siempre había estado pendiente de tu otro blog y llegué a pensar que, tal vez, ya no escribías. Pero me desmentí, y me has comprobado que “dejar de escribir” es imposible; las letras se nos salen por los poros, a veces, si no escribimos nos morimos…
Y bueno, has escrito demasiado que no había leído; me iré poniendo al tanto. Este post me recordó una frase: “mi otro yo”…
Un saludo!!!