Toda una vida
Nació en 1927. A la tierna edad de 9 años vió comenzar una guerra civil en su pís que acabaría tres años después (1939). Durante buena parte de ee período, permaneció en el Alcázar de su ciudad natal: Toledo. Aquel lugar jugó un papel muy importante en la historia de este paí, y ella un niña de 10-11 años tuvo la “suerte” de haber nacido en una familia de militares. Su posición era privilegiada y muchos de los niños y niñas con los que seguro compartió risas y juegos en la calle perecieron en tan cruel acontecimiento. Aquella guerra estúpida (perdonen la redundancia) dividió al país en malos y más malos, en dos bandos que rompieron familias, arrebataron vidas y enfrentaron a semejantes.
Setenta años después, sus ojos aún reflejan el dolor y la marca imborrable que dejó la guerra en el corazón de una joven de escasos 10 años. Aprendió rápido el valor de la vida, dió gracias a Dios por haber sobrevivido junto a su hermana pequeña y se crió en una familia de militares que gozaba de buen estatus social y económico. Recibió una educación recta y se casó con el hombre más bondadoso que haya participado en la historia de esta especie. Tuvieron 6 hijos, que se amaron y respetaron como hermanos.
La hermana pequeña de mi abuela (mi tía-abuela) sufriría en su adolescencia una extraña enfermedad que le dejaría sin andar y haría temer por su vida. Estando mi bisabuelo en el hospita, tras haber empeñado su coche (Mercedes), haberse gastado una fortuna en medicamentos de contrabando y haber invertido todo su dinero en intentar curarla; un médico le dijo que estaba perdiendo el dinero, y que lo emplease en un entierro digno. Mi bisabuelo (a quien lógicamente sólo conozco de oídas) echó de la habitación al médico y le advirtió de que no quería volverle a ver nunca.
La situacion mejoró y Victorina salvó su vida, o mejor dicho la actitud de sus familiares se la salvó. Perdió la movilidad de sus piernas y parte de la de un brazo, pero nadie ni nada le pudo arrebatar su sonrisa. Podía escribir, podría coser, podía comer ella sola… Creció en una silla de ruedas, dependiendo de los demás para muchas cosas. Sus sobrinos, entre ellos mi madre, le lavaban, le peinaban y le llevaban de paseo por cuestas y por los lugares más recónditos que encontraran. Y ella siempre les correspondía con una sonrisa sincera y tierna.
Aquellos seis hijos de mi abuela, se casaron y tuvieron sus hijos. Pero un nuevo suceso golpeó a mi familia. Uno de los hijos mayores había fallecido horas después de ser padre. Sonó el teléfono, y un padre recibió la peor noticia que podía recibir: la muerte del primogénito. El suceso, dentro de lo triste e injusto que fue, unió más a la familia, que lloró su muerte durante mucho tiempo.
Mi abuela era y es una mujer fuerte, que ha superado múltiples obstáculos a lo largo de su vida, durante sus 80 años recién cumplidos. Pero en los últimos dos años ha perdido mucho. Dejó de andar, sufre pérdidas de memoria considerables, pide que le lleven a lavarse los dientes cuando no hace ni 10 minutos que se los lavó… Es lo que tiene la edad, la vida es así. Pero me niego a verla sentada en un sillón mirando sin pestañear las fotos de su marido y de su hijo fallecidos. Me niego a recordarla como una mujer que esperó sentada a que llegara su hora. Me niego a perderla antes de que se vaya…
16 - Julio - 2007