Reflexiones, algo más de este joven loco…
“¿Los pobres son pobres porque son vagos?”. Aún resonaba en mi mente la pregunta del examen de Julio de Sociología. Aún tenía en mente los conceptos aprendidos y las estadísticas que revelan la cantidad de gente que permanecía en paro y en la pobreza voluntariamente para vivir de las ayudas de este Estado de “Bienestar”. Aún tenía nítidas las imágenes de la película Tiempos Modernos en la que Charles Chaplin hacía ver lo difícil que es la reinserción social tras salir de la cárcel. Aún recordaba los datos que ponen en entredicho la eficacia de las instituciones penitenciarias, ¡cuánta gente delinque voluntariamente para ingresar en prisión y tener un techo y tres comidas diarias garantizadas! Aún recordaba…
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Después de cenar, cogimos el coche de Carlos (el único que había cogido coche aquella noche) y nos fuimos los seis en su CLIO a casa de Carla, quien quería irse ya a casa a descansar. Las risas, los gritos y la voz de Calamaro en la radio llenaban un habitáculo que recordaba al camarote de los Hermanos Marx. Íbamos los seis compañeros de clase embotellados en un coche pequeño y nuestras risas y bromas ahogaban los comentarios de Carla, quien daba las indicaciones pertinentes al “chofer” para que le dejara en casa. La noche envolvía la ciudad, no habia nadie transitando por las carreteras, éramos jóvenes y teníamos ganas de divertirnos.
(…)
Ya siendo cinco en el coche, buscamos una gasolinera abierta para comprar algunas bebidas y poner gasolina al coche. Sonia daba indicaciones esta vez, pues era la que mejor conocía esa zona de la ciudad, y a cada semáforo en rojo Carlos se giraba y daba un sorbo de la cerveza de la que estaban dando buena cuenta los de detrás. Yo le miraba con cierto miedo, pero a la vez dejándome llevar por la diversión del momento, tan solo me atreví a realizar un comentario gracioso. Bromeábamos, nada pasa por beber media cerveza, pensábamos. Pero si a esa media lata de cerveza le sumas las de la cena, el resultado es un joven de 18 años al volante poniendo en peligro su vida y la de los demás tripulantes. No parecia importar a nadie, somos jóvenes y nos sentimos inmortales, buscando diversión aun incurriendo en ciertas irresponsabilidades.
Por fin vimos la gasolinera. Carlos aparcó entre dos coches y cuando íbamos a bajar advertimos que estaba cerrada. Marcha atrás para salir y buscar otra gasolinera que abastezca nuestra sed de diversión. “Nelson, mira a ver si viene alguien”, dijo Carlos. “Nadie” contestó él. Carlos puso la marcha atrás para realizar una maniobra que parecía sencilla. Continuamos hablando unos con otros y los gritos de Nelson de “¡Para, para!” vinieron acompañados por el estallido de la luna trasera del coche, un golpe seco y un grito ahogado emitido por Clara. La parte trasera del coche quedó inundada de pequeños cristales que, por suerte, no cortaron a los tres que iban detrás. Yo estaba pálido, algo en mi interior me decía que tenía que pasar, que cuando algo se hace mal suele salir mal.
Nos quedamos los cinco sin habla. El silencio solo fue roto por Carlos que se lamentaba y murmuraba “dime que esto no me está pasando a mí”, mientras bajaba del coche para evaluar los daños. Había salido muy rápido marcha atrás y el nuestro coche había chocado con un camión aparcado y que no presentaba el menor rasguño. El enfado de Carlos era monumental, casi las dos de la mañana y la fiesta había terminado por culpa de una imprudencia. Llamó a sus padres y les contó lo ocurrido…
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Eran las 4:30 de la madrugada, Sonia se ofreció a coger su coche para que continuara la fiesta. Me había acercado a casa y todo se había arreglado. Habíamos pasado un buen rato a pesar del accidente.
Ahora estaba solo. Andando por unas calles vacías, cruzando por donde quería y sin ninguna prisa por llegar a casa. Disfrutaba de la suave brisa que impactaba suavemente sobre mi cara secándome el sudor. Por un lado, aún sentía el miedo en el cuerpo y resonaba en mis oídos el ruido del cristal rompiéndose y el grito de Clara. Invadieron mi cabeza los titulares de los telediarios que hacen referencia a las imprudencias al volante por parte de los jóvenes. Sufrimos un pequeño accidente saliendo de un aparcamiento, había sido mala suerte… Pero no podíamos negar que nos habíamos expuesto al peligro al permitir que Carlos cogiera el coche habiendo bebido. No quería pensar en “lo que hubiera pasado si….”
Encendí el mp3 y continué mi camino a casa. No quería ver el vacío, no quería oír el silencio. Escuchaba “Jardín de Infancia” de Arma Blanca, cuando giré la última esquina antes de llegar a mi calle. La canción habla sobre determinismo, de lo triste y frustrante que es saber que nuestras vidas están enormemente regidas por el azar. Narraban distintas historias de gente de la calle. Hablaban de pobreza, drogas, malas compañías en la infancia…
“¿Los pobres son pobres porque son vagos?”. Aún resonaba en mi mente la pregunta del examen de Julio de Sociología. Aún tenía en mente los conceptos aprendidos y las estadísticas que revelan la cantidad de gente que permanecía en paro y en la pobreza voluntariamente para vivir de las ayudas de este Estado de “Bienestar”. Aún tenía nítidas las imágenes de la película Tiempos Modernos en la que Charles Chaplin hacía ver lo difícil que es la reinserción social tras salir de la cárcel. Aún recordaba los datos que ponen en entredicho la eficacia de las instituciones penitenciarias, ¡cuánta gente delinque voluntariamente para ingresar en prisión y tener un techo y tres comidas diarias garantizadas!
Todas estas ideas se amontonaban en mi mente cuando crucé la esquina y volví a verlos. Era la segunda vez que veía a esos dos hombres durmiendo en la acera cubiertos con cartones. A pesar de ser Agosto hacía algo de frío aquella noche, y en esta ocasión me negaba a que mis piernas me guiaran por otra senda. Me habían sobrado 5 euros en toda la noche. Los mismos 5 euros que llevaba en el bolsillo con la mano cerca durante el corto trayecto hasta casa. Aquel billete que cambiando de manos, más que saciar su hambre podía darle esperanzas de nuevo. No supe muy bien qué hacer. Quería tener un gesto generoso con aquellos hombres desfavorecidos, pero tampoco iba a despertarles del que quizás fuera su único estado de felicidad al día. Pensé en dejarles cerca de sus lechos el billete para que lo vieran al despertar el día siguiente. Pero podía volarse o perderse… Casualidades de la vida, uno de ellos se movió y me atreví a acercarme y a hablarle. “Disculpe”, se sobresaltó al verme. Unos ojos tristes se tornaron en sonrientes al ver la asistencia económica que le tendía.
Los 50 metros que me quedaban hasta casa los caminé comiéndome la cabeza. Debía estar contento con mi acto, no había mirado para otra parte y había tendido mi ayuda a un necesitado de manera voluntaria. Pero los “peros” volvieron a invadirme. Y si perdía el dinero, mi acto habría sido en vano. Y si no le decía nada al otro hombre, su compañero de desgracias, habría provocado con mi acto una disputa que antes no existía. Pensé en la frase de Lao-Tsé: “Si das pescado a un hombre hambriento, le nutres una jornada. Si le enseñas a pescar, le nutrirás toda la vida.” Pero yo no podía enseñarle a pescar, “sólo” tengo 18 años y aquel día volvía cansado a casa. Además ya hay instituciones que se encargan de ello. En la Casa de la Caridad les dan cobijo, ropa y comida. ¿quién sabe porqué dormían en la calle? Me sentí mejor conmigo mismo al darle 5 euros, me sentí un héroe, un justiciero, un hombre capaz de cambiar el mundo. Pero la sensación de vacío me seguía llenando…
En este mundo movido por el dinero, darle 5 euros podía ayudarle a comer un día. Intenté imaginarme su historia, por qué había acabado durmiendo en la calle. Quizás perdiera su empleo e incapaz de llevar un sustento económico a casa comenzaran en el hogar las discusiones con su hipotética mujer, la cual al divorciarse se quedaría con la custodia de los hijos y con la casa (al menos en España en la inmensa mayoría de casos de divorcio es la madre quien se queda con los niños…otro ejemplo de ¿hembrismo?, eso es otro tema). La suerte le dio la espalda durante unas semanas, unos meses quizás. Fue suficiente para dejarlo solo. Invisible a los ojos de sus (ex)familiares y (ex)amigos. Ninguneado continuamente. Con un aspecto desaliñado y una edad que supera los 40- 45 años es tarea casi imposible encontrar un trabajo digno.
Llegué a casa pensando que más que dinero aquel hombre necesitaba conversación, el calor de otro ser humano, el simple hecho de volver a sentirse alguien. Me dolió comprobar que mi vida está regida por un impulso egoísta a cada segundo, que vivo esclavizado por el tiempo y la rutina. Me dolió comprobar que formo parte de esta extraña especie, condenada a vivir muerta en vida (copyright de ItoCuaz). Me dolió darme cuenta de que los pobres son pobres porque la sociedad es vaga. Porque la sociedad funciona movida por el egoísmo y la crueldad de la selección natural. Me dolió sentirme orgulloso por lo que hice, cerrar mis ojos y dormirme bajo el mismo techo que mi familia.
Aquella noche, más que nunca, me dolió ser humano.