Tuesday, October 30, 2007

Reflexiones y recuerdos

Un continuo silencio llenaba la habitación 338. En ella se encontraban varios familiares visitando a una anciana que había sido ingresada recientemente y que se hallaba sedada. Victorina Campos, Nina, una mujer fuerte, sonriente, paciente, sensible y entregada al 100% a sus allegados a pesar de su minusvalía física. La enfermedad que invadió su cuerpo en la adolescencia no sólo le encadenó a una silla de ruedas, también le condenó a visitas continuas a hospitales en los que vivió experiencias de todo tipo. Algunas duras e injustas, como aquella vez en la que unas enfermeras le llamaban enchufada por pertenecer a una familia de militares. En otras ocasiones, por el contrario, tuvo la oportunidad de conocer a gente maravillosa y dedicarles su sonrisa cautivadora, personas a las que estoy seguro no habrá olvidado.

La hermana de Nina, mi abuela, desde su silla de ruedas –dejó de andar de forma paulatina durante el último año- le lanza comentarios que escaparon al control de una mente sana. “Fermez la bouche” le repite una y otra vez. Y la pobre Nina, desde la cama del hospital, le mira con sus enormes ojos azules y con la boca abierta (en un cansado intento por respirar) e intenta mandarle a la porra, sin fuerza si quiera para aguantar el peso de su propia cabeza. Mi madre manda callar a su madre, intentando que Nina esté lo mejor posible después de haber sido reanimada cuando llegaba al hospital en ambulancia, después de haber sufrido otra insuficiencia respiratoria que nos avisa de que tiene los días contados.

Entonces mi abuela, más cercana ya a la infancia que a la madurez en sus palabras y actos, comienza a entonar una canción que aprendió en su niñez en boca de Rafita (supuesta amiga de entonces). Nadie sabe si la tal Rafita habrá pisado este planeta nunca o es uno de tantos lapsus y confusiones en su mente, lo que nadie duda es que, para sorpresa de los allí presentes, recuerda la letra a la perfección. Y lo que es más impactante, Nina se apunta a la fiesta y comienza a vocalizar la canción a modo de Playback. Su boca dibuja fonemas que es incapaz de pronunciar por falta de energía, pero deja bien claro que mantiene frescos esos recuerdos.

Pienso en la última vez que le oí pronunciar una frase de manera nítida. No recuerdo la fecha ni el comentario exacto, pero conociéndola apostaría sobre seguro a que fue un comentario de agradecimiento acompañado por una sonrisa. Recuerdo cuando era niño e iba con mis hermanos a casa de mi abuela después del colegio. Mis padres trabajaban fuera de la ciudad y aquella casa mantuvo siempre las puertas abiertas a tres niños que de buena gana limpiaban el plato de comida. Por aquel entonces, una chica se encargaba de dar la comida a Nina, comida que había cocinado mi abuela con sus propias manos, dotando de un ingrediente especial cada grano de arroz, cada plato de pasta… Nos lavábamos las manos, nos quitábamos el uniforme y bendecíamos la mesa los cuatro. Mis dos hermanos y yo nos criamos en el amor de aquella casa, el hogar que vio crecer a mi madre y a sus cinco hermanos, La buena educación que recibimos aún rige nuestras vidas y nos hace ver con ojo crítico las nuevas oleadas de jóvenes que siembran el terror en el colegio y en sus casas. Doy gracias a Dios por aquellos tiempos de paz y felicidad, por haber sentido el amor de una abuela y sus cálidas y sabias palabras. Doy gracias a Dios por las comidas y tertulias vividos, por haber conocido a la madre de mi madre (mi grandmother). Le estaré eternamente agradecido por cuidar de mí cuando era un ser indefenso y dependiente…

Dejo de pensar en aquellos tiempos para vivir la realidad de la habitación 338. Miro a Nina y rápidamente retiro la vista de sus preciosos ojos. Ajeno a las canciones que sigue recordando mi abuela en voz alta, trato de evitar que mi mirada se cruce con la de Nina. Trato de evitar que haga un sobreesfuerzo para decirme algo, ya que apenas puede respirar aún con la asistencia sanitaria. Me siento culpable, el mirar hacia otro lado me convierte en un cobarde, y noto que condeno a Nina a la soledad y a la incomprensión.

Vuelvo a sumergirme en mi memoria, todavía recuerdo aquellos tiempos en los que Nina hablaba alto y claro. En los que Lala (forma cariñosa con la que llamamos a mi abuela) cocinaba, leía en vez de perder el tiempo frente al televisor, cosía, escribía en su diario…Todavía recuerdo cuando estábamos en el salón de mi segundo hogar viendo la tele después de comer y me mordía las uñas adrede para que Nina (que había comido antes que nosotros) me dijera “No te muerdas” de forma pausada pero clara…me hacía gracia escucharle…

Pero ahora, todo es tan diferente… Mientras mi abuela sigue cantando aquellas canciones infantiles observo a mis familiares. En la habitación nos encontramos varios: Rocío (hermana pequeña de Nina y de mi abuela), en perfecto estado físico y mental, mandando callar a todo aquel que intentara abrir la boca. A su lado mi madre, y con ella dos de sus hermanos. Mis hermanos y yo estamos sentados, sin saber muy bien de qué va la cosa, manteniendo silencio en la medida en la que un joven puede guardar silencio durante una hora entera… Y a nuestra derecha, sentada en su silla de ruedas, con una sonrisa de oreja a oreja y aparentemente algo despistada y ajena a la realidad, mi abuela. Junto a ella está Charo, una mujer boliviana que vive y duerme en casa de mi abuela y cuida de las dos. Es una mujer muy agradable que lleva dos años seguidos con nosotros y ha visto envejecer y perder facultades a mi abuela y luchar y aguantar sin protestar hasta el final a Nina. Ella es quien cocina, quien da de comer a Nina (mi abuela aún es capaz de valerse por sí misma para llevarse el cubierto a la boca), quien pasea por casa y por la calle a mi abuela sentada en su silla de ruedas y quien se despierta de madrugada ante las llamadas incesantes de mi abuela quien le pide (por no decir ordena) que le lleve a la peluquería…¡Bendita Charo! ¡Qué mal debió de pasarlo al principio! Estar trabajando en España para poder llevar dinero a su familia y ver envejecer a mi abuela mientras sus cuatro hijos crecen y maduran allí sin poder ver a su madre. Vernos a nosotros (mis hermanos y yo) jóvenes y sanos, de buenas estaturas, bien vestidos y alegres, quejándonos de problemas mínimos…

Miro y estudio a cada una de las personas que llenan el habitáculo. Éste se halla frío por el silencio y el ambiente que reina en los hospitales, pero el calor de una familia reunida hace mucho más agradable la estancia de Nina (otra estancia más…). Todos somos conscientes de que su hora está próxima. Mientras me dispongo a despedirme me pregunto cuándo será la próxima vez que nos volvamos a ver tantos familiares entre semana, escapando a la rutina y a nuestras obligaciones. Mientras estas reflexiones inundan mi mente, descubro que mi abuela ha concluido su repertorio. A nadie le apetece que haga un “bis”, pero es duro y triste observar como la respiración forzosa de Nina llena la habitación. Pequeños ronquidos que suenan acompañados por el burbujeo del gotero y demás sonidos extraños que reproducen otros aparatos que tratan de llenar de vida sus cansados y frágiles pulmones, retardando así el día de la despedida. Al son de esta melodía fúnebre muere el silencio, y nace en mi interior un sentimiento de incertidumbre.


¿Estaré cerca de ella cuando cierre sus ojos para no abrirlos más?

¿Volveré a verla en casa de mi abuela, escurrida en su silla de ruedas para acostarla en la cama mientras mi abuela llama a Charo a gritos desde el salón?

¿Será esta misma semana cuando se complete su alma o vivirá más tiempo del que le diagnostican los médicos, como ha sucedido siempre con ella?

¿Habré sido capaz de decirle que le quiero mucho y que me ha enseñado a vivir dignamente?

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- ¿Ves la luz en el horizonte?

- Sí, veo un resplandor.

- ¿Es el final de la noche?

- Claro.

- ¿Y por qué no el principio del día?

- ¡Sí! Es el principio del día.

- No, escupitajo. Es las dos cosas. Un principio es siempre un final, y un final siempre un principio.

(De las conversaciones de Skiopul el Cojo y Bruto Memor)

El alimento de los dioses - Gonzalo Moure


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Thursday, October 18, 2007

Esclavo de mi libertad

Miraba atrás. Cada vez se sentía más tranquilo, más neutro. Apenas se oían ya gritos, ruido de coches o de otros aparatos portadores de felicidad y progreso. Ya no sentía cómo el pecho se le cerraba, estrujando su corazón y tratando de ahogar un ritmo cardiaco acelerado. Aquella sensación de malestar y de tensión constante sólo existía en su memoria. Ahora todo era diferente…

El odio se había extinguido, y con él las sonrisas, las sonoras carcajadas que llenaban el salón del que antaño fuera su hogar. Tarea imposible era encontrar en su interior el más mínimo ápice de sentimientos humanos. Había cumplido su promesa, no había vuelto a enamorarse. Aquella proposición que se hizo a sí mismo tras ver que su presencia no era grata para las personas con quienes soñó compartir su vida, aquella decisión acobardada que el cuaderno lamentó durante el resto de su inerte existencia, fue llevada a cabo. Envenenadas, al verse alimentadas sólo por odio y rabia, fueron cayendo las hojas del cuaderno, su único amigo. Su único compañero de amores y desamores, de alegrías y de penas, se vio inmerso en un triste y solitario otoño al que suplió un invierno eterno. Jamás volvió a estremecerse al escuchar sus poemas. Jamás durmió tranquilo tras oír su nombre…

(…)

Pasó un tiempo, lo que otros llamarían meses, y el joven abandonó definitivamente al cuaderno. Ni tan siquiera contestaba a sus preguntas, ni tan siquiera derramaba sus lágrimas para dar vida a bellos y sinceros poemas. El joven olvidóse de vivir, olvidóse de llorar, de sonreír, de gritar…olvidóse de sentir. Abandonó la escritura, y con ella su equilibrio y único motivo para caminar. Se alejó de la gente, se desprendió de sí mismo. Cierto es que ya no perdía las horas frente al televisor, innegable es que su raciocinio había alcanzado cotas que el resto de los de su especie desconocían. Mentiría si les dijera que era más feliz antes, a pesar de que sonriera más que ahora.

¡Valiente cobarde! Tú que te desprendiste de los sentimientos sin discreción ninguna. Tú que permitiste que tu corazón se tornara piedra, para convertirlo posteriormente en ceniza. Tú que actuaste toda tu vida movido por el egoísmo y odiando a quienes hacían lo mismo.

¡Completo incompleto! Pretendiste dejarlo todo porque eras frágil como un bebé. Intentaste olvidar tu pasado, dar la espalda a tu presente. Renegaste de tu especie dinamitando así cualquier futuro próspero. Cerraste los ojos a los caminos que emprendieron tus congéneres y comenzaste a vagar por lares inhóspitos. Atravesando grises veredas y tratando de convencerte día tras día de que huías de los caminos fáciles en busca de una vida mejor. Tú que te creíste protagonista de una obra clásica grecolatina y quisiste vivir tu propia Odisea.

¡Perfecto idiota! Insensible trozo de carne y huesos que te engañaste a ti mismo con innegables verdades…

¿Qué te costaba ser uno más? ¿Dime por qué no escapaste equipado con una linterna o un mapa? ¿Por qué no volviste la vista atrás?

Pequeño gran hombre, tú que prendiste fuego al papel en que fue escrito tu destino y convertiste tu futuro en cenizas.

Prudente insensato, tú que huiste de las sombras sin saber que tus ojos quedarían cegados por la luz.

Joven caminante, dueño de alargadas piernas cuyas zancadas no te portaron a ningún destino.

Pacífico luchador que blandiste con tanta sabiduría y fidelidad aquella espada a la que llamaste “boli”.

Ente exánime, poseedor de grandes brazos y torpes manos que no empleaste para abrazar a aquellos que requerían calor y ahora te hallas perdido entre la nieve de tus dudas.

¿Por qué no me llevaste contigo? ¿Por qué no te escuchaste ni te diste opción ninguna?

Filólogo analfabeto. Pretendiste escapar del tiempo y caíste esclavo de la eternidad de lo efímero. Intentaste tocar el cielo, ocupar tu puesto en el Olimpo. Pero la polución del trayecto te devolvió al abismo.

Curtido novato, tú que creíste conocer los caminos y las salidas y te perdiste en una realidad utópica.

Insomne soñador, tú que naciste difunto en un universo vacío y sonreíste a la tristeza…


Contrincante afín.

Genio estúpido.

Caminante sin camino…

¿Hasta cuando serás esclavo de tu libertad?

 

Tu Cuaderno.

 

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Monday, October 1, 2007

Diálogos de los Simpsons

Supongo que no hace falta presentación. Lo que a continuación adjunto son algunos (una mínima parte de los que les podría poner de cabeza) de los mejores diálogos que podemos apreciar en esa serie tan estupenda como atemporal que son los Simpsons :D

Disfrútenlos!

 

Homer: Doc, esto no me entra en la cabeza, mi hijo un genio. Es algo que no se me alcanza.
Dr. Pryor:
Verá, el nivel de inteligencia de un genio normalmente es el resultado de la herencia y del entorno… (Prior observa a Homer frunciendo el ceño.) Aunque en algunos casos es un absoluto misterio.
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“Nuestras vidas están en las manos de personas que no son más inteligentes que nosotros. La mayoría de ellos son incompetentes, y lo sé porque he trabajado codo con codo a su lado, y he jugado a los bolos con ellos, y he visto cómo iban ascendiendo dejándome a mí atrás una y otra vez.”
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Homer, a Dios: “Tú estás en todas partes, Señor, eres omnívoro.”
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Marge: Después de esto, Bart, lo que tienes que hacer es ir derecho a hablar con el director.
Bart:
Sí, supongo que podría hacerlo.
Homer:
¿Qué? ¿Y violar el código de honor del recreo? Antes ver a mi hijo muerto.
Marge: No digas bobadas, Homer. ¡Qué burradas dices!
Homer:
El código de honor es sagrado, Marge. Las reglas que les enseñan a ser hombres, a saber, no debes cotillear, ríete siempre de los que son diferentes, nunca debes decir nada hasta no estar seguro de que los demás piensan igual…

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Marge: ¿Homer, entonces es una despedida de soltero?
Homer: No, no, Marge. Va a ser una cosa muy elegante, té, bollitos, esas cosas.
Marge: ¿Eugene Fisk? ¿No es tu ayudante?
Homer: No, mi supervisor.
Marge: Me dijiste que era tu ayudante.
Homer: ¡Oye, pero bueno! ¿Qué va a ser esto, la exquisición?
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Adil: ¿Cómo puedes defender a un país donde el 5% de la gente controla el 95% de la riqueza?
Lisa: Yo defiendo un país, donde la gente piensa y vive como le da la gana.
Adil: ¡Qué va!
Lisa: ¡Es cierto!
Adil: ¡Qué va!
Lisa: ¡Es cierto!
Homer: Por favor, niños, basta de peleas. Tal vez Lisa tenga razón al decir que América es el país de la oportunidad, y Adil al decir que la máquina del capitalismo se engrasa con la sangre de los trabajadores.

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Homer: Este sitio es deprimente.
Abuelo:
Oye, yo vivo aquí.
Homer:
Bueno, una vez que te acostumbras seguro que es la monda, pero vámonos.
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Bart: El abuelo huele un poco como ese baúl del garaje que tiene el fondo húmedo.
Lisa:
¡Qué va! ¡Huele a laboratorio fotográfico!
Homer:
¡Basta! ¡Se acabó! ¡El abuelo huele como cualquier persona mayor, y huele más a pasillo de hospital que a otra cosa!

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Marge: Bart ha mejorado mucho este trimestre… pero Lisa ha sacado peores notas.
Homer: (Quejoso.) ¡Oooh! Siempre tenemos un hijo bueno y otro que es un desastre. ¿Por qué no podemos tener los dos buenos?
Marge:
Tenemos tres hijos, Homer.
Homer:
¡Maaaarge, el perro no cuenta como hijo!
Marge:
No, Maggie.
Homer:
Oh, sí.
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“Marge, para mentir hace falta uno que mienta y otro que escuche.”
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Homer: …porque si me importa un bledo, no puedo fingir que me interesa. Aunque ya soy experto en fingir interés por tus raritas aficiones.
Marge:
(Comenzando a enfadarse.) ¿De qué aficiones raritas hablas?
Homer:
Pues me refiero al parto, clases de pintura… ¡esas cosas!
Marge:
¿Y por qué no lo dijiste en su momento?
Homer:
Tú sabes que no haría nada que hiriese tus sentimientos. Buenas noches.
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“No quiero ofender, Apu, pero cuando repartieron las religiones tu debías estar haciendo pis.”

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Marge: Homer, vamos a necesitar una casa mayor.
Homer:
¡No, qué va! Lo tengo todo pensado. El bebé dormirá en la cuna de Bart, y Bart con nosotros hasta que cumpla los veintiuno.
Marge:
¿No se volverá rarito?
Homer:
Ahí tienes a mi primo Mario.
Marge:
¿Qué primo tuyo se llama Mario?
Homer:
Se convirtió en María en el 76, y se unió a una secta. Creo que se llama Madre Shabubu, ahora.
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El cerebro de Homer: Se acabó, Homer. Es hora de confesar el terrible secreto de tu pasado.
Homer:
Marge, me he comido esos jabones de colores que compraste para el baño.
Marge:
¡Pero, Homer!
El cerebro de Homer:
¡No, el otro secreto!
Homer:
Marge, no conseguí graduarme en el instituto.
Marge:
¡Pero eso no explica por qué te comiste los jabones! ¡Bueno… quizá sí!

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“¡Ah, por fin un poco de tranquilidad para leer algunas de mis obras favoritas! ¡Cacahuetes con miel! Ingredientes: sal, edulcorantes artificiales, rayadura de cacahuete… ¡Mmmm!”: Homer leyendo la etiqueta de un envase en el sofá.

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Lisa: Nos cubrirá el seguro, ¿no, mamá?
Marge:
Homer, dile a tu hija lo que compraste cuando te mandé a pagar el seguro.
Homer:
¡Malditas judías mágicas!
Marge:
¡No culpes a las judías!

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“Apu… Por si te sirve de algo, te diré que la vida es una aplastante derrota tras otra, hasta que acabas deseando que se muera Flanders.”

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Marge: Homie… ¿De veras piensas ignorar al abuelo durante el resto de tu vida?
Homer:
¡Claro que no! ¡Es sólo durante el resto de “su” vida! Me dijo que fui un accidente. Él no quería tenerme.

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Bart: Papá, ¿llevas calzoncillos largos o cortos?
Homer:
No.
Bart:
¿Qué religión practicas?
Homer:
Ya sabes, esa con todas las reglas bienintencionadas que nunca funcionan en la vida real… er, Cristianismo.
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“Vuestra madre está muy disgustada… Voy a hablar con ella ahora que ponen los anuncios.”

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“¡Por el alcohol! ¡La causa –y la solución- de todos nuestros problemas!”
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Homer: Llorar no sirve de nada, a no ser que las lágrimas huelan a comida de chucho. Así que puedes seguir llorando y comiendo sus latas de carne hasta que las lágrimas te huelan a comida de chucho y vuelva el perro o puedes ir en su busca.
Bart:
Sí, eso haré.
Homer:
Casi le convenzo de que se coma las latas.

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Marge: De todas las cosas horribles que has hecho en tu vida, ésta es la peor, y la más despreciable.
Homer: Pero Marge, te lo juro, nunca imaginé que te enterarías.
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“Pues no sé, Marge. Intentarlo es el primer paso hacia el fracaso.”
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(Marge trata de empujar a Ayudante de Santa Claus hacia el jardín trasero, mientras Homer come en la cocina.)
Marge:
¡Venga! ¡Tienes que salir a la calle a hacer… tus cosas.
Homer:
Según los expertos, si quieres que un animal haga una cosa, debes hacerla tú antes para que él la aprenda.
Marge:
¡No querrás que vaya yo al cuarto de baño en el jardín!
Homer:
¡Pfffft! Perdóname, majestad.
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“¡Mosquis! ¡Eso debe de valer una fortuna!”: Homer admirando el billete de un trillón de dólares de Burns.
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Marge: Esta loca que vive en nuestro montón de basura, me ha vuelto a atacar.
Homer: Eso no es lo que dice ella…
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Marge: ¡Oh, Homer! Tú no has ganado a nadie. Han venido recoger la basura porque escribí una carta de disculpa al inspector de sanidad, y firmé en tu nombre.
Homer:
¡Oh! ¿Qué tu firmaste en mi nombre? ¡Me siento ultrajado!
Marge:
Tú has firmado por mí muchas veces.
Homer:
Pero esto no es una solicitud de crédito, ni un testamento. ¡Me has despojado de mi dignidad!

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¡Oh! Sabes que no soy aficionado a rezar, pero si estás allá arriba… ¡sálvame, Supermán!”
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Marge: Cuando nos casamos… ¿era así como pensabas que pasaríamos los sábados? ¿Yéndonos a las afueras a buscar motores para el frigorífico?
Homer:
¡Bah! Nunca pensé que viviría tanto.

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Posted by cenci6 at 19:17:22 | Permalink | Comments (5)