Armandito Escuaz
Caminaba por una gran avenida en la que confluían personas y coches. Sirenas, luces, gritos y humo daban color a una mañana cualquiera, de un día cualquiera, en una ciudad cualquiera. Nuestro protagonista caminaba Armando su bolígrafo con ideas, tratando de Escobar1 el vulgo. Su boca murmuraba palabras incomprensibles, un grito ahogado era emitido a cada paso, mientras sus dientes, reñidos unos con otros, sujetaban fuertemente un cigarro encendido y a punto de doblarse…Así se sentía él. Carne de cañón, una presa inmóvil en las fauces de los poderosos. Carroña de la que se alimentaban las clases altas de aquel lugar.
Sabía que acababa de llegar, pero era consciente de que no tardaría en irse. No le gustaba aquello. Detestaba sentir cómo iba consumiéndose al compás de cada segundo. Odiaba comprobar que, tristemente, sus ilusiones y sueños de la infancia se habían tronado cenizas. Cenizas que cayeron al suelo y fueron pisoteadas por centenares de semejantes. Ilusiones rotas que yacían junto a su cigarro. Sueños que murieron sin que ninguna campana redoblara lamentando su pérdida.
Siguió caminando. Enjugando las lágrimas que cubrían sus ojos para poder observar bien qué vía escoger. Siguió llorando, lamentándose por su desdicha mientras sus pies le guiaron por sendas peligrosas, pero cuando quiso rectificar ya era tarde.
(…)
No hubo ceremonia de despedida ni funeral alguno. Nadie le echó en falta, pues todos vivían absortos en sus problemas cotidianos y fueron incapaces de percibir su pérdida. En aquel lugar, en constante lucha y persecución, en cuyas calles confluyen cazadores y presas; muchos fueron los que perecieron. Pocos los que aún hoy se resisten a hacerlo. Y escasos, notoriamente escasos, los elegidos para resurgir de sus cenizas convertidos en seres libres.
Evolucionó en un ser superior. Permanecía encerrado en el mismo cuerpo que antes, un cuerpo castigado por una vida duro y que denotaba ciertos rasgos de tristeza causados por la soledad, enfermedad extendida entre los habitantes de las urbes. Pero él se había salvado y, aunque seguía encerrado en el mismo cuerpo que antes de su metamorfosis, ahora era dueño de una mente poderosa y privilegiada. Ahora vivía ajeno al ajetreo del mundo. Ahora era capaz de centrar su mirada en los detalles más complejos del día a día, y también de abstraerse al máximo para entender cualquier cuestión en su totalidad que le preocupara.
(…)
Porque lincharon tu alma y desarrollaste la capacidad de sentir y expresar tus emociones de un modo racional.
Porque secuestraron y quemaron tus cuadernos y diste vida y sentido a cientos de folios en los que vertiste pedacitos de tu alma.
Porque te sentiste un náufrago, y vaciaste botellas enteras en noches de fría soledad para verter en ellas mensajes desesperados que lanzaste a un mar de atascos y sirenas.
Porque me tendiste la mano que me sacó del hoyo.
Porque caminas hacia ningún destino y huyes cuando te paras…
Porque eres escritor y maestro:
Gracias