Sunday, January 27, 2008

Calles ya transitadas

Caminaba con los ojos cerrados.
Caminaba con las piernas estáticas.
Caminaba por calles ya transitadas.
Caminaba solo. Sólo caminaba…

(…) Era un claro día de primavera, y me encontraba en medio del caos más inocente: el patio de un colegio al mediodía. Yo no podía hablar ni moverme, ellos no podían verme ni oírme, de manera que sólo podía (ad)mirar el paisaje y escuchar sus conversaciones. Observaba niños asidos fuertemente de las manos de sus madres, algunos por voluntad propia y sonrientes; otros con caras largas porque la llegada de sus progenitoras había supuesto su expulsión eminente del terreno de juego en el que eran protagonistas. Manchas en los pantalones de los jóvenes a la altura de sus rodillas son sinónimo de caras largas entre las madres. Éstas se las tendrán que ingeniar durante toda la tarde para sacar a flote el color gris de la prenda y hacer desaparecer la verde firma del césped. Mientras, pantalones y jerseys exhiben orgullosos las cicatrices que sufrieron durante el período de esparcimiento de la mañana. Algunos de sus dueños fueron vaqueros por un rato, otros astronautas, unos pocos médicos, y la gran mayoría probó el suelo del patio en incontables caídas concentrados en el partido de sus vidas.
En un solo terreno en el que confluyen cuatro balones diferentes y sus múltiples perseguidores, ¿cómo es posible que se las arreglen y disfruten?¿cómo es posible que establezcan ellos sus propias normas, que designen a sus propios jueces para decidir si un balón que ha rebotado en un niño ajeno al partido iba a gol o no? Es curioso verles jugar cuatro encuentros simultáneos del más alto nivel futbolístico. Es curioso comprobar que no discuten más allá de 5 segundos cada conflicto, saben que el tiempo que tienen es corto, quizás insuficiente, pero es el tiempo que tienen para disfrutar y no están dispuestos a perderlo discutiendo. Ninguno sabe cuándo llegará su madre o cuándo sonará la campana en por la mañana dando fin al recreo y devolviéndolos a sus clases. No saben cuánto les queda, pero no les preocupa. Aun sabiendo que su tiempo es limitado no se preocupan lo más mínimo, lo aceptan sin más. Sin haberlo hablado previamente unos con otros, todos parecen coincidir en que si aprovechan al máximo cada segundo, no les molestará escuchar la campana cuando lelgue el momento de volver a clase. No se resignan cuando llega el final, se sienten satisfechos con lo que han hecho. Tampoco piensan en el próximo recreo, les importa poco o nada el futuro. Es más, ni siquiera saben qué es el futuro. No saben qué es el estrés. No saben que el tiempo es unidireccional, pero no les preocupa. A ellos no. Porque son la raza humana más sabia, aunque eso tampoco lo sepan…

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Cerré los ojos y viajé por mi mente. Viajé a un tiempo pasado y viví una situación muy agradable y edificante. Me vi a mí mismo cuando era un niño, rodeado de gente: madres e hijos, profesores y alumnos, abuelos y nietos caminábamos en procesión hacia la calle. Yo andaba mirando hacia abajo, comiendo gustosamente un bollo relleno de chocolate que mi madre me había traído para merendar. Con un pequeño surco de chocolate rodeando mi boca me despedí del portero, quien yacía de pie en la gran puerta azul que daba al exterior, y éste me devolvió una sonrisa y un tímido gesto que no pude advertir porque mis ojos se posaron nuevamente en la atractiva merienda que sostenían mis manos. Con mi madre a mi derecha, con mis hermanos pegados a mí, y rodeado de una multitud de gente a quienes veía todos los días pero que apenas conocía, atravesé aquella puerta por enésima vez en mi vida. ¿Quién me iba a decir que sería la última vez?, ¿cómo iba yo a saber que aquella puerta no se volvería a abrir, no para mí?
Atravesé una puerta sin retorno dejando al otro lado recuerdos, compañeros, profesores, amistades, lágirmas, sonrisas, aplausos, gritos, exámenes, negativos, aventuras, pillerías, castigos, notas, horarios, pupitres, tutores, balones, patios, dibujos, adivinanzas, rezos, fiestas, uniformes… Dejé dentro, al otro lado de aquella puerta, mi infancia. Una infancia que perdí al toque de una campana. Una infancia que fluyó y que nunca volverá. Una infancia de la que aún puedo disfrutar cuando me adentro en mi memoria y revivo vagos recuerdos. Recuerdos en los que con frecuencia me sumerjo. Viajes en los que encantado me embarco. Silencios en los que escucho mis propios pasos y la voz de un hombre triste y frustrado que me dice “
Por esta calle ya has transitado“.

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Wednesday, January 16, 2008

Utopías

A continuación les presento dos microrrelatos muy distintos y que les golpearán de maneras diferentes y en sitios diferentes (ya me entenderán). Son dos relatos que me he tomado la libertad de copiar de la página escueladeescritores.com y que pertenecen a un concurso literario que consiste en lo siguiente: Un personaje famoso comienza el escrito con una frase y cada concursante debe (con un máximo de 600 caracteres, contando espacios) desarrollarla y terminarla a su manera. Me parece muy interesante la idea, no es fácil captar la atención del lector en una historia que dura 10 líneas, por ello el escritor se debe esmerar en realizar descripciones vagas pero consistentes, transmitir mucho diciendo poco… Como digo las dos historias son la ganadora y la finalista de la última semana de Junio del pasado año. Rían, reflexionen y, ¿por qué no?, inténtenlo en casa.

Microrrelato ganador del 28/06, comienzo de Leo Bassi

Autor: Álvaro de la Riva Hengstenberg

Hay que volver a tener pasión por las utopías… porque sin utopías la vida no es posible. El jefe de ingenieros miró al muchacho y dijo: “Pero bueno, chaval…”. Pero éste lo interrumpió de nuevo: “¡Las utopías nos harán libres como el viento! Podremos tener cuanto se nos antoje al alcance de la mano. Nuestros seres queridos serán de nuevo accesibles a nuestros corazones, y las distancias entre las almas se reducirán como…”. De pronto, el jefe le cruzó la nuca al muchacho con una fortísima colleja que sonó como un trueno. “¡Ay!”, exclamó este. “¡Por última vez, chaval!”, dijo el ingeniero. “Estamos haciendo AUTOVÍAS, no UTOPÍAS!”.

Finalistas del 28/06, comienzo de Leo Bassi

Autor: Millán García Isidro

Hay que volver a tener pasión por las utopías… porque sin utopías la vida no es posible. El niño levantó la vista del libro que leía su padre junto a él, sentados ambos en el borde de la cama.
-Papá, ¿qué son utopías?
El padre pasó su brazo detrás de los hombros del niño, y acarició su cabecita calva, que besó con infinita ternura. Dobló su cuello para mirarle. Ni la cirugía mutilante, ni las sesiones de quimioterapia, ni las semanas pasadas en aquella habitación del hospital habían podido con esos ojos brillantes y vivos, con esa cara de ratoncillo curioso esperando escuchar.
-Cuando seas mayor te lo explico, tesoro.
Y allí sentados esperaron, confiados, en una vida posible.
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Wednesday, January 9, 2008

Porque te lo mereces, ahí va tu post

Hola a todos, FELIZ 2008 y todo eso que se suele decir en estos casos…

Tras mucho tiempo sin postear, hoy les presento una breve descripción de un personaje mitológico. Mitad humano mitad deidad, mitad histórico mitad ficción. Mitad humano mitad máquina: mi madre.

Tan solo les comentaré lo ocurrido en la nochevieja del año pasado, en la noche en la que recibíamos entusiasmados el año 2007 con las 12 uvas al son de las 12 campanadas de la Puerta del Sol de Madrid, para variar. Me atraganté con ellas en casa de mi abuela materna (Lala para los amigos), acompañado por su hermana Nina (inválida desde la adolescencia), mi madre, mi hermano pequeño (16 años tenía), mi padre, un hermano suyo y su madre, es decir, mi otra abuela (algo despistada ya por aquel entonces pero lo bastante cuerda como para mantener una conversación normal). Mi hermano mayor (20 años por aquellos tiempos) decidió salir con amigos aquella noche, yo también tenía permiso para cenar con amigos, pero decidí estar primero con la familia ya que después iba a salir con ellos, ¡qué joven y alocado era yo por aquel entonces! De haber sabido lo que se me avecinaba no habría dudado en cenar con mis amigos aunque fueran dos gambas sin pelar. Pero no adelantemos acontecimientos.
Después de ingerir las uvas de manera frenética, comenzó el habitual festival de besos pegajosos entre familiares. FELIZ 2007, nos decíamos unos a otros mientras nos besábamos. Joder mamá, si de verdad me quieres y me deseas lo mejor para este año no me restriegues tu coctail de babas y zumo de uva por la mejilla, que las pepitas se quedarán pegadas. Como la situación les resultará familiar les recomiendo un truco. Para estos casos lo mejor es (ya que la habitación está cerrada y es imposible escabullirse) besar el primero a todos para ser tú quién transmita las babas de unos a otros y no a la inversa. Porque si te esperas sentadito a que vayan a besarte, puede aparecer tu padre para darte un beso con una pepita que le pasó tu tío (y que salió de la cuarta uva de tu hermano), alojada en la barba, o peor aún, puede llegar tu abuela que ya es veterana en esto de dar besos dulces y te plante los morros en la mejilla transmitiéndote trocitos de uva a los que habría que hacerles la prueba del carbono 14 para saber de qué año datan… ¿Quién me manda a mí empezar el año con estrés y mala digestión? Además después somos tan hipócritas, idiotas, ciegos (espaÑoles en definitiva) de reírnos de los yankees obesos cuando sacan en los telediarios concursos de comer en tiempo récord hamburguesas, perritos calientes o cualquier tipo de alimento sano y nutritivo…¡Ay señor, de buena gana les cambiaba la tradición!
Luego de la ingesta de uvas (que a nadie le extrañe que los niños españoles no coman fruta durante el año, ¡como para repetir!) pasamos un rato en familia en torno al televisor y a la mesa de dulces. Cojo algún polvorón o trozo de turrón y me lo meto rápido en la boca para tratar de disimular el sabor de las uvas más baratas del mercado, y me introduzco los dulces de media mesa en los bolsillos. Adiós a todos, y feliz año, repito mientras me levanto para salir con mis amigos. Aunque llego bien de hora, pues hemos quedado a las 12 y 15, tengo prisa por salir de ese habitáculo y escapar a sus sanos y nutritivos besos. Pero ¿quién puede escapar a una madre? Se levanta, hago como que no la veo y ando rápido por el pasillo mientras escucho la voz de mi padre proveniente del salón que con poca fe en sus palabras me dice ¡A ver qué hacemos!

Termina la carrera, llego al recibidor y mientras me estoy poniendo el anorak escucho a mi madre (más rápida que el viento cuando sopla huracanado) Abrígate bien que hará frío, respiro y trato de relajarme para escapar a sus garras de tiranía y frases programadas y milenarias. Abro la puerta de la casa y escucho otra de las frases características de cualquier madre: ¿Te has manchado el jersey? Le miro con ojos ya nublados por las lágrimas y me veo incapaz de hacer nada para vencerla…me conoce como si me hubiera parido y sabe dónde golpear. Miro la prenda de vestir y veo la susodicha mancha, tan escondida como un hombre sabio en la España del Siglo XXI y tan camuflada que sé que tan solo ella podría haberla visto. Ya estaba manchado cuando lo cogí, quizás lo manchó Luis, respondo tratando de escapar de la situación. Pero mi madre no es tonta y sabe que si hubiera estado manchado no me habría puesto ese jersey. Entonces insiste esperando a no sé qué, quizás a que yo admita que no sé comer solo y que necesito una servilleta al cuello para no mancharme. Caray Javichi, no hace nada que lo llevé a la tintorería…Joder, pienso, ¡pues no lo lleves que trae mala suerte! No entiendo por qué pregunta si sabe que es una mancha, pero tampoco entiendo por qué nunca le he visto un pantalón o una camisa suya manchada. Ojalá algún día le vea una prenda manchada…El ascensor llega al séptimo piso, mientras me apresuro a abrir las puertas mis manos tiemblan y mi madre se humedece los labios para lanzarme otra frase de las que hacen época: Uy, Javier, súbete el pantalón que se te ve medio pompis. Cierro de un portazo la puerta del ascensor y pulso el primer botón que veo y que espero me lleve lejos de su voz. Pero el eco de la escalera también es súbdito suyo, y me golpea durante el trayecto repitiendo por toda la escalera y para deleite de todos los vecinos<<se te ve medio pompis…medio pompis…pompis…pis.>> Bajo la mirada y reconozco abnegado que las madres son un ente superior (además la mía es funcionaria y eso es triple tanto de persona) y recuerdo que ella llevaba unos vaqueros viejos color azul claro durante toda la noche, mejor dicho sus vaqueros, osea los pantalones vaqueros de mi madre.

Con esos pantalones habrá cocinado desde huevos fritos hasta los postres más pringosos y arriesgados de cocinar que conozca nuestra cultura, pero en ellos no hay ni rastro de comida. Habrá corrido en manifestaciones delante de los grises con esos pantacas, se habrá sentado en el césped de quince parques distintos con ellos, habrá asistido a clases de pintura con ellos y apostaría las mano con las que escribo esto (sucias de tinta, por cierto) a que nos habrá traído al mundo a los tres hermanos con los pantalones arremangaos. No obstante, ni una mísera mancha ni roto en ellos. A veces se pone pesada, y se lo digo; pero hay algo que nunca le he dicho y es que le admiro. Las manchas le respetan, los objetos desaparecidos vuelven del más allá con que mi madre levante sus posaderas del sofá y los busque (hay que pedirle todos los objetos desaparecidos a la vez porque tan solo se sienta 15 minutos diarios), sabe cuando va a llover independientemente de lo que diga el hombre del tiempo; si ella dice Llevaros paraguas y alguno de los hijos no lo coje lloverá seguro, y con fuerza, porque mi madre tiene el poder de controlar el clima. También puede alargar la vida de los electrodomésticos, no sé muy bien cómo lo hace, pero lo hace. El televisor lleva con nosotros desde que tengo memoria y un poco antes. La lavadora la tuvimos que cambiar, es cierto, pero fue porque mi madre fue una semana de viaje a Sevilla y la lavadora aprovechó para dejarse morir y pasar a mejor vida. Sobra decir que las palabras con las que mi madre nos recibió a los cuatro hombretones tras una semana de viaje fueron poco agradables… Reconozco que es lógico que se mostrara enfadada y triste por semejante pérdida, pero no fue culpa nuestra, lo juro. Ninguno de los cuatro, ni mis hermanos ni mi padre, tocamos la lavadora en toda aquella semana, ¡y aún así nos llovió la bronca!

En fin, podría contarles mil historias sobre mi madre. Tiene días realmente buenos y en los que creo que debería grabarle, como aquella ocasión en la que se bajó a misa con un zapato de cada color, o aquella otra en la que a la salida del coro (canta en el coro del colegio) le preguntaron en qué calle vivía para acercarla en coche y se quedó bloqueada. Pero son cosas familiares e íntimas y no creo que deban salir de casa porque si se entera se podría poner un tanto pesada…

Saludos a todos, especialmente a las madres lectoras.

El día que no rías es un día perdido – Charles Chaplin

Posted by cenci6 at 20:37:05 | Permalink | Comments (10)