Calles ya transitadas
Caminaba con las piernas estáticas.
Caminaba por calles ya transitadas.
Caminaba solo. Sólo caminaba…
(…) Era un claro día de primavera, y me encontraba en medio del caos más inocente: el patio de un colegio al mediodía. Yo no podía hablar ni moverme, ellos no podían verme ni oírme, de manera que sólo podía (ad)mirar el paisaje y escuchar sus conversaciones. Observaba niños asidos fuertemente de las manos de sus madres, algunos por voluntad propia y sonrientes; otros con caras largas porque la llegada de sus progenitoras había supuesto su expulsión eminente del terreno de juego en el que eran protagonistas. Manchas en los pantalones de los jóvenes a la altura de sus rodillas son sinónimo de caras largas entre las madres. Éstas se las tendrán que ingeniar durante toda la tarde para sacar a flote el color gris de la prenda y hacer desaparecer la verde firma del césped. Mientras, pantalones y jerseys exhiben orgullosos las cicatrices que sufrieron durante el período de esparcimiento de la mañana. Algunos de sus dueños fueron vaqueros por un rato, otros astronautas, unos pocos médicos, y la gran mayoría probó el suelo del patio en incontables caídas concentrados en el partido de sus vidas.
En un solo terreno en el que confluyen cuatro balones diferentes y sus múltiples perseguidores, ¿cómo es posible que se las arreglen y disfruten?¿cómo es posible que establezcan ellos sus propias normas, que designen a sus propios jueces para decidir si un balón que ha rebotado en un niño ajeno al partido iba a gol o no? Es curioso verles jugar cuatro encuentros simultáneos del más alto nivel futbolístico. Es curioso comprobar que no discuten más allá de 5 segundos cada conflicto, saben que el tiempo que tienen es corto, quizás insuficiente, pero es el tiempo que tienen para disfrutar y no están dispuestos a perderlo discutiendo. Ninguno sabe cuándo llegará su madre o cuándo sonará la campana en por la mañana dando fin al recreo y devolviéndolos a sus clases. No saben cuánto les queda, pero no les preocupa. Aun sabiendo que su tiempo es limitado no se preocupan lo más mínimo, lo aceptan sin más. Sin haberlo hablado previamente unos con otros, todos parecen coincidir en que si aprovechan al máximo cada segundo, no les molestará escuchar la campana cuando lelgue el momento de volver a clase. No se resignan cuando llega el final, se sienten satisfechos con lo que han hecho. Tampoco piensan en el próximo recreo, les importa poco o nada el futuro. Es más, ni siquiera saben qué es el futuro. No saben qué es el estrés. No saben que el tiempo es unidireccional, pero no les preocupa. A ellos no. Porque son la raza humana más sabia, aunque eso tampoco lo sepan…
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Cerré los ojos y viajé por mi mente. Viajé a un tiempo pasado y viví una situación muy agradable y edificante. Me vi a mí mismo cuando era un niño, rodeado de gente: madres e hijos, profesores y alumnos, abuelos y nietos caminábamos en procesión hacia la calle. Yo andaba mirando hacia abajo, comiendo gustosamente un bollo relleno de chocolate que mi madre me había traído para merendar. Con un pequeño surco de chocolate rodeando mi boca me despedí del portero, quien yacía de pie en la gran puerta azul que daba al exterior, y éste me devolvió una sonrisa y un tímido gesto que no pude advertir porque mis ojos se posaron nuevamente en la atractiva merienda que sostenían mis manos. Con mi madre a mi derecha, con mis hermanos pegados a mí, y rodeado de una multitud de gente a quienes veía todos los días pero que apenas conocía, atravesé aquella puerta por enésima vez en mi vida. ¿Quién me iba a decir que sería la última vez?, ¿cómo iba yo a saber que aquella puerta no se volvería a abrir, no para mí?
Atravesé una puerta sin retorno dejando al otro lado recuerdos, compañeros, profesores, amistades, lágirmas, sonrisas, aplausos, gritos, exámenes, negativos, aventuras, pillerías, castigos, notas, horarios, pupitres, tutores, balones, patios, dibujos, adivinanzas, rezos, fiestas, uniformes… Dejé dentro, al otro lado de aquella puerta, mi infancia. Una infancia que perdí al toque de una campana. Una infancia que fluyó y que nunca volverá. Una infancia de la que aún puedo disfrutar cuando me adentro en mi memoria y revivo vagos recuerdos. Recuerdos en los que con frecuencia me sumerjo. Viajes en los que encantado me embarco. Silencios en los que escucho mis propios pasos y la voz de un hombre triste y frustrado que me dice “Por esta calle ya has transitado“.