Feliz si eres feliz. Triste por egoismo
La vi y recordé aquellos tiempos de primavera, de noches bien iluminadas y cálidos inviernos. La vi y me pareció escuchar latir nuevamente a mi corazón. Tímidos latidos reprimidos por mi orgullo. No quería que me viera nervioso, no quería pasar el rato mirando al suelo, no quería que mi boca escupiera palabras que no hubieran sido escrupulosamente estudiadas, no quería…
¡¿No quería qué?! Era completamente normal, una situación que no debía presentarse difícil, a fin de cuentas ya no la amaba. Ya no pasaba las tardes enteras pensando en ella, tratando de recordar su fragancia y dejando que la tranquilidad me guiara. Ya no me levantaba por las mañanas pensando en que, por fin, largas horas después iba a verla de nuevo. Ya no andaba por la calle con los ojos y el corazón abiertos, esperando distinguir su cabellera marrón ondear al son del viento. Ya no miraba mi imagen con ansiedad reflejada en los cristales de los portales tratando de prepararme para el deseado encuentro. Ya no empleaba los sábados en recordar los viernes, ni los domingos esperando los lunes. Definitivamente, ya no era como antes… ¡Nada era como antes! Pero, sin embargo, sucedió.
La vi y ella mi vio. Le hablé y ella me habló. Le saludé y ella me saludó. Le pregunté y ella me preguntó… Cruzamos palabras con la misma prisa con la que cruzábamos las calles, acercándonos a la despedida. En una pelea interna, yo intentaba hablar poco y al mismo tiempo decir mucho para resultar interesante. Evitar chistes malos, palabrotas y comentarios fuera de lugar. Intentaba mostrarme sereno, tranquilo, ajeno a la sublevación de sentimientos que acontecía en la nación de mi alma… Ella, a mi derecha, a dos palmos de mis ojos; con una leve sonrisa que iluminaba el paisaje. Yo, con torpes zancadas, tratando inútilmente de alejar mis ojos del suelo, pero negándome en rotundo a posarlos sobre los suyos; sabiendo que mirarla equivaldría a tener sed y beber agua salada…
Me hablaba y parecía encontrar en cada palabra que salía de su boca, JODER!! No puedo acabar la frase… El cabrón del vecino de arriba está haciendo obras y ha mandado a paseo cualquier metáfora posible. Ya no sé qué decir ni cómo terminar, pero bueno. La cuestión es que volví a tenerla delante, mejor dicho a mi derecha. No hacía mucho tiempo había recapacitado sobre mi situación. ¿El hecho de mostrarme algo nervioso con su presencia quiere decir que me guste?, ¿el hecho de que me agrade quiere decir que esté enamorado?, ¿el hecho de que en su día lo estuviera quiere decir que todavía lo esté, años después?… ¿Tiene cura, doctor?
Debo reconocer que en cierto modo echo de menos todo aquello. Echo de menos ponerme guapo (dentro de mis limitaciones) cuando salgo a la calle. El frasco de colonia, regalo de las navidades pasadas, me observa enojado cuando me visto para salir a la calle y salgo de la habitación sin hacer uso de sus servicios. Mi libreta chilla cuando vierto en sus folios las lágrimas de un bolígrafo que traduce mis confusos sentimientos. El estuche parece un cementerio, en él guardo infinidad de bolígrafos (no hagan caso, es una hipérbole que emplea el autor para que parezca que es un escritor prolífico… nada más lejos de la realidad) que perecieron sirviendo a propósitos oscuros, dando vida a críticas sin sentido, a miserables relatos… Sí, debo reconocer que echo en falta aquella frenética actividad emocional. Echo en falta rogar a Dios que me deje verla, aunque sea de lejos, porque mi corazón ya se encargará de completar su figura. Echo en falta el suspense de cada esquina que va a ser doblada con la esperanza de encontrar tus ojos…
Pero me pregunto si lo que echo de menos es el sentimiento y lo que conlleva o a la persona en sí y su presencia…
Pasaron los años y nuestros caminos se bifurcaron. Arranqué meses del calendario en los que, por primera vez en mucho tiempo, no aparecías. Deslicé trocitos de mi alma entre versos enamorados que perecieron en el olvido. Pensé que te habías ido para siempre y que llevarías contigo mi amor. Te entregué mi corazón en un papel, pues sólo contigo latía con fuerza. Pasé todo este tiempo sin risas ni lágrimas, sin luces ni oscuridad, sin miedos ni valentías… Dejé de vivir cuando te fuiste sin despedirte y desde entonces lucho por sobrevivir.
Y ahora vuelves sin quererlo y traes contigo un sentimiento olvidado. ¡Corre mujer, huye de mi vida! ¡Sal de mi cabeza! Escapa de una vida en la que nunca entraste. ¿Por qué vuelves si no te fuiste? ¿Por qué pretendes engendrar amor en tierras áridas? No me ofrezcas un sentimiento de amor que odio. Dime que es culpa mía, que soy yo quien va y quien vuelve, quien nace y muere. Prométeme que no volverás a sonreír, no delante mía. Júrame que no abrirás la caja fuerte de mi alma para verter sal en la herida. ¡Convénceme!, dime que estás en silencio. Que mis gritos susurrados jamás llegaron a tus tímpanos… ¡Aléjate de mí!, te ame o no te ame aún te aprecio. Y no quiero enredarte en la lucidez de este joven necio.
Yo seguiré escribiendo,
Iluminando con versos este abismo.
Feliz si eres feliz,
Triste por egoísmo.