Friday, June 27, 2008

Vidas desperdiciadas

        ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Estas son las tres cuestiones básicas que todo ser humano se plantea a lo largo de su existencia, de ahí que se les denomine “dudas existenciales”. Todas estas dudas que se han dado a lo largo de la historia de nuestra especie, se han visto reforzadas en la modernidad con la famosa frase pronunciada por Leon Kowalski en el film Blade Runner¿Cuánto me queda?“. Y es que en definitiva somos replicantes, somos clones, esclavos de un sistema que a nadie gusta pero que nadie parece querer cambiar. En la líquida modernidad, todos somos desechables, todos vivimos con miedo. Ellos quieren que vivamos con miedo porque con miedo somos más manipulables, más fáciles de gobernar. ¿Y quiénes son “ellos”?, ¿quién es el tirano que nos subyuga de esta manera?, ¿quién es el creador de este sistema que oprime a los hombres y les arranca hasta el último ápice de libertad?, ¿quién permite que el avance tecnológico (aquello a lo que llamábamos progreso) se lleve a cabo lubricando la maquinaria industrial con la sangre de los trabajadores? Podríamos elaborar infinitas cuestiones similares, preguntándonos por qué las cosas son como son. Por qué los que sobran son “ellos” (esta vez referido a la población del Tercer Mundo), por qué no hay sitio para todos, por qué la inmigración es hoy un problema y no una posibilidad de mestizaje cultural que nos enriquece, por qué aumentan las tasas de divorcio, por qué es tan baja la natalidad en la inmensa mayoría de los países desarrollados, por qué la juventud de hoy se encuentra perdida, por qué los hombres se sienten desorientados sin un claro modelo de masculinidad que les guíe… Podríamos levantar la alfombra y al observar el montón de mierda que yace escondido preguntar en voz alta quién lo puso ahí, y la respuesta a este nuevo interrogante sería la misma que en los casos anteriores: nadie, y a la vez todos.

        La era en la que vivimos se caracteriza por ser superflua, cambiante, compleja a más no poder. Recurriendo al refranero, impera entre la población la idea de que “quien no corre vuela”. Nadie mira por ti, y si lo hace es para ponerte la zancadilla. Para subir puestos en la escala social debes pasar por encima de los demás. “A veces, la única forma de sentirse bien es hacer que otros se sientan mal y yo ya estoy harto de hacer que los otros se sientan bien…“, estas sabias palabras salieron de boca de un personaje de ficción conocido universalmente y en el que podemos vernos reflejados, Homer J. Simpson. Todos son tus enemigos y, por tanto, eres el enemigo de todos. Estás solo, eres perfectamente prescindible. Entonces, ¿para qué estrechar los lazos con tus compañeros de trabajo? En palabras de Bauman, “parece estúpido invertir nuestro tiempo y nuestros recursos en reforzarlos, y dedicar un esfuerzo suplementario a preservarlos del deterioro”, porque los vínculos y contratos débiles dejan menos cicatrices cuando expiran.

        La publicidad juega un papel muy importante en la sociedad actual. Se encarga de transmitir una serie de mensajes subliminales que afectan a toda la población. Mandatos que nos sumen en un clima de caos, estrés, escepticismo, egoísmo e ignorancia[1]. La publicidad es la herramienta de la que se valen los poderosos para mantener el equilibrio del sistema. Para sumirnos en las prisas, en la ansiedad por conseguir los objetivos y por ser felices, los anuncios de tampones Tampax, por ejemplo, mostraban varias chicas jóvenes, sonrientes y felices, acompañadas por un eslogan que rezaba “¿Todavía no lo has probado?”. A nadie parecía inquietar este anuncio. De enfermo se le tacharía a todo aquel que viera en este anuncio una clara incitación a la iniciación en las relaciones sexuales, pero los datos estadísticos revelaron que los adolescentes de esta segunda modernidad comenzaban a aventurarse a edades más tempranas en actividades sexuales plenas. Ningún problema habría de no ser porque esos “hombres y mujeres del mañana” no están preparados para dar ese salto. Si lo estuvieran, el Ministerio de Sanidad no registraría en el 2004 que “del 25% de los adolescentes de entre 15 y 17 años que reconoce tener relaciones sexuales, sólo el 12,7% asegura que utiliza algún método anticonceptivo”, algo que provoca que 18000 adolescentes queden embarazadas cada año en nuestro país. La juventud se siente perdida. Han hipotecado sus vidas para poder vivir al ritmo de hoy. Sin sueños, sin objetivos claros que perseguir y sin la seguridad de que cuando los consigan obtendrán los beneficios previstos. La llamada Generación X (hombres y mujeres nacidos en la década de 1970) presentaba el doble de posibilidades de mostrar una depresión no clínica que los nacidos doce años antes. La Fundación Joseph Rowntree intentó encontrar respuesta a este ascenso en el aumento del desempleo con el que había convivido la Generación X y que era desconocido para las anteriores. Añadía también que los titulados universitarios presentaban un tercio menos de posibilidades de sufrir depresión. Pero la modernidad líquida ha traído consigo un panorama laboral en el que las empresas se preocupan tan solo por aumentar sus beneficios mediante el recorte de costes laborales. Se les recomienda a los jóvenes que no esperen mucho de su trabajo, ni del primero ni del último. Que lo afronten con la cabeza gacha y no piensen que es una garantía de seguridad a largo plazo sino “una oportunidad que hay que disfrutar al vuelo y mientras dure.”[2] Se han cargado la juventud, han acabado con una de las mayores fuerzas de cambio social. Les han abocado al fracaso, a la depresión, a la soledad, a la incomprensión. Y éstos responden con violencia, con delincuencia, con un incremento en el consumo de drogas… El periódico El Mundo publicaba una noticia el 2 de abril de 2006 en la que revelaba (basándose en datos del Plan Nacional sobre Drogas) que “si tomamos un grupo de 100 chavales de entre 14 y 18 años, adivinaremos que 65 beben alcohol habitualmente; 37 fuman tabaco; 25 le dan al cannabis y 4 esnifan cocaína”. Pero no sólo aumenta el consumo de estas sustancias nocivas, también aumenta la precocidad con la que se inician en su consumo. A la tierna edad de 13 años se inician en el tabaco (13,2 para ser exactos) y en el alcohol (13,7 años). Con 14,7 empiezan a consumir marihuana y con 15,8 se aventuran con la cocaína (siguiendo los datos de la última encuesta escolar del Plan Nacional sobre Drogas, 2004).

        Otro de los rasgos característicos de esta segunda modernidad es la llamada cultura de casino: “el rechazo de lo nuevo es de mal gusto, y quien rechaza los riesgos se arriesga al rechazo.”[3] Debemos estar siempre a la moda, rechazando lo que es anticuado y abiertos al continuo cambio en nuestra vestimenta, decoración del hogar, vocabulario, gustos y tendencias. Y por supuesto, también sobre la actualidad en cuanto al corazón, deportes, noticias de guerra, cine, etc. Sobre las guerras cabe detenerse momentáneamente y explicar que hoy en día las guerras son asimétricas, en contraposición al concepto tradicional de guerras (las guerras que llamaremos, por tanto, simétricas). Estas guerras asimétricas, nomenclatura de Daniel Innerarity, se caracterizan porque no se libran en un territorio delimitado geográficamente, en un campo de batalla concreto. Son guerras en las que no hay uniformes que distingan a los combatientes, son guerras sin normas, son guerras en las que las batallas han sido sustituidas por masacres. No hay acuerdos de paz, no se negocia con el ejército enemigo, simplemente se le destruye. “Ya no puede decirse que la guerra es un enfrentamiento entre combatientes, afirma Daniel Innerarity, cuando más del 80 por 100 de los muertos son civiles, cifra que a comienzos del siglo XX estaba en torno al 10 por 100″. Y quiero hacer hincapié en este punto porque las guerras siempre interesan a la población. Los medios de comunicación juegan un papel importantísimo en épocas de conflictos armados. Mantienen a la población centrada en torno a una determinada postura. Durante la Primera Guerra Mundial las autoridades alemanas hicieron saber a su población que estaban en situación de ganar la guerra (a pesar de que la situación real fuera justo la opuesta), de manera que cuando el gobierno socialdemócrata firmó el armisticio nada más acceder al poder, la población en seguida culpó al nuevo gobierno de la “pérdida” de la guerra y de las injustas condiciones impuestas en el Tratado de Versalles. Más recientemente, en concreto en la Primera Guerra del Golfo en 1991, EEUU hizo públicas unas imágenes de guerra, más parecidas a radiografías que a fotografías propiamente dichas, en las que se podía observar desde la lejanía a misiles destruyendo objetivos peligrosos. No mostraban presencia humana en las fotografías, y se tomaron desde una distancia suficiente como para no implicar emocionalmente a la población. Pero sin duda alguna, el caso más claro de manipulación de la opinión pública por parte de los medios ha sido la invasión de Irak por parte de EEUU, motivada por la existencia de armas de destrucción masiva. Cuando se descubrió que no existían tales armas, los gobiernos participantes en el conflicto se excusaron alegando que “en la lucha contra el terrorismo, los Estados no pueden esperar a ser atacados para actuar”. Y que “siempre es mejor equivocarse del lado de la justicia”[4]4, a fin de cuentas los que tenemos voz y poder somos “nosotros”, y los que sobran son “ellos”. La gente siguió viendo como culpables y como una amenaza a los que venían de fuera, a “ellos“. Distinguiendo entre turista e inmigrante por la ropa y el color de la piel, ignorando que los primeros vienen aquí y abusan de nuestra Seguridad Social (el reciente turismo médico) y los segundos son los que levantan nuestra economía haciendo los trabajos que nadie quiere hacer y manteniendo la natalidad. Los telediarios escupen datos sobre violencia de género, delincuencia, robos violentos en domicilios… y se centran en destacar que estos actos están perpetrados por delincuentes extranjeros, de Europa del Este y de Sudamérica mayoritariamente. Ya no hablan de los delitos que cometen a gran escala políticos y empresarios porque no pueden luchar contra las grandes mafias. Prefieren centrarse en combatir la pequeña delincuencia y centrar nuestro odio no en los gobernantes sino en la población inmigrante, en los residuos humanos, en los débiles que no tienen ni voz ni voto. Han conseguido insensibilizarnos contra la violencia, los telediarios ya no avisan cuando ponen imágenes impactantes en las que se ve la muerte en directo de civiles, mejor dicho de “sus civiles”. Ponen primeros planos, se centran en las estadísticas (que no podremos retener) y no en las causas, que es lo que verdaderamente nos podría interesar. Han conseguido que la gente cambie de canal cuando ve un anuncio de una ONG por televisión, que camine por la calle haciendo oídos sordos a los residuos humanos que yacen en las calles de nuestro estado de bienestar. Pero esa misma gente es capaz de pasarse horas enteras viendo un reportaje sobre la infanta Leonor o sobre el nuevo Mercedes CLS que les aportará respeto si lo adquieren…

        Y aunque hablo del caso particular de mi país, España, o mejor dicho de mi ciudad, Valencia, que es lo que conozco, bien podría extender esta crítica al resto de países desarrollados porque estamos todos en el mismo saco. Todos estamos siendo gobernados por el mismo sistema, porque en nuestro mundo actual, insiste Innerarity, “ya no hay asuntos exteriores, sino sólo política interior”.

        Y así es como (mal)vivimos en el Primer Mundo. En la llamada era de la información y de la comunicación. En una época en la que “el envejecimiento de lo nuevo lleva cada vez menos tiempo” nos encontramos con que “estamos más informados que nunca sobre un mundo que ya no es el nuestro”[5]. Vivimos presos de las prisas, el mundo cambia a cada segundo y la cultura de lo instantáneo nos repite sin cesar que seremos más felices cuanto menor sea el intervalo entre lo que deseamos y su obtención. El síndrome de impaciencia nos atenaza y nos aboca al estrés. Las cámaras de seguridad no protegen, sólo vigilan. Hemos vendido nuestra libertad a cambio de una seguridad que no llega. En la actualidad los niños se educan solos. Pero no jugando en la calle junto a otros niños y socializándose, sino pasando las horas frente al televisor o atrapados en la red de redes. Mientras, los padres trabajan a destajo, presas de unos horarios que hacen temblar los cimientos de la estructura familiar y de la sociedad en conjunto. Viajamos a todas horas. Vamos de aquí para allá, cumpliendo horarios asfixiantes que nosotros mismos aprobamos para no tener ni un solo minuto libre en el que nos podamos percatar de nuestra mísera existencia, de que nuestras vidas están vacías. Viajamos sin (ad)mirar el paisaje, con la vista fijada en un horizonte que jamás alcanzaremos. Ya no viajamos a lugares, vivimos persiguiendo momentos, al acecho de una felicidad superflua cuya estela guía nuestras vidas. Entonces, ¿para qué seguir aumentando la esperanza de vida si con ello no vamos a conseguir vivir más dignamente? ¿Para qué seguir defendiendo un progreso que nos conduce a la destrucción? Hemos olvidado que la vida no se mide por las veces que respiramos, sino por los momentos en los que nos quedamos sin aliento.



[1] “La ignorancia es la fuerza”, rezaba uno de los eslóganes del Gran Hermano de 1984

[2] BAUMAN, Zygmunt, Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias. Paidós, 2005, Página 22

[3] BAUMAN, Zygmunt, Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias. Paidós, 2005, Página 152

[4] INNERARITY, Daniel. La sociedad invisible. Espasa Calpe, 2004, Página 95

[5] INNERARITY, Daniel. La sociedad invisible. Espasa Calpe, 2004, Página 183

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Thursday, June 12, 2008

La carta

Él llevaba horas esperándola. Deseaba hablar con ella. Necesitaba hablar con ella. Tenía que decírselo antes de que fuera irremediablemente tarde. De pronto, se produjo el milagro y ella apareció. Dobló la esquina con toda naturalidad mientras su pelo moreno ondeaba al son que marcaban unas piernas musculadas y jóvenes. El joven se hizo el sorprendido y le saludó en un vano intento de aparentar tranquilidad. Comenzaron a hablar. Al principio él se mostró nervioso e incluso torpe, era consciente de lo que estaba en juego y además no sabía muy bien cómo decírselo. Pero ella despedía una magia que le tranquilizó. Eso era lo que más valoraba de estar junto a ella: cómo le hacía sentir. Ella disipaba todas sus penas y tristezas a golpe de sonrisas; pero no era una sonrisa cualquiera: la suya era la sonrisa más pura y sincera que ningún ser humano pueda mostrar. Una sonrisa suya lo cambiaba todo. El joven estaba tremendamente enamorado de ella, de cada uno de sus gestos y palabras. Palabras que, en boca de otros, carecían de valor, pero ella… Ella era perfecta.

Entre chistes y bromas pasó el tiempo, ninguno de los dos era consciente de cuánto tiempo llevaban hablando, pero sabían que lo estaban disfrutando. Tenían que preparar los exámenes finales, se estaban jugando mucho, pero estaban disfrutando como nunca compartiendo aquellos momentos de confianza, compartiendo pequeños secretos y aficiones, descubriendo que tenían más cosas en común de las que pensaban. Disfrutaban compartiendo sus vidas. Pero el tiempo, cruel elemento, continuó firme su paso y no respetó a un joven enamorado en la difícil empresa de demostrar un amor sin fronteras, sin comienzo ni fin. Pero él era un chico inteligente y sabía a qué se enfrentaba, sabía que debía darse prisa para vencerle. Debía apresurarse para conseguir lo que todos sus héroes habían logrado: derrotar al tiempo…

Sin saber muy bien porqué, ni qué iba a escribir, se arrojó con valentía al abismo de un folio en blanco. Allí comenzó a depositar sus sentimientos, sus esperanzas. Quería agradecerle todo lo que ella –quizás sin saberlo- había hecho por él. Rescatándole de las garras de la tristeza en multitud de ocasiones y proporcionándole fuerzas para caminar por un terreno pedregoso cuyo destino desconocía…
Comenzó por verter palabras de agradecimiento y recordarle tantos gestos, a priori carentes de valor, que ella había olvidado y que para él habían sido de vital importancia. Era el momento de confesar sus errores, todos los fallos que, con la ciega esperanza de causarle una grata impresión, le habían convertido en un bocazas, en un “graciosillo” y le habían privado de momentos inolvidables junto a ella. Se sentía decepcionado y enfadado consigo mismo, con su actitud. Pero estaba dispuesto a cambiar, tenía que hacerlo, se lo debía.
Era consciente de que había hecho un mal uso de su sentido del humor, de que había realizado comentarios hirientes y quería disculparse -tarea poco común en nuestro protagonista-. Esta era su última oportunidad. Su último cartucho. Se había guardado un as en la manga y este era el momento de utilizarlo.

También pretendía explicar los confusos sentimientos que albergaba su interior -esta era de largo la tarea más difícil de todas-. Quería decirle que era perfecta, que si por él fuera detendría el tiempo para pasar una eternidad junto a ella por el mero placer de verla sonreír.Que estaría siempre a su lado, que nada ni nadie les separaría… Eran tantas esperanzas, tantos sueños, que se sentía incapaz de relatarlos todos a la vez. Así que dejó de escribir y se dispuso a cerrar el sobre antes de que pudiera cambiar de opinión, echarse atrás y destruir parte de su alma depositada cuidadosamente en un papel con un destino incierto

El sobre permaneció cerrado días enteros, largas semanas, meses incluso. Sufrió en silencio el frío invierno recluido en el fondo de un cajón, y en un pequeño bolsillo de la mochila del joven, iba día tras día al colegio, preguntándose quién podía ser esa persona hacia la que el joven había vertido esas palabras de amor tan sincero.

Él tenía el privilegio de vivir a escasos dos minutos de la casa de su amada y ,por tanto, podía acompañarla a la salida del colegio y, ¿quién sabe?, quizás hasta desprenderse de aquel folio que gritaba desesperado con la intención de volver a ver la luz y entregar el mensaje que le había sido confiado.
Pero la timidez y cobardía del joven le atenazaban, se sentía incapaz de hacerlo, no podía esquivar los ojos de su amada que le interrogaban con una mirada fría. Ella sabía que escondía algo, pero no podía saber qué.

Y así pasaron los meses, con dudas merodeando la cabeza del joven y el tiempo, impasible, acortando los días que le separaban de una despedida quizás eterna.

Pero por fin había llegado el día, estaban los dos hablando cuando de pronto el joven se confesó. Le dijo que tenía algo para ella y que debía dárselo porque sino iba a enloquecer (más si cabe – pensaba él -). Ella era una persona bondadosa como pocas, de las que disfrutan ayudando a los demás y accedió a ayudarle a él también.

Quedaron para dar un paseo horas más tarde y visitar a una amiga que se hallaba alicaída. Llamaron al timbre y a la chica le sorprendió ver a aquella pareja bajo su portal. Los tres amigos estuvieron hablando durante horas, compartiendo sus dudas sobre los diferentes futuros que les esperaban y las carreras que iban a cursar. Ninguno tenía nada claro –triste alivio de nuestro protagonista no ser el único con dudas-.

Nada estaba seguro en la cabeza del joven. Llevaba mucho tiempo esperando ese momento, soñando día y noche con poder decirle lo que sentía o creía sentir. Ese momento había llegado. Se despidieron de su amiga e iniciaron el camino de vuelta a casa. Él andaba despacio adrede, abandonó sus largas zancadas por otras más pequeñas para alargar al máximo aquellos momentos. Sacando el mayor partido posible a cada minuto, cada segundo, cada instante junto a ella que jamás olvidaría. Quizás los últimos momentos que compartirían…

Finalmente, llegaron a su portal. Aquella era su frontera, nunca la había traspasado y aquella noche se sentía con más fuerza que nunca. Ella rompió el silencio y le advirtió que era el momento. No sabría decir quién de los dos estaba más nervioso. Ella ignoraba lo que iba a recibir. Él era incapaz de imaginar su reacción. Apartó la mochila de su espalda y abrió, con una mezcla de ternura y miedo, la cremallera que la contenía. La sacó a la luz y se la entregó a quien desde hacía meses le pertenecía. Se la entregó acompañada de unas palabras de exculpación:

- Día tras día, acompañándote a casa y despidiéndonos en el portal. Me gritaba desde la mochila, en las noches me atormentaba desde el cajón de mi estudio y ahora es tuya. Aquí tienes – pronunció mientras se la otorgaba-.


Los dos jóvenes se miraron esperando una reacción cada uno en el otro, gozando de un silencio que lo dijo todo. Él tuvo el placer de contemplar el brillo de sus ojos, ella acababa de recibir un regalo de incalculable valor. Se lo agradeció mucho, le dijo que admiraba su forma de ser y aquello hizo que valiera la pena estar despierto todas las noches del curso pensando en ella y en la dichosa carta. Continuaron mirándose durante un tiempo que pareció eterno y, finalmente y sin mediar palabra, se fundieron en un cálido abrazo que perdurará por siempre en sus corazones.

Posted by cenci6 at 16:29:12 | Permalink | Comments (7)

Tuesday, June 3, 2008

Ángel

Porque ver morir a alguien es algo más que ver cómo se va de forma súbita de este mundo tan superficial e incompleto para siempre.
Ver morir a alguien es estar con él o ella durante su vida, durante su calvario, compartir con él sus penas y alegrías…y también las tuyas propias. Ver morir a alguien es comprobar como creces por dentro con sus enseñanzas, comprobar que su experiencia es tu camino, su voz la linterna que te ilumina y el mapa sus consejos.

Tras perder a mis dos abuelos (de los que guardo algunos recuerdos, muy gratificantes y reconfortantes) en la niñez, he tenido la suerte de ver morir a un familiar (tía abuela) de manera constante y paulatina durante mi adolescencia. Le he visto morir en cuerpo, pero nunca en alma. La vi perder facultades con el paso de los años, la vi llorar, la vi desnuda, la vi postrada en la cama, harta del sufrimiento físico y de las limitaciones que supone vivir desde la adolescencia hasta los 80 años encadenada a una silla de ruedas y recorriendo los hospitales de todo el país…

He tenido la suerte de ver morir a una persona que quedó inmortalizada en mi corazón, con cada palabra lentamente balbuceada, con cada sonrisa de agradecimiento después de que movieran su frágil y casi inerte cuerpo de una silla a una cama. Con cada mirada de aquellos ojos claros que tanto amor dieron pese a sus circunstancias he aprendido.

He visto morir con el paso de los años a un ángel, y he llorado litros de lágrimas al escuchar esta canción del disco nuevo de Nach.

En su caso, Nach la dedica a una hermana que falleció con 16 años por parálisis cerebral. En mi caso, su voz y sus palabras evocan en mi memoria recuerdos de tranquilidad y de vida eterna junto a ella.

Porque ha pasado medio año y sigo intentando recordarte e inmortalizarte en mi cuaderno.

Porque no lloré en aquél momento intentando aparentar firmeza y ahora mis lágrimas escriben estas líneas.

Porque por triste que suene, no me avergüenza gritar que fuiste la primera mujer a la que vi desnuda en una cama.

Porque dependías de los demás para todo… menos para vivir y ser feliz

Porque pasan los días, las semanas, los meses y el dolor no muere. No muere el dolor porque nunca existió dentro de mí. No hubo dolor ni tristeza, tan solo alivio al entender que dejabas este mundo para descansar eternamente. Que dejarías de visitar hospitales y de carecer de intimidad. Quizás fuera alegría o melancolía lo que provocó una lluvia de sentimientos puros por mis ojos cuando escuché esta voz que me hablaba de ti:

http://es.youtube.com/watch?v=t-3NLJ-WEz4&feature=related

“cuando miro alrededor y no te encuentro
siento que algo de mí también partió en aquel momento”

Gracias por tu vida

 

 

Posted by cenci6 at 19:45:29 | Permalink | Comments (3)