Vidas desperdiciadas
La era en la que vivimos se caracteriza por ser superflua, cambiante, compleja a más no poder. Recurriendo al refranero, impera entre la población la idea de que “quien no corre vuela”. Nadie mira por ti, y si lo hace es para ponerte la zancadilla. Para subir puestos en la escala social debes pasar por encima de los demás. “A veces, la única forma de sentirse bien es hacer que otros se sientan mal y yo ya estoy harto de hacer que los otros se sientan bien…“, estas sabias palabras salieron de boca de un personaje de ficción conocido universalmente y en el que podemos vernos reflejados, Homer J. Simpson. Todos son tus enemigos y, por tanto, eres el enemigo de todos. Estás solo, eres perfectamente prescindible. Entonces, ¿para qué estrechar los lazos con tus compañeros de trabajo? En palabras de Bauman, “parece estúpido invertir nuestro tiempo y nuestros recursos en reforzarlos, y dedicar un esfuerzo suplementario a preservarlos del deterioro”, porque los vínculos y contratos débiles dejan menos cicatrices cuando expiran.
La publicidad juega un papel muy importante en la sociedad actual. Se encarga de transmitir una serie de mensajes subliminales que afectan a toda la población. Mandatos que nos sumen en un clima de caos, estrés, escepticismo, egoísmo e ignorancia[1]. La publicidad es la herramienta de la que se valen los poderosos para mantener el equilibrio del sistema. Para sumirnos en las prisas, en la ansiedad por conseguir los objetivos y por ser felices, los anuncios de tampones Tampax, por ejemplo, mostraban varias chicas jóvenes, sonrientes y felices, acompañadas por un eslogan que rezaba “¿Todavía no lo has probado?”. A nadie parecía inquietar este anuncio. De enfermo se le tacharía a todo aquel que viera en este anuncio una clara incitación a la iniciación en las relaciones sexuales, pero los datos estadísticos revelaron que los adolescentes de esta segunda modernidad comenzaban a aventurarse a edades más tempranas en actividades sexuales plenas. Ningún problema habría de no ser porque esos “hombres y mujeres del mañana” no están preparados para dar ese salto. Si lo estuvieran, el Ministerio de Sanidad no registraría en el 2004 que “del 25% de los adolescentes de entre 15 y 17 años que reconoce tener relaciones sexuales, sólo el 12,7% asegura que utiliza algún método anticonceptivo”, algo que provoca que 18000 adolescentes queden embarazadas cada año en nuestro país. La juventud se siente perdida. Han hipotecado sus vidas para poder vivir al ritmo de hoy. Sin sueños, sin objetivos claros que perseguir y sin la seguridad de que cuando los consigan obtendrán los beneficios previstos. La llamada Generación X (hombres y mujeres nacidos en la década de 1970) presentaba el doble de posibilidades de mostrar una depresión no clínica que los nacidos doce años antes. La Fundación Joseph Rowntree intentó encontrar respuesta a este ascenso en el aumento del desempleo con el que había convivido la Generación X y que era desconocido para las anteriores. Añadía también que los titulados universitarios presentaban un tercio menos de posibilidades de sufrir depresión. Pero la modernidad líquida ha traído consigo un panorama laboral en el que las empresas se preocupan tan solo por aumentar sus beneficios mediante el recorte de costes laborales. Se les recomienda a los jóvenes que no esperen mucho de su trabajo, ni del primero ni del último. Que lo afronten con la cabeza gacha y no piensen que es una garantía de seguridad a largo plazo sino “una oportunidad que hay que disfrutar al vuelo y mientras dure.”[2] Se han cargado la juventud, han acabado con una de las mayores fuerzas de cambio social. Les han abocado al fracaso, a la depresión, a la soledad, a la incomprensión. Y éstos responden con violencia, con delincuencia, con un incremento en el consumo de drogas… El periódico El Mundo publicaba una noticia el 2 de abril de 2006 en la que revelaba (basándose en datos del Plan Nacional sobre Drogas) que “si tomamos un grupo de 100 chavales de entre 14 y 18 años, adivinaremos que 65 beben alcohol habitualmente; 37 fuman tabaco; 25 le dan al cannabis y 4 esnifan cocaína”. Pero no sólo aumenta el consumo de estas sustancias nocivas, también aumenta la precocidad con la que se inician en su consumo. A la tierna edad de 13 años se inician en el tabaco (13,2 para ser exactos) y en el alcohol (13,7 años). Con 14,7 empiezan a consumir marihuana y con 15,8 se aventuran con la cocaína (siguiendo los datos de la última encuesta escolar del Plan Nacional sobre Drogas, 2004).
Otro de los rasgos característicos de esta segunda modernidad es la llamada cultura de casino: “el rechazo de lo nuevo es de mal gusto, y quien rechaza los riesgos se arriesga al rechazo.”[3] Debemos estar siempre a la moda, rechazando lo que es anticuado y abiertos al continuo cambio en nuestra vestimenta, decoración del hogar, vocabulario, gustos y tendencias. Y por supuesto, también sobre la actualidad en cuanto al corazón, deportes, noticias de guerra, cine, etc. Sobre las guerras cabe detenerse momentáneamente y explicar que hoy en día las guerras son asimétricas, en contraposición al concepto tradicional de guerras (las guerras que llamaremos, por tanto, simétricas). Estas guerras asimétricas, nomenclatura de Daniel Innerarity, se caracterizan porque no se libran en un territorio delimitado geográficamente, en un campo de batalla concreto. Son guerras en las que no hay uniformes que distingan a los combatientes, son guerras sin normas, son guerras en las que las batallas han sido sustituidas por masacres. No hay acuerdos de paz, no se negocia con el ejército enemigo, simplemente se le destruye. “Ya no puede decirse que la guerra es un enfrentamiento entre combatientes, afirma Daniel Innerarity, cuando más del 80 por 100 de los muertos son civiles, cifra que a comienzos del siglo XX estaba en torno al 10 por 100″. Y quiero hacer hincapié en este punto porque las guerras siempre interesan a la población. Los medios de comunicación juegan un papel importantísimo en épocas de conflictos armados. Mantienen a la población centrada en torno a una determinada postura. Durante la Primera Guerra Mundial las autoridades alemanas hicieron saber a su población que estaban en situación de ganar la guerra (a pesar de que la situación real fuera justo la opuesta), de manera que cuando el gobierno socialdemócrata firmó el armisticio nada más acceder al poder, la población en seguida culpó al nuevo gobierno de la “pérdida” de la guerra y de las injustas condiciones impuestas en el Tratado de Versalles. Más recientemente, en concreto en la Primera Guerra del Golfo en 1991, EEUU hizo públicas unas imágenes de guerra, más parecidas a radiografías que a fotografías propiamente dichas, en las que se podía observar desde la lejanía a misiles destruyendo objetivos peligrosos. No mostraban presencia humana en las fotografías, y se tomaron desde una distancia suficiente como para no implicar emocionalmente a la población. Pero sin duda alguna, el caso más claro de manipulación de la opinión pública por parte de los medios ha sido la invasión de Irak por parte de EEUU, motivada por la existencia de armas de destrucción masiva. Cuando se descubrió que no existían tales armas, los gobiernos participantes en el conflicto se excusaron alegando que “en la lucha contra el terrorismo, los Estados no pueden esperar a ser atacados para actuar”. Y que “siempre es mejor equivocarse del lado de la justicia”[4]4, a fin de cuentas los que tenemos voz y poder somos “nosotros”, y los que sobran son “ellos”. La gente siguió viendo como culpables y como una amenaza a los que venían de fuera, a “ellos“. Distinguiendo entre turista e inmigrante por la ropa y el color de la piel, ignorando que los primeros vienen aquí y abusan de nuestra Seguridad Social (el reciente turismo médico) y los segundos son los que levantan nuestra economía haciendo los trabajos que nadie quiere hacer y manteniendo la natalidad. Los telediarios escupen datos sobre violencia de género, delincuencia, robos violentos en domicilios… y se centran en destacar que estos actos están perpetrados por delincuentes extranjeros, de Europa del Este y de Sudamérica mayoritariamente. Ya no hablan de los delitos que cometen a gran escala políticos y empresarios porque no pueden luchar contra las grandes mafias. Prefieren centrarse en combatir la pequeña delincuencia y centrar nuestro odio no en los gobernantes sino en la población inmigrante, en los residuos humanos, en los débiles que no tienen ni voz ni voto. Han conseguido insensibilizarnos contra la violencia, los telediarios ya no avisan cuando ponen imágenes impactantes en las que se ve la muerte en directo de civiles, mejor dicho de “sus civiles”. Ponen primeros planos, se centran en las estadísticas (que no podremos retener) y no en las causas, que es lo que verdaderamente nos podría interesar. Han conseguido que la gente cambie de canal cuando ve un anuncio de una ONG por televisión, que camine por la calle haciendo oídos sordos a los residuos humanos que yacen en las calles de nuestro estado de bienestar. Pero esa misma gente es capaz de pasarse horas enteras viendo un reportaje sobre la infanta Leonor o sobre el nuevo Mercedes CLS que les aportará respeto si lo adquieren…
Y aunque hablo del caso particular de mi país, España, o mejor dicho de mi ciudad, Valencia, que es lo que conozco, bien podría extender esta crítica al resto de países desarrollados porque estamos todos en el mismo saco. Todos estamos siendo gobernados por el mismo sistema, porque en nuestro mundo actual, insiste Innerarity, “ya no hay asuntos exteriores, sino sólo política interior”.
Y así es como (mal)vivimos en el Primer Mundo. En la llamada era de la información y de la comunicación. En una época en la que “el envejecimiento de lo nuevo lleva cada vez menos tiempo” nos encontramos con que “estamos más informados que nunca sobre un mundo que ya no es el nuestro”[5]. Vivimos presos de las prisas, el mundo cambia a cada segundo y la cultura de lo instantáneo nos repite sin cesar que seremos más felices cuanto menor sea el intervalo entre lo que deseamos y su obtención. El síndrome de impaciencia nos atenaza y nos aboca al estrés. Las cámaras de seguridad no protegen, sólo vigilan. Hemos vendido nuestra libertad a cambio de una seguridad que no llega. En la actualidad los niños se educan solos. Pero no jugando en la calle junto a otros niños y socializándose, sino pasando las horas frente al televisor o atrapados en la red de redes. Mientras, los padres trabajan a destajo, presas de unos horarios que hacen temblar los cimientos de la estructura familiar y de la sociedad en conjunto. Viajamos a todas horas. Vamos de aquí para allá, cumpliendo horarios asfixiantes que nosotros mismos aprobamos para no tener ni un solo minuto libre en el que nos podamos percatar de nuestra mísera existencia, de que nuestras vidas están vacías. Viajamos sin (ad)mirar el paisaje, con la vista fijada en un horizonte que jamás alcanzaremos. Ya no viajamos a lugares, vivimos persiguiendo momentos, al acecho de una felicidad superflua cuya estela guía nuestras vidas. Entonces, ¿para qué seguir aumentando la esperanza de vida si con ello no vamos a conseguir vivir más dignamente? ¿Para qué seguir defendiendo un progreso que nos conduce a la destrucción? Hemos olvidado que la vida no se mide por las veces que respiramos, sino por los momentos en los que nos quedamos sin aliento.
[1] “La ignorancia es la fuerza”, rezaba uno de los eslóganes del Gran Hermano de 1984
[2] BAUMAN, Zygmunt, Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias. Paidós, 2005, Página 22
[3] BAUMAN, Zygmunt, Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias. Paidós, 2005, Página 152
[4] INNERARITY, Daniel. La sociedad invisible. Espasa Calpe, 2004, Página 95
[5] INNERARITY, Daniel. La sociedad invisible. Espasa Calpe, 2004, Página 183