Saturday, July 26, 2008

Monólogos con el cuaderno

Joder. Esa es la única palabra. Un “joder” sonoro y sentido…

Eran las 12 y 35 de la noche cuando hacía trabajar a mis somnolientas parótidas, sublinguales y submaxilares por enésima vez en el día, ofreciéndoles esta vez un trozo de tortilla de patatas. La partí en cuatro trozos iguales casi iguales, en un primer momento no pretendía comerme la tortilla entera. Pero pasaron los minutos y fui devorando cada trozo con avidez, amparado por el silencio de la noche.

El primer trozo fue directo al estómago sin apenas ser saboreado. Con el segundo me propuse disfrutarlo y jugar con él durante algunos segundos al notar cómo se deshacía en mi boca. El tercero… ¡joder con el tercero! El tercero me ofrecía una foto carné de mi madre. ¿Por qué de mi madre? No lo sé. Hay quien ve a Jesucristo en la palma de su mano, a sus antepasados en manchas de humedad, a jóvenes muertas haciendo autostop… Yo, tan estúpido y racional como siempre, me encontraba absorto cerca de la una de la noche debatiendo si comerme aquella suculenta foto carné de mi madre. Resonaron entonces en mi cabeza las palabras que habíamos intercambiado horas antes en tono de discusión. Un tono normal en este tiempo y espacio que habito. Discutíamos porque, según ella, yo no había mostrado interés por el viaje a Oxford y Londres que ella propuso en el mes de Mayo aprovechando que una prima nuestra, que trabaja allí, dejaría libre el apartamento durante el mes de agosto. ¡Y me lo dice a mí! Cuando he leído un libro en inglés para resucitar en mi olvidada memoria la lengua de Shakespeare, además de ver sitios para visitar en guías y foros de Internet… ¡Y me lo dice a mí! Y yo, alterado e impasible, sin apartar los ojos de la pantalla del ordenador, trato de defenderme como un reo condenado a muerte. Pero por lo visto, lo hago de una forma tan superficial e incongruente que no recuerdo ni una sola de las palabras que le dije. Tres horas después de aquello, ni un solo argumento sigue con vida en el purgatorio de mi memoria.

Allí, cada pensamiento, cada sentimiento, cada recuerdo vivido es juzgado, modificado y almacenado (o suprimido) según una voluntad que desconozco. Aquí, en este inerte trozo de piedra sobre el que escribo, permitiendo que la tinta y las palabras se emborrachen con la tristeza de mis lágrimas, puedo confesar que no recuerdo cuándo fue la última vez que amé con gestos, palabras y fe a mi madre. Confieso sin más ánimo que dar lástima y conseguir su piedad, y la mía propia, que hace años que no abrazo a mi madre cuando ella intenta rodear mi espalda con sus cansados brazos. Que no recuerdo cuándo fue la última vez que me dirigí a ella con el apelativo de mami, que apreté firmemente su mano y la mía para cruzar juntos una calle llamada infancia. Confieso con los ojos borrosos y entre líneas torcidas, que no sé porqué borré recuerdos de mi niñez en los que ella aparecía. Que dejé de hablarle como a una madre, como a un ser superior y lleno de infinita ternura. Que decidí apartarme de sus alas protectoras y quise creer que estaba preparado para volar por mí mismo… Y mírenme ahora. Incapaz de volar, en una caída sin suelo y sin fuerzas para piar y confiar en su segura ayuda. Sin recuerdos de un pasado inexistente y transformado, y sin ilusiones ni fe para afrontar un mañana que ya he desperdiciado. Jugando a ser distinto, a atacar al mundo, a mi especie, a mí mismo. Tonteando con el nihilismo, flirteando con el suicidio como forma de vida e intentando ser yo mismo, alguien que nunca fui. Torturando a un folio inocente y compadeciéndome de mi propia miseria.

Pero soy escritor, ¿no? Y eso lo puede todo. Soy inmortal porque vivo eternamente entre folios… ¡Lo que eres es un gilipollas! Un puto hipócrita que empezó a vaciar su alma en cuadernos porque le pareció la forma más cómoda de vencer al tiempo. Eres un inútil, uno de tantos. Un engaño, una farsa, una invención de ti mismo. No eres más que una segunda vida que has creado para esconderte del mundo real, para olvidar que eres un fracasado. Viste cómo pasaban los años t los meses se trasladaban del calendario de la pared a la papelera del suelo, pero en vez de actuar, de hacer algo productivo y de vivir de una forma honesta decidiste escribir tus propias miserias. Describir tus miedos entre cuadrículas e intentar, inútilmente, reducirlos a dos dimensiones. ¿Crees que eso funciona? ¿Crees que le sirves de ayuda a alguien? ¿Has probado a leerte alguna vez? ¿O sólo te importan los halagos de cuatro desconocidos que afirman que eres bueno acuchillando folios? Sí. Mírate bien. No eres más que cinco letras mal escritas. No eres más que un miedica que odia y teme su vida porque le asusta la responsabilidad que exige la verdad. No eres más que un humano evolucionado, que hace de la rutina su forma de vida. No eres más que un organismo imperfecto que habita el infinito y cuyo grito no produce eco alguno. No eres más que un error. Una consecuencia de causas aleatorias. No eres más que ellos, no eres más que el producto de diversos factores caóticos. No eres más que nada. Eres cero, ni siquiera eso.

Disfruta de la tortilla. Disfruta masticando entre tus dientes el trabajo de tu madre. Oh, con lo que te divierte verlo todo desde fuera, ¿verdad? Con lo importante que te sientes juzgando y estudiándolo todo “desde fuera”, desde un punto neutro y creyéndote el centro del universo. ¿Qué haces llorando? ¿No eras tú el que presumía de haber vencido a la tristeza? ¿No alardeabas de ser inmune a su poder habiéndola aceptado como forma de vida? ¿No eras tú quien afirmaba categóricamente y sin necesidad de citar ni consultar a nadie que el tiempo era un invento humano, al igual que el lenguaje y que los números? Llora, sí. Es lo más justo que puede hacer alguien que comenzó a escribir para refugiarse del paso del tiempo y para dejar constancia de su baladí existencia. Es lo más parecido a un acto emotivo en tus últimos cuatro años, ¿verdad? Mira, no me caes mal. Pareces un tío simpático y amigable. Con buen sentido del humor. ¿Pero sabes qué te digo? QUE TE JODAN. Sí, ni más ni menos. En mayúsculas, cursiva y Comic Sans MS. Porque llevas mucho tiempo creyéndote estar en la cima de este abismo y ni siquiera has avanzado de la casilla de salida. Has alterado tu memoria, tu historia y, por tanto, tu ser. Ya no eres quien eras. De hecho ya no eres nadie. Has dejado tu vida en manos de una libreta y ésta está hasta las anillas de tus tonterías humanoides. Deja de creerte alguien que no eres. Mejor dicho, deja de creer que eres alguien. Eres un tipo de lo más normal, al menos en tu parte humana. En tu parte literal, eres tan mezquino que das pena excepto cuando te lo propones. ¿A quien pretendes impresionar? Tortilla de patatas, discusiones con tu madre… Pareces guionista de Almodóvar. Si tuviera voz me reiría, pero no soy más que un cuaderno mudo. No soy más que el espejo de un ánima extinta, el diario de un hombre muerto, el futuro de un pasado olvidado. No obstante, puedo aconsejarte que levantes tu culo de la taza del váter, te laves la cara, te limpies los mocos y te acuestes. Mañana te esperan 24 horas más para perder.

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Tuesday, July 22, 2008

Tormenta


Tormenta.
Gritos en el cielo,
Eco en nuestras almas,
Tristeza en el ambiente.

Tormenta.
Gotas puntiagudas,
Silencio en nuestros rostros,
Gris celeste.

Tormenta.
Lágrimas divinas,
Castigo merecido,
Odio acumulado.

Tormenta.
Tormenta en mi cabeza,
Tormenta en sus palabras
En la habitación de al lado.

Tormenta.
Gestos silenciados,
Felicidad efímera,
Calma rota.

Tormenta.
Futuro desvanecido,
Meta inalcanzable,
Silencio que explota.

Tormenta.
Vaivén de calma y nervios,
Emoción y miedo,
Movimiento estático.

Tormenta.
Lágrimas de lava en sus mejillas,
Sueños desvanecidos,
Pasado errático.

Tormenta.
Estruendoso silencio,
Comienzo que no acaba
Llantos en la almohada.

Tormenta.
En el berrido de un bebé,
En las prisas de un adulto
En la soledad de una anciana.

Tormenta.
Cuadernos empapados,
Palabras vacías.
Textos olvidados.

Tormenta.
Paradojas oxidadas,
Inspiración ausente.
Folio desperdiciado

16-07-08

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Saturday, July 5, 2008

¡qué cabrones!

Acababa de bajar del tranvía, descendía las escaleras de la estación de metro con un billete arrugado entre los sudorosos dedos de mi mano derecha. Andaba con prisa, no sé porqué, pero andaba con prisa. Adelantaba con mis largas zancadas a cuantos compañeros de viaje podía en los escasos quince metros que separan el final de las primeras escaleras con la máquina que valida los billetes y antecede a unas nuevas escaleras. En décimas de segundo cuento cuántas personas hay haciendo cola en cada una de las máquinas y me coloco estratégicamente. De pronto, atraviesa mis auriculares y penetra en mis oídos un ruido estridente que proviene del andén del piso de abajo: un metro se acerca. Me tiembla el pulso y fallo en los dos primeros intentos de introducir el billete por tan reducida ranura. Por fin acierto. Corro hacia mi derecha para bajar por las escaleras. Rebelándose contra la frenética tiranía impuesta por mis piernas, mi cabeza se vuelve y, entrecerrando los ojos, intenta ver a qué hora pasa el tren en el tablón electrónico. Mierda, está demasiado lejos y soy incapaz de descifrarlo. Sigo corriendo. Bajo las escaleras discriminando los escalones impares y poniendo a prueba la flexibilidad de mis tobillos. Tan solo una veintena de escalones se hace eterna cuando no sabes si el tren que está llegando es el tuyo o está en la otra vía. No puedo ver el andén porque me tapa la pared de las escaleras, pero sí puedo escuchar cómo decrece el ruido del vagón, lo que significa que ya ha parado y no tardará en reanudar la marcha. Acelero aún más mis pasos mientras observo ojos desorbitados que la chica que iba delante de mí aminora su marcha al llegar al andén, al final de las escaleras. No me relajo porque no sé porqué deja de correr. O bien el tren que ha llegado está en la vía contraria, o bien (estando en nuestra vía) no le conduce al destino que ella busca. Clavo mi mirada en su espalda con la esperanza de que me saque de dudas, pero no me responde. Tres escalones, dos escalones, un escalón. Alcanzo la meta. Giro la cabeza y compruebo que el tren que ha llegado se halla en la vía de en frente. Miro el panel, a las 10 59 llega el mío. Terminó el ritual, al menos por mi parte. Porque con la tranquilidad apoderándose de mi cuerpo y restaurando la paz interior, giro la cabeza y observo a un hombre cincuentón bajar las escaleras con más garbo que Greta. Sus pies se posan en cada escalón sin llegar a conocerlo, con el cruel propósito de olvidarlo cuanto antes para centrarse en el siguiente peldaño. Mientras su mano izquierda asfixia la barandilla y emite un agudo chirrido fruto de la fricción, su diestra sujeta por el cinturón unos vaqueros que pugnan con la fuerza de gravedad y el traqueteo constante. Igual que la chica que me precedía no me dijo nada, no alivió mis prisas con una simple mirada, yo fui incapaz (lo fui en el sentido de que querer es poder, y yo no quise) de decirle a mi perseguidor de alguna manera que no corriera, que no se desgastara porque no había tren alguno en nuestras vías. Le castigué innecesariamente con mi pasividad. Pude haberle ahorrado los 3 últimos segundos de su carrera contra sí mismo, pero no quise. Aquel fue un instante de tiempo insignificante, una carrera contrarreloj y contra todos por coger buen sitio en el andén para, posteriormente, disfrutar de un buen sitio en el vagón. Fue un acto cotidiano que se esfumó de sus mentes, pero fue motivo más que suficiente para que mis labios se separasen y pronunciaran débilmente: ¡qué cabrones!

20 años después, la especie humana aún sigue sorprendiéndome.

Posted by cenci6 at 16:12:54 | Permalink | Comments (4)