Pasos acompasados
Frágil.
Miedo.
Evasión.
Pasos acompasados. Silencio y oscuridad se asocian mientras duerme la noche. De camino a casa, con una bolsa de deportes en mi hombro derecho y con tantas frases e ideas retumbando en mi mente que ni oigo ni entiendo ninguna. Ahí, en ese eterno momento es cuando ocurre, cuando mejor se ve. Paso por la acera de la farmacia, penúltimo cruce antes de llegar al cálido portal, preámbulo de una cama acogedora. Madrugada. El termómetro exhibe 16º C., el calendario 4 de octubre y mis ojos publican unas ganas terribles de terminar la jornada de viernes. Pero no puedo, no sé si soy yo o ellos, pero no puedo. No puedo sonreír decentemente con el hambre y el dolor de tanta gente en mente, porque ver gente decente perecer me estremece. Y me permito citar a otros dos en un intento fallido de justificar mi ausencia de todo. Porque no quiero decirlo, no quiero escribirlo ni compartirlo. No quiero expresarme claramente ni influir a nadie. Ya no.
Me lo prometí. Ella me lo dijo. Me ayudó a renacer. Pero ella, ellos, yo… No somos los mismos jugadores, pero sí el mismo juego. El juego de la evasión, el juego de la supervivencia, el juego de la vida. Si la meta es llegar a casa lo antes posible porque es tarde y hace frío, la mejor estrategia es no mirar a ningún sitio excepto hacia delante. Si la meta es intentar ser feliz, no existe otra táctica que la que utilizan ellos, que la que acabo de emplear y ahora confieso.
Sucias almohadas, ropa usada, objetos extraños y cartones de embalaje con la advertencia frágil bien legible en sus paredes. El cartel no advierte al transportista sino a toda la población. El cartón es tan malvado y paranoico que nos grita frágil porque sabe que pronto dejará de contener una lavadora de 900€ y pasará a embalarnos a cualquiera de nosotros. El cartón conoce bien la vida y sus trucos. Y yo, más frío que las neveras que transporta, miro hacia el frente cuando paso a su lado, cuando el vocablo frágil resuena en la oscuridad del silencio y me mira fríamente a los ojos. Hay miedo en mí, aunque creo que por fin lo comprendo. No es indiferencia sino miedo.
Está en su naturaleza, todos son iguales, Los que creen en un ente divino le piden protección y así se olvidan de ellos. Los que creen en la probabilidad y en los datos de la fría estadística de noticiario saben que el grueso de la población en la que se encuentran no vivirá de cerca tan volátil realidad. Los que creen en sí mismos… ¡oh! Estos se merecen un párrafo propio… ¿y yo? Y los míos, los que creemos en el nihilismo, los que contestamos sí y no al mismo tiempo en un murmullo gritado… ¿quiénes somos y cómo lo vemos?
Primera fase de evasión concluida. Cuarenta pasos después afloran nuevas reflexiones que empiezan a jugar con las que se mantienen en vela desde la salida. Carretera, silencio, farola, soledad…portal. Cálido e inhóspito portal. Pero no tanto como el insociable ascensor que me aleja del submundo y me conduce a un onírico noveno piso. Me miro en su espejo durante los treinta y seis segundos de trayecto. Observo minuciosamente el vello que recurre mi cara y fantaseo con distintos tipos de look. Pienso en palabras, pienso en personas, pienso en ella, pienso en estadísticas y datos…
Entro en la tercera y penúltima etapa. Agarrar un cuaderno por la garganta y arrastrarlo del escritorio en el que pace tranquilo para dejarlo caer sobre una mesa aún llena de migas. Mientras la ciudad duerme yo cocino reflexiones. Pero escribo lo de siempre. Escribo sin estructura ni moraleja, sin personajes nobles, sin princesas ni dragones. Escribo sobre la especie elegida, escribo sobre castillos de cartón, escribo sobre mi vida. Y cuando maldigo este bucle que habito, cuando cansado de tragar agua me animo a ingerir una aspirina que tímidamente se aloja en el fondo de mi boca, entonces pongo un soberano punto y final que agujerea los folios que encuentra a su paso. Como tinta corrosiva, destruye todo el cuaderno hasta toparse con la portada de cartón que lo guarda. El cartón no es frágil, lo somos nosotros. Quienes vivimos entre ellos o quienes tenemos miedo de las respuestas que conllevan preguntas.
Me descalzo. Me quito las gafas de observador social que no llevo puestas y me meto en la cama. Una cama cálida y vacía, como ya dije antes. Pero está más vacía, si cabe, conmigo dentro. Porque yo no tengo nada ni nadie para compartir con ella. Parpadeo. Mis ojos escudriñan el cielo de mi habitación. Paso acompasados, hombres falsos, silencio.
Putas reflexiones vacías, puto mundo que no me entiende ni se molesta en hacerlo. Puta manta que me abriga hasta el cuello, hasta que asfixia estos pensamientos monótonos y etéreos. Putas manos manchadas de tinta y lágrimas… Puto folio desdichado y desperdiciado que me recomienda que me acueste y le deje descansar con los suyos. Puto lector impasible, sí, a ti te digo. Que por tu naturaleza humana habrás olvidado este texto vacío en media hora y te habrás olvidado de ti mismo. Puto escritor inepto, novato que cree que puede cambiar el mundo, virar de rumbo…
Cuarta fase concluida. Sigo durmiendo.
