Sunday, November 30, 2008

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Monday, November 24, 2008

El arquitecto

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Saturday, November 8, 2008

Inmóvil

Era miércoles por la tarde, ¿miércoles? O quizás jueves. O viernes… Paseaba por la calle, buscaba algún último cliente antes de dar por terminada la jornada. Se mostraba contento a la par que cansado. Pero este cansancio era insuficiente como para quitarle la sonrisa de la cara y frenar el rítmico tamborileo de sus dedos sobre el volante. Estaba contento, satisfecho, feliz. Ilusionado con su nuevo trabajo y con las puertas que se le abrían en la vida.

A sus 20 años, y a diferencia de muchos otros chicos de su edad, reconocía abiertamente ante familiares y amigos que amaba a su madre, y que había llorado mucho su ausencia durante los últimos tres años.

A sus 20 años se miraba a sí mismo por el espejo retrovisor y admiraba su propia sonrisa. Eso era felicidad, tenía que serlo. Tras tres años de espera, rezando con fuerza para volver a ver a su madre y para crecer con ella en casa, volvía a sonreír con la paz que aporta una familia unida. Tenía tantas cosas que contarle, tenían tanto tiempo que recuperar… Tanto había crecido en experiencias vitales, en madurez mental, en corpulencia e ideas. Tanto la había echado de menos, que se veía incapaz de asimilarlo todavía.

Llevaban seis días juntos, casi una semana. Su madre de nuevo en casa, en su casa, en su país, en Bolivia. Se lamentaba de no haber encontrado el momento para escucharle contar cosas de España, sobre la familia para la que había estado trabajando. Se lamentaba de que su reacción hubiera sido negativa cuado él quiso compartir con ella la ilusión de un nuevo trabajo, de su primer trabajo. Había hecho bien las cosas, había sido un buen hijo, un buen estudiante y un modelo a seguir por sus tres hermanas pequeñas. Y lo único que quería hacer ahora era trabajar para ganar dinero y sentirse plenamente realizado. Eso y estar con su madre a cada segundo.

-No hace falta. – dijo ella – No quiero que trabajes.

-Pero quiero hacerlo mamá. Quiero que tú descanses y ganar algo de dinero para comprarme ropa, ir a conciertos y vivir mejor.

La emisora local dio las 5 de la tarde. Comenzaba a atardecer y en un par de horas sería un peligro circular por ciertos barrios. Pensaba en la suerte que tenía de poder trabajar, de poder conducir y de volver a ser seis en casa, durmiendo bajo un mismo techo. Pensaba en las diferentes oportunidades que da la vida a unos y otros…

Se detuvo en el semáforo. Redujo de tercera a segunda marcha para conservar la integridad del motor. Aunque era un taxi de la empresa, lo quería y trataba como si fuera propio. Comenzó a parpadear el muñeco verde que da paso a los peatones y metió la primera marcha. Mientras, pacientemente, esperaba a que cruzaran cuatro niños con mochilas en sus espaldas y gritos y risas en su camino.

De pronto giró la cabeza y vio a dos hombres, uno de su edad y otro rondando la treintena, que se acercaban gritando algo. Aunque no les escuchó bien por la música de la radio y porque se hallaba ensimismado en sus pensamientos, algo le dijo que se acercaban problemas y debía huir. Aceleró a fondo sin apenas levantar el pie izquierdo del embrague. El mayor de los hombres sacó su mano derecha del bolsillo empuñando una pistola. No abrió la boca para insistir en que bajara del coche, esta vez no. Se limitó a abrir fuego contra él. La primera bala impactó contra el radiador, la segunda atravesó la ventanilla y penetró en su pecho, y la tercera y última entró por su maxilar izquierdo y salió por su nuca arrastrando consigo sueños y proyectos que se desangraban lentamente en el asfalto. Tres de los cuatros niños que habían cruzado segundos antes la calzada corrieron despavoridos. Mientras, el cuarto observó cómo dos hombres robaban a plena luz del día un taxi sin importarles lo más mínimo dejar abandonado en el suelo el cuerpo inmóvil de un joven de 20 años. Un primogénito, un amigo, un estudiante, un taxista, un trabajador, un hombre responsable, un hermano mayor, un héroe anónimo.

Tantas cosas y a la vez ninguna, siente el fuego arrasando su garganta, una voz quebrada que le llama, y una vida, la suya, que para siempre se esfuma.

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