Monday, September 8, 2008

Agujeros en la tierra

Me he pasado toda mi vida reflexionando. Pensando en cómo sería mi vida si hubiera nacido en otra familia y hubiera tenido otros padres y hermanos, si no hubiera nacido en esta ciudad y no hubiera asistido a mi colegio. Me pasé la infancia observando, estudiando, tratando de entender. Empeñé mi adolescencia en torno a mí mismo. intentando conocer la infinitud de una persona que me intriga y fascina. Me pasé tardes, noches, mañanas… minutos, horas, días… hipotequé tres años de mi vida en la egoísta y poco fructífera tarea de entenderme y conocerme. Pensando en por qué pensaba, pensando en por qué algo estaba cambiando ahí fuera, por qué el sol salía después y se ocultaba antes… Necesitaba entender por qué estaba solo, por qué todos se acercaban a mí en el patio y pasaban un rato agradable durante el recreo pero ninguno me preguntaba nada sobre mi vida. O al menos yo no los oía… Y no los oía porque durante ese tiempo no tuve ojos, ni oídos, ni voz para nadie que no fuese yo mismo. O mejor dicho para ese al(gu)ien que empezaba a conquistar mi cuerpo y a dirigir mi vida. Necesité mucho esfuerzo, mucho sacrificio, toda la valentía posible para llevar a cabo esa tarea. Hubiera acabado con la sequía en el mundo si mis lágrimas hubieran sido aprovechadas, pero no fue así. Fluyeron adheridas a mi cara y serpenteando por mis mejillas, camufladas en el silencio de una almohada o en la soledad de una ducha…
Con el paso de los años dejé de llorar por los ojos y comencé a hacerlo por las manos. Encontré el modo de canalizar las lágrimas a través de un bolígrafo para plasmarlas en un folio inocente. En aquella última etapa de mi vida, y digo última porque hoy muero, organicé mi historia en el caos de una libreta. El proceso es bien simple: agarro un bolígrafo afilado y me lo clavo en lo más hondo de mi pecho, permitiendo que se derrame sobre el cuaderno la esencia de un ente que no sé si alguna vez llegué a ser. Posteriormente, hago danzar al boli por esta pista de baile en la que describe grafías aleatorias y da vida a textos vacíos. Y mañana será otro día, otro día en el que naceré y moriré nuevamente.

Pero hoy estoy harto, no sé de qué ni porqué, ni desde cuándo ni hasta cuándo. Pero estoy harto. Harto de no saber quién escribe, si Jekyll o Hyde; harto de no saber quién lee, si el escritor o el lector; harto de que pasen los años y comprobar que estoy hipotecando mi vida en dibujar un mapa fiel a un terreno que no existe. Pasan los años, pasa mi vida y siento que moriré sin poder llevarme ni una sola respuesta a la tumba. Porque no sé qué es el amor, ni la justicia. No sé qué es la libertad, no sé qué es la felicidad, no sé qué es la vida y sigo sin saber cuando me levanto y cuando me acuesto quién soy. Y recuerdo la frase de Sócrates y reconozco que sólo sé que no sé nada, pero sólo hasta ahí. Porque el hecho de saber que no sé nada no me hace más dichoso que aquél que no sabe que no sabe nada. Pero, ¿de qué sirve compararme?, ¿de qué me sirve vivir si no sé qué es la vida?

Sigo sentado en una butaca vacía, en un cine lleno de luces parpadeantes y observando intrigado una pantalla que proyecta una película que no entiendo. Quizás sólo sea un trailer, quizá no. Quizás pongan otra después, quizá no. Quizás algún día la entienda… o quizá no.
Y pienso que quizás, y digo quizás porque no puedo tener certeza más allá de la duda, el fallo sea pensar que hay que entenderla para disfrutarla, para vivirla. Maldigo esta mente rota desde crío, que abre puertas prohibidas empujándome al vacío. La maldigo porque no quiero vivir dialogando con un hombre que no existe. No quiero vivir filosofando sobre algo infinito o quizás vacío. Mi vida, todo y a la vez nada, no es más que un tiempo finito lleno de experiencias y acontecimientos. Lleno de personajes, de ideas, de arte, de música, de amigos, de sentimientos… Pero cuando mi vida fluya, cuando huya para no volver, cuando se olvide para no ser recordada, ¿de qué servirá haberla entendido, si es que algún día alcanzo tan irrisoria meta, sin haberla probado?, ¿me salvará este escrito de las llamas del olvido?, ¿inmortalizará al menos el apellido o el nombre con que lo firmo? Probablemente no. Y quizás por ese descubrimiento que realizo en este momento es por lo que escribo. Porque esa inmensa masa de pesadumbre que me corroe por dentro y oprime mi pecho queda reducida a un interrogante minúsculo en un folio lleno de tinta. Y ese folio vaga perdido entre la eternidad de un cuaderno muerto. Quizás sí que sirva de algo escribir, quizás no sea imprescindible conocerme a mí mismo para vivir. Porque quizás sea necesario vivir primero para poder conocerme a mí mismo después…

Pero no me hagan caso, al fin y al cabo mi naturaleza humana y, por tanto cobarde, me obliga a encontrar verdades falsables en las que basar mi vida para sobrevivir. Esta dualidad de reflexión-acto, duda-certeza es la que ocupa(rá) mi vida, la que le da un toque de misterio, de filosofía… En definitiva la que hace mi existencia más humana y completa. Pero insisto en que no me hagan caso en nada de lo que digo, porque no lo sé. Y quizás ni siquiera me importe no saberlo, no lo sé

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Monday, September 1, 2008

Me he hecho de menos

Te echo de menos.

Echo de menos mi infancia.

Echo de menos el colegio.

Echo de menos la adolescencia…

Echo de menos mi vida.

 

Echo de menos que las cosas tengan sentido.

Echo de menos pasarme horas buscándole un porqué a todo.

Echo de menos inventarme porqués para saciar mi sed de justificación total.

Echo de menos olvidarme voluntariamente de que no existen verdades.

Echo de menos pensar menos y echo de más pensar más.

Echo de menos escribir poco, y llorar lágrimas densas.

Echo de menos reír a carcajadas.

Echo de menos a mis hermanos.

Echo de menos la inocencia de la infancia.

Echo de menos dormir bien.

Echo de menos a mis compañeros del colegio.

Echo de menos el patio.

Echo de menos a los profesores y las riñas con ellos.

Echo de menos las bromas y los ruidos que hacíamos en clase.

Echo de menos la libertad.

Echo de menos los abrazos.

Echo de menos mis primeros escritos.

Echo de menos la satisfacción personal.

Echo de menos los sueños cumplidos.

Echo de menos a Nina.

Echo de menos a mi abuelo.

Echo de menos a Dios.

Echo de menos la fe en algo que no sea el escepticismo.

Echo de menos la oración.

Echo de menos las pesetas.

Echo de menos las comidas en casa de mi abuela.

Echo de menos la magia.

Echo de menos la Navidad.

Echo de menos no conocerme.

Echo de menos a papá.

Echo de menos la ignorancia.

Echo de menos el futuro.

Echo de menos a mamá.

Echo de menos mis juguetes, mis libros, mi ropa, mis coches, mis muñecos…

Echo de menos la paz interior.

Echo de menos las canciones de antaño.

Echo de menos ser nadie.

Echo de menos ser famoso y olvidarme de quién soy para interpretar un papel.

La echo de menos a ella, y a ella, y a ella, y a ella, y a ella.

Echo de menos dormir abrazado al móvil, esperando un SOS o una llamada encontrada…

Echo de menos largas conversaciones por msn.

Echo de menos los almuerzos.

Echo de menos a mi primer equipo de baloncesto.

Echo de menos los horarios, las ventanas, las perchas, las tarimas, las pizarras, las tizas, los borradores, los diccionarios, los pupitres, las sillas, los profesores… en definitiva, todo aquello que se puede romper, tirar contra un compañero o encontrarle un nuevo y original uso o aspecto.

Echo de menos la gomina.

Echo de menos las cenas

Echo de menos los cumpleaños.

Echo de menos los balonazos.

Echo de menos el primer día.

Echo de menos el segundo día.

Echo de menos el último día.

Echo de menos la campana.

Echo de menos el papel de plata.

Echo de menos los partes y expedientes.

Echo de menos las notas.

Echo de menos la cara y las risas de Jorge, y de Juan, y de Javi, Mario, Julio, Pablo, Héctor, Álex…

Echo de menos las lágrimas del suspenso.

Echo de menos las orlas con las fotos de “los mayores”

Echo de menos la secretaría.

Echo de menos el enamoramiento.

Echo de menos la soledad.

Echo de menos las vacaciones, el verano, el descanso, el sentido de las fiestas.

Echo de menos mi primer bigote.

Echo de menos mi primer reloj.

Echo de menos entrar 24 alumnos a la vez en clase, dándonos capones, puñetazos y patadas y riéndonos en la cara del profesor.

Echo de menos las preguntas de Aleix.

Echo de menos las distancias largas.

Echo de menos mi primera casa.

Echo de menos comer San Jacobos.

Echo de menos jugar en la playa.

Echo de menos a la pediatra.

Echo de menos las matemáticas.

Echo de menos el uniforme del colegio.

Echo de menos las excursiones, viajes y convivencias.

Echo de menos el recreo.

Echo de menos madrugar y estar descansado.

Echo de menos la música.

Echo de menos no morderme las uñas.

Echo de menos el Barcelona de Ronaldo, Anderson, Giovanni, Luis Enrique, Figo, Guardiola, Abelardo, Sergi, Nadal, Amor, Ferrer, Vitor Baia…

Echo de menos el Barça de Jasickevicius, Roberto Dueñas, Rentzias, Pau Gasol, Alston, Digbeu, De la Fuente…

Echo de menos la colección de cromos de futbolistas.

Echo de menos jugar contra Víctor Claver y “defenderle”.

Echo de menos los tiempos en los que los árbitros pitaban los pasos de salida.

Echo de menos a EnzoAntonio. Un gran hombre y maestro, a quien admiro y respeto.

Me he hecho de menos…

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Sunday, August 10, 2008

¡Inspiración vuelve a mí!

¡Inspiración vuelve a mí!

La más puta entre las diosas

Vas y vuelves silenciosa

Y dejas cojas las estrofas.

¡Inspiración vuelve a mí!

¿Por qué huyes de mi cuento?

¿Por qué no moras en mi cuaderno?

Sé el oasis de mi desierto.

¡Inspiración vuelve a mí!

Ayúdame a retratarte,

A buscarte sin encontrarte

Coge un escudo y sé mi estandarte.

¡Inspiración vuelve a mí!

Enséñame a seducirte,

Silénciame cuando te grite,

Dejáme ser quien te define.

¡Inspiración vuelve a mí!

Compensa las horas perdidas

En las que sentado en estas líneas

Tan solo escribí tinta.

¡Inspiración vuelve a mí!

Y permíteme tocarte

Poseerte a cada instante,

Sé la causa de mi arte.

¡Inspiración no te vayas!

Si te vas nada es lo mismo.

Observa estas rimas ¡qué desperdicio!

Si te vas comenzó el fin.

Si te vas para qué escribir.

Si en vez de versos pongo rayas

Eres el techo de este abismo

¡Inspiración vuelve ahora mismo!

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No tienes ni idea

No tienes ni idea

De cuánto te eché de menos

En los fríos veranos,

En los calurosos inviernos.

 

No tienes ni idea

De cuántas lágrimas he vertido.

En cada lágrima un recuerdo,

Un recuerdo contigo.

 

No tienes ni idea

De cuántas noches te he buscado

En un cielo sonriente

O entre las sombras de mi cuarto.

 

No tienes ni idea

De cuántas veces te he retratado

En poemas aún no escritos

Entre versos despeinados.

 

No tienes ni idea

De cuántas veces te he gritado

En el eco de una libreta

Con los ojos y el corazón cerrados.

 

No tienes ni idea

De cuantísimo te quiero

Que por un beso tuyo

Dejaría este verso suelto.

 

No tienes ni idea

De cuántas dudas tengo.

Que ni siquiera sé si rezo

A una persona o a un recuerdo.

 

No tienes ni idea

De cuánto te echo de menos.

Que me duele recordar

Que olvidé olvidar tu recuerdo.

 

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Saturday, July 26, 2008

Monólogos con el cuaderno

Joder. Esa es la única palabra. Un “joder” sonoro y sentido…

Eran las 12 y 35 de la noche cuando hacía trabajar a mis somnolientas parótidas, sublinguales y submaxilares por enésima vez en el día, ofreciéndoles esta vez un trozo de tortilla de patatas. La partí en cuatro trozos iguales casi iguales, en un primer momento no pretendía comerme la tortilla entera. Pero pasaron los minutos y fui devorando cada trozo con avidez, amparado por el silencio de la noche.

El primer trozo fue directo al estómago sin apenas ser saboreado. Con el segundo me propuse disfrutarlo y jugar con él durante algunos segundos al notar cómo se deshacía en mi boca. El tercero… ¡joder con el tercero! El tercero me ofrecía una foto carné de mi madre. ¿Por qué de mi madre? No lo sé. Hay quien ve a Jesucristo en la palma de su mano, a sus antepasados en manchas de humedad, a jóvenes muertas haciendo autostop… Yo, tan estúpido y racional como siempre, me encontraba absorto cerca de la una de la noche debatiendo si comerme aquella suculenta foto carné de mi madre. Resonaron entonces en mi cabeza las palabras que habíamos intercambiado horas antes en tono de discusión. Un tono normal en este tiempo y espacio que habito. Discutíamos porque, según ella, yo no había mostrado interés por el viaje a Oxford y Londres que ella propuso en el mes de Mayo aprovechando que una prima nuestra, que trabaja allí, dejaría libre el apartamento durante el mes de agosto. ¡Y me lo dice a mí! Cuando he leído un libro en inglés para resucitar en mi olvidada memoria la lengua de Shakespeare, además de ver sitios para visitar en guías y foros de Internet… ¡Y me lo dice a mí! Y yo, alterado e impasible, sin apartar los ojos de la pantalla del ordenador, trato de defenderme como un reo condenado a muerte. Pero por lo visto, lo hago de una forma tan superficial e incongruente que no recuerdo ni una sola de las palabras que le dije. Tres horas después de aquello, ni un solo argumento sigue con vida en el purgatorio de mi memoria.

Allí, cada pensamiento, cada sentimiento, cada recuerdo vivido es juzgado, modificado y almacenado (o suprimido) según una voluntad que desconozco. Aquí, en este inerte trozo de piedra sobre el que escribo, permitiendo que la tinta y las palabras se emborrachen con la tristeza de mis lágrimas, puedo confesar que no recuerdo cuándo fue la última vez que amé con gestos, palabras y fe a mi madre. Confieso sin más ánimo que dar lástima y conseguir su piedad, y la mía propia, que hace años que no abrazo a mi madre cuando ella intenta rodear mi espalda con sus cansados brazos. Que no recuerdo cuándo fue la última vez que me dirigí a ella con el apelativo de mami, que apreté firmemente su mano y la mía para cruzar juntos una calle llamada infancia. Confieso con los ojos borrosos y entre líneas torcidas, que no sé porqué borré recuerdos de mi niñez en los que ella aparecía. Que dejé de hablarle como a una madre, como a un ser superior y lleno de infinita ternura. Que decidí apartarme de sus alas protectoras y quise creer que estaba preparado para volar por mí mismo… Y mírenme ahora. Incapaz de volar, en una caída sin suelo y sin fuerzas para piar y confiar en su segura ayuda. Sin recuerdos de un pasado inexistente y transformado, y sin ilusiones ni fe para afrontar un mañana que ya he desperdiciado. Jugando a ser distinto, a atacar al mundo, a mi especie, a mí mismo. Tonteando con el nihilismo, flirteando con el suicidio como forma de vida e intentando ser yo mismo, alguien que nunca fui. Torturando a un folio inocente y compadeciéndome de mi propia miseria.

Pero soy escritor, ¿no? Y eso lo puede todo. Soy inmortal porque vivo eternamente entre folios… ¡Lo que eres es un gilipollas! Un puto hipócrita que empezó a vaciar su alma en cuadernos porque le pareció la forma más cómoda de vencer al tiempo. Eres un inútil, uno de tantos. Un engaño, una farsa, una invención de ti mismo. No eres más que una segunda vida que has creado para esconderte del mundo real, para olvidar que eres un fracasado. Viste cómo pasaban los años t los meses se trasladaban del calendario de la pared a la papelera del suelo, pero en vez de actuar, de hacer algo productivo y de vivir de una forma honesta decidiste escribir tus propias miserias. Describir tus miedos entre cuadrículas e intentar, inútilmente, reducirlos a dos dimensiones. ¿Crees que eso funciona? ¿Crees que le sirves de ayuda a alguien? ¿Has probado a leerte alguna vez? ¿O sólo te importan los halagos de cuatro desconocidos que afirman que eres bueno acuchillando folios? Sí. Mírate bien. No eres más que cinco letras mal escritas. No eres más que un miedica que odia y teme su vida porque le asusta la responsabilidad que exige la verdad. No eres más que un humano evolucionado, que hace de la rutina su forma de vida. No eres más que un organismo imperfecto que habita el infinito y cuyo grito no produce eco alguno. No eres más que un error. Una consecuencia de causas aleatorias. No eres más que ellos, no eres más que el producto de diversos factores caóticos. No eres más que nada. Eres cero, ni siquiera eso.

Disfruta de la tortilla. Disfruta masticando entre tus dientes el trabajo de tu madre. Oh, con lo que te divierte verlo todo desde fuera, ¿verdad? Con lo importante que te sientes juzgando y estudiándolo todo “desde fuera”, desde un punto neutro y creyéndote el centro del universo. ¿Qué haces llorando? ¿No eras tú el que presumía de haber vencido a la tristeza? ¿No alardeabas de ser inmune a su poder habiéndola aceptado como forma de vida? ¿No eras tú quien afirmaba categóricamente y sin necesidad de citar ni consultar a nadie que el tiempo era un invento humano, al igual que el lenguaje y que los números? Llora, sí. Es lo más justo que puede hacer alguien que comenzó a escribir para refugiarse del paso del tiempo y para dejar constancia de su baladí existencia. Es lo más parecido a un acto emotivo en tus últimos cuatro años, ¿verdad? Mira, no me caes mal. Pareces un tío simpático y amigable. Con buen sentido del humor. ¿Pero sabes qué te digo? QUE TE JODAN. Sí, ni más ni menos. En mayúsculas, cursiva y Comic Sans MS. Porque llevas mucho tiempo creyéndote estar en la cima de este abismo y ni siquiera has avanzado de la casilla de salida. Has alterado tu memoria, tu historia y, por tanto, tu ser. Ya no eres quien eras. De hecho ya no eres nadie. Has dejado tu vida en manos de una libreta y ésta está hasta las anillas de tus tonterías humanoides. Deja de creerte alguien que no eres. Mejor dicho, deja de creer que eres alguien. Eres un tipo de lo más normal, al menos en tu parte humana. En tu parte literal, eres tan mezquino que das pena excepto cuando te lo propones. ¿A quien pretendes impresionar? Tortilla de patatas, discusiones con tu madre… Pareces guionista de Almodóvar. Si tuviera voz me reiría, pero no soy más que un cuaderno mudo. No soy más que el espejo de un ánima extinta, el diario de un hombre muerto, el futuro de un pasado olvidado. No obstante, puedo aconsejarte que levantes tu culo de la taza del váter, te laves la cara, te limpies los mocos y te acuestes. Mañana te esperan 24 horas más para perder.

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Tuesday, July 22, 2008

Tormenta


Tormenta.
Gritos en el cielo,
Eco en nuestras almas,
Tristeza en el ambiente.

Tormenta.
Gotas puntiagudas,
Silencio en nuestros rostros,
Gris celeste.

Tormenta.
Lágrimas divinas,
Castigo merecido,
Odio acumulado.

Tormenta.
Tormenta en mi cabeza,
Tormenta en sus palabras
En la habitación de al lado.

Tormenta.
Gestos silenciados,
Felicidad efímera,
Calma rota.

Tormenta.
Futuro desvanecido,
Meta inalcanzable,
Silencio que explota.

Tormenta.
Vaivén de calma y nervios,
Emoción y miedo,
Movimiento estático.

Tormenta.
Lágrimas de lava en sus mejillas,
Sueños desvanecidos,
Pasado errático.

Tormenta.
Estruendoso silencio,
Comienzo que no acaba
Llantos en la almohada.

Tormenta.
En el berrido de un bebé,
En las prisas de un adulto
En la soledad de una anciana.

Tormenta.
Cuadernos empapados,
Palabras vacías.
Textos olvidados.

Tormenta.
Paradojas oxidadas,
Inspiración ausente.
Folio desperdiciado

16-07-08

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Saturday, July 5, 2008

¡qué cabrones!

Acababa de bajar del tranvía, descendía las escaleras de la estación de metro con un billete arrugado entre los sudorosos dedos de mi mano derecha. Andaba con prisa, no sé porqué, pero andaba con prisa. Adelantaba con mis largas zancadas a cuantos compañeros de viaje podía en los escasos quince metros que separan el final de las primeras escaleras con la máquina que valida los billetes y antecede a unas nuevas escaleras. En décimas de segundo cuento cuántas personas hay haciendo cola en cada una de las máquinas y me coloco estratégicamente. De pronto, atraviesa mis auriculares y penetra en mis oídos un ruido estridente que proviene del andén del piso de abajo: un metro se acerca. Me tiembla el pulso y fallo en los dos primeros intentos de introducir el billete por tan reducida ranura. Por fin acierto. Corro hacia mi derecha para bajar por las escaleras. Rebelándose contra la frenética tiranía impuesta por mis piernas, mi cabeza se vuelve y, entrecerrando los ojos, intenta ver a qué hora pasa el tren en el tablón electrónico. Mierda, está demasiado lejos y soy incapaz de descifrarlo. Sigo corriendo. Bajo las escaleras discriminando los escalones impares y poniendo a prueba la flexibilidad de mis tobillos. Tan solo una veintena de escalones se hace eterna cuando no sabes si el tren que está llegando es el tuyo o está en la otra vía. No puedo ver el andén porque me tapa la pared de las escaleras, pero sí puedo escuchar cómo decrece el ruido del vagón, lo que significa que ya ha parado y no tardará en reanudar la marcha. Acelero aún más mis pasos mientras observo ojos desorbitados que la chica que iba delante de mí aminora su marcha al llegar al andén, al final de las escaleras. No me relajo porque no sé porqué deja de correr. O bien el tren que ha llegado está en la vía contraria, o bien (estando en nuestra vía) no le conduce al destino que ella busca. Clavo mi mirada en su espalda con la esperanza de que me saque de dudas, pero no me responde. Tres escalones, dos escalones, un escalón. Alcanzo la meta. Giro la cabeza y compruebo que el tren que ha llegado se halla en la vía de en frente. Miro el panel, a las 10 59 llega el mío. Terminó el ritual, al menos por mi parte. Porque con la tranquilidad apoderándose de mi cuerpo y restaurando la paz interior, giro la cabeza y observo a un hombre cincuentón bajar las escaleras con más garbo que Greta. Sus pies se posan en cada escalón sin llegar a conocerlo, con el cruel propósito de olvidarlo cuanto antes para centrarse en el siguiente peldaño. Mientras su mano izquierda asfixia la barandilla y emite un agudo chirrido fruto de la fricción, su diestra sujeta por el cinturón unos vaqueros que pugnan con la fuerza de gravedad y el traqueteo constante. Igual que la chica que me precedía no me dijo nada, no alivió mis prisas con una simple mirada, yo fui incapaz (lo fui en el sentido de que querer es poder, y yo no quise) de decirle a mi perseguidor de alguna manera que no corriera, que no se desgastara porque no había tren alguno en nuestras vías. Le castigué innecesariamente con mi pasividad. Pude haberle ahorrado los 3 últimos segundos de su carrera contra sí mismo, pero no quise. Aquel fue un instante de tiempo insignificante, una carrera contrarreloj y contra todos por coger buen sitio en el andén para, posteriormente, disfrutar de un buen sitio en el vagón. Fue un acto cotidiano que se esfumó de sus mentes, pero fue motivo más que suficiente para que mis labios se separasen y pronunciaran débilmente: ¡qué cabrones!

20 años después, la especie humana aún sigue sorprendiéndome.

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Friday, June 27, 2008

Vidas desperdiciadas

        ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Estas son las tres cuestiones básicas que todo ser humano se plantea a lo largo de su existencia, de ahí que se les denomine “dudas existenciales”. Todas estas dudas que se han dado a lo largo de la historia de nuestra especie, se han visto reforzadas en la modernidad con la famosa frase pronunciada por Leon Kowalski en el film Blade Runner¿Cuánto me queda?“. Y es que en definitiva somos replicantes, somos clones, esclavos de un sistema que a nadie gusta pero que nadie parece querer cambiar. En la líquida modernidad, todos somos desechables, todos vivimos con miedo. Ellos quieren que vivamos con miedo porque con miedo somos más manipulables, más fáciles de gobernar. ¿Y quiénes son “ellos”?, ¿quién es el tirano que nos subyuga de esta manera?, ¿quién es el creador de este sistema que oprime a los hombres y les arranca hasta el último ápice de libertad?, ¿quién permite que el avance tecnológico (aquello a lo que llamábamos progreso) se lleve a cabo lubricando la maquinaria industrial con la sangre de los trabajadores? Podríamos elaborar infinitas cuestiones similares, preguntándonos por qué las cosas son como son. Por qué los que sobran son “ellos” (esta vez referido a la población del Tercer Mundo), por qué no hay sitio para todos, por qué la inmigración es hoy un problema y no una posibilidad de mestizaje cultural que nos enriquece, por qué aumentan las tasas de divorcio, por qué es tan baja la natalidad en la inmensa mayoría de los países desarrollados, por qué la juventud de hoy se encuentra perdida, por qué los hombres se sienten desorientados sin un claro modelo de masculinidad que les guíe… Podríamos levantar la alfombra y al observar el montón de mierda que yace escondido preguntar en voz alta quién lo puso ahí, y la respuesta a este nuevo interrogante sería la misma que en los casos anteriores: nadie, y a la vez todos.

        La era en la que vivimos se caracteriza por ser superflua, cambiante, compleja a más no poder. Recurriendo al refranero, impera entre la población la idea de que “quien no corre vuela”. Nadie mira por ti, y si lo hace es para ponerte la zancadilla. Para subir puestos en la escala social debes pasar por encima de los demás. “A veces, la única forma de sentirse bien es hacer que otros se sientan mal y yo ya estoy harto de hacer que los otros se sientan bien…“, estas sabias palabras salieron de boca de un personaje de ficción conocido universalmente y en el que podemos vernos reflejados, Homer J. Simpson. Todos son tus enemigos y, por tanto, eres el enemigo de todos. Estás solo, eres perfectamente prescindible. Entonces, ¿para qué estrechar los lazos con tus compañeros de trabajo? En palabras de Bauman, “parece estúpido invertir nuestro tiempo y nuestros recursos en reforzarlos, y dedicar un esfuerzo suplementario a preservarlos del deterioro”, porque los vínculos y contratos débiles dejan menos cicatrices cuando expiran.

        La publicidad juega un papel muy importante en la sociedad actual. Se encarga de transmitir una serie de mensajes subliminales que afectan a toda la población. Mandatos que nos sumen en un clima de caos, estrés, escepticismo, egoísmo e ignorancia[1]. La publicidad es la herramienta de la que se valen los poderosos para mantener el equilibrio del sistema. Para sumirnos en las prisas, en la ansiedad por conseguir los objetivos y por ser felices, los anuncios de tampones Tampax, por ejemplo, mostraban varias chicas jóvenes, sonrientes y felices, acompañadas por un eslogan que rezaba “¿Todavía no lo has probado?”. A nadie parecía inquietar este anuncio. De enfermo se le tacharía a todo aquel que viera en este anuncio una clara incitación a la iniciación en las relaciones sexuales, pero los datos estadísticos revelaron que los adolescentes de esta segunda modernidad comenzaban a aventurarse a edades más tempranas en actividades sexuales plenas. Ningún problema habría de no ser porque esos “hombres y mujeres del mañana” no están preparados para dar ese salto. Si lo estuvieran, el Ministerio de Sanidad no registraría en el 2004 que “del 25% de los adolescentes de entre 15 y 17 años que reconoce tener relaciones sexuales, sólo el 12,7% asegura que utiliza algún método anticonceptivo”, algo que provoca que 18000 adolescentes queden embarazadas cada año en nuestro país. La juventud se siente perdida. Han hipotecado sus vidas para poder vivir al ritmo de hoy. Sin sueños, sin objetivos claros que perseguir y sin la seguridad de que cuando los consigan obtendrán los beneficios previstos. La llamada Generación X (hombres y mujeres nacidos en la década de 1970) presentaba el doble de posibilidades de mostrar una depresión no clínica que los nacidos doce años antes. La Fundación Joseph Rowntree intentó encontrar respuesta a este ascenso en el aumento del desempleo con el que había convivido la Generación X y que era desconocido para las anteriores. Añadía también que los titulados universitarios presentaban un tercio menos de posibilidades de sufrir depresión. Pero la modernidad líquida ha traído consigo un panorama laboral en el que las empresas se preocupan tan solo por aumentar sus beneficios mediante el recorte de costes laborales. Se les recomienda a los jóvenes que no esperen mucho de su trabajo, ni del primero ni del último. Que lo afronten con la cabeza gacha y no piensen que es una garantía de seguridad a largo plazo sino “una oportunidad que hay que disfrutar al vuelo y mientras dure.”[2] Se han cargado la juventud, han acabado con una de las mayores fuerzas de cambio social. Les han abocado al fracaso, a la depresión, a la soledad, a la incomprensión. Y éstos responden con violencia, con delincuencia, con un incremento en el consumo de drogas… El periódico El Mundo publicaba una noticia el 2 de abril de 2006 en la que revelaba (basándose en datos del Plan Nacional sobre Drogas) que “si tomamos un grupo de 100 chavales de entre 14 y 18 años, adivinaremos que 65 beben alcohol habitualmente; 37 fuman tabaco; 25 le dan al cannabis y 4 esnifan cocaína”. Pero no sólo aumenta el consumo de estas sustancias nocivas, también aumenta la precocidad con la que se inician en su consumo. A la tierna edad de 13 años se inician en el tabaco (13,2 para ser exactos) y en el alcohol (13,7 años). Con 14,7 empiezan a consumir marihuana y con 15,8 se aventuran con la cocaína (siguiendo los datos de la última encuesta escolar del Plan Nacional sobre Drogas, 2004).

        Otro de los rasgos característicos de esta segunda modernidad es la llamada cultura de casino: “el rechazo de lo nuevo es de mal gusto, y quien rechaza los riesgos se arriesga al rechazo.”[3] Debemos estar siempre a la moda, rechazando lo que es anticuado y abiertos al continuo cambio en nuestra vestimenta, decoración del hogar, vocabulario, gustos y tendencias. Y por supuesto, también sobre la actualidad en cuanto al corazón, deportes, noticias de guerra, cine, etc. Sobre las guerras cabe detenerse momentáneamente y explicar que hoy en día las guerras son asimétricas, en contraposición al concepto tradicional de guerras (las guerras que llamaremos, por tanto, simétricas). Estas guerras asimétricas, nomenclatura de Daniel Innerarity, se caracterizan porque no se libran en un territorio delimitado geográficamente, en un campo de batalla concreto. Son guerras en las que no hay uniformes que distingan a los combatientes, son guerras sin normas, son guerras en las que las batallas han sido sustituidas por masacres. No hay acuerdos de paz, no se negocia con el ejército enemigo, simplemente se le destruye. “Ya no puede decirse que la guerra es un enfrentamiento entre combatientes, afirma Daniel Innerarity, cuando más del 80 por 100 de los muertos son civiles, cifra que a comienzos del siglo XX estaba en torno al 10 por 100″. Y quiero hacer hincapié en este punto porque las guerras siempre interesan a la población. Los medios de comunicación juegan un papel importantísimo en épocas de conflictos armados. Mantienen a la población centrada en torno a una determinada postura. Durante la Primera Guerra Mundial las autoridades alemanas hicieron saber a su población que estaban en situación de ganar la guerra (a pesar de que la situación real fuera justo la opuesta), de manera que cuando el gobierno socialdemócrata firmó el armisticio nada más acceder al poder, la población en seguida culpó al nuevo gobierno de la “pérdida” de la guerra y de las injustas condiciones impuestas en el Tratado de Versalles. Más recientemente, en concreto en la Primera Guerra del Golfo en 1991, EEUU hizo públicas unas imágenes de guerra, más parecidas a radiografías que a fotografías propiamente dichas, en las que se podía observar desde la lejanía a misiles destruyendo objetivos peligrosos. No mostraban presencia humana en las fotografías, y se tomaron desde una distancia suficiente como para no implicar emocionalmente a la población. Pero sin duda alguna, el caso más claro de manipulación de la opinión pública por parte de los medios ha sido la invasión de Irak por parte de EEUU, motivada por la existencia de armas de destrucción masiva. Cuando se descubrió que no existían tales armas, los gobiernos participantes en el conflicto se excusaron alegando que “en la lucha contra el terrorismo, los Estados no pueden esperar a ser atacados para actuar”. Y que “siempre es mejor equivocarse del lado de la justicia”[4]4, a fin de cuentas los que tenemos voz y poder somos “nosotros”, y los que sobran son “ellos”. La gente siguió viendo como culpables y como una amenaza a los que venían de fuera, a “ellos“. Distinguiendo entre turista e inmigrante por la ropa y el color de la piel, ignorando que los primeros vienen aquí y abusan de nuestra Seguridad Social (el reciente turismo médico) y los segundos son los que levantan nuestra economía haciendo los trabajos que nadie quiere hacer y manteniendo la natalidad. Los telediarios escupen datos sobre violencia de género, delincuencia, robos violentos en domicilios… y se centran en destacar que estos actos están perpetrados por delincuentes extranjeros, de Europa del Este y de Sudamérica mayoritariamente. Ya no hablan de los delitos que cometen a gran escala políticos y empresarios porque no pueden luchar contra las grandes mafias. Prefieren centrarse en combatir la pequeña delincuencia y centrar nuestro odio no en los gobernantes sino en la población inmigrante, en los residuos humanos, en los débiles que no tienen ni voz ni voto. Han conseguido insensibilizarnos contra la violencia, los telediarios ya no avisan cuando ponen imágenes impactantes en las que se ve la muerte en directo de civiles, mejor dicho de “sus civiles”. Ponen primeros planos, se centran en las estadísticas (que no podremos retener) y no en las causas, que es lo que verdaderamente nos podría interesar. Han conseguido que la gente cambie de canal cuando ve un anuncio de una ONG por televisión, que camine por la calle haciendo oídos sordos a los residuos humanos que yacen en las calles de nuestro estado de bienestar. Pero esa misma gente es capaz de pasarse horas enteras viendo un reportaje sobre la infanta Leonor o sobre el nuevo Mercedes CLS que les aportará respeto si lo adquieren…

        Y aunque hablo del caso particular de mi país, España, o mejor dicho de mi ciudad, Valencia, que es lo que conozco, bien podría extender esta crítica al resto de países desarrollados porque estamos todos en el mismo saco. Todos estamos siendo gobernados por el mismo sistema, porque en nuestro mundo actual, insiste Innerarity, “ya no hay asuntos exteriores, sino sólo política interior”.

        Y así es como (mal)vivimos en el Primer Mundo. En la llamada era de la información y de la comunicación. En una época en la que “el envejecimiento de lo nuevo lleva cada vez menos tiempo” nos encontramos con que “estamos más informados que nunca sobre un mundo que ya no es el nuestro”[5]. Vivimos presos de las prisas, el mundo cambia a cada segundo y la cultura de lo instantáneo nos repite sin cesar que seremos más felices cuanto menor sea el intervalo entre lo que deseamos y su obtención. El síndrome de impaciencia nos atenaza y nos aboca al estrés. Las cámaras de seguridad no protegen, sólo vigilan. Hemos vendido nuestra libertad a cambio de una seguridad que no llega. En la actualidad los niños se educan solos. Pero no jugando en la calle junto a otros niños y socializándose, sino pasando las horas frente al televisor o atrapados en la red de redes. Mientras, los padres trabajan a destajo, presas de unos horarios que hacen temblar los cimientos de la estructura familiar y de la sociedad en conjunto. Viajamos a todas horas. Vamos de aquí para allá, cumpliendo horarios asfixiantes que nosotros mismos aprobamos para no tener ni un solo minuto libre en el que nos podamos percatar de nuestra mísera existencia, de que nuestras vidas están vacías. Viajamos sin (ad)mirar el paisaje, con la vista fijada en un horizonte que jamás alcanzaremos. Ya no viajamos a lugares, vivimos persiguiendo momentos, al acecho de una felicidad superflua cuya estela guía nuestras vidas. Entonces, ¿para qué seguir aumentando la esperanza de vida si con ello no vamos a conseguir vivir más dignamente? ¿Para qué seguir defendiendo un progreso que nos conduce a la destrucción? Hemos olvidado que la vida no se mide por las veces que respiramos, sino por los momentos en los que nos quedamos sin aliento.



[1] “La ignorancia es la fuerza”, rezaba uno de los eslóganes del Gran Hermano de 1984

[2] BAUMAN, Zygmunt, Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias. Paidós, 2005, Página 22

[3] BAUMAN, Zygmunt, Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias. Paidós, 2005, Página 152

[4] INNERARITY, Daniel. La sociedad invisible. Espasa Calpe, 2004, Página 95

[5] INNERARITY, Daniel. La sociedad invisible. Espasa Calpe, 2004, Página 183

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Thursday, June 12, 2008

La carta

Él llevaba horas esperándola. Deseaba hablar con ella. Necesitaba hablar con ella. Tenía que decírselo antes de que fuera irremediablemente tarde. De pronto, se produjo el milagro y ella apareció. Dobló la esquina con toda naturalidad mientras su pelo moreno ondeaba al son que marcaban unas piernas musculadas y jóvenes. El joven se hizo el sorprendido y le saludó en un vano intento de aparentar tranquilidad. Comenzaron a hablar. Al principio él se mostró nervioso e incluso torpe, era consciente de lo que estaba en juego y además no sabía muy bien cómo decírselo. Pero ella despedía una magia que le tranquilizó. Eso era lo que más valoraba de estar junto a ella: cómo le hacía sentir. Ella disipaba todas sus penas y tristezas a golpe de sonrisas; pero no era una sonrisa cualquiera: la suya era la sonrisa más pura y sincera que ningún ser humano pueda mostrar. Una sonrisa suya lo cambiaba todo. El joven estaba tremendamente enamorado de ella, de cada uno de sus gestos y palabras. Palabras que, en boca de otros, carecían de valor, pero ella… Ella era perfecta.

Entre chistes y bromas pasó el tiempo, ninguno de los dos era consciente de cuánto tiempo llevaban hablando, pero sabían que lo estaban disfrutando. Tenían que preparar los exámenes finales, se estaban jugando mucho, pero estaban disfrutando como nunca compartiendo aquellos momentos de confianza, compartiendo pequeños secretos y aficiones, descubriendo que tenían más cosas en común de las que pensaban. Disfrutaban compartiendo sus vidas. Pero el tiempo, cruel elemento, continuó firme su paso y no respetó a un joven enamorado en la difícil empresa de demostrar un amor sin fronteras, sin comienzo ni fin. Pero él era un chico inteligente y sabía a qué se enfrentaba, sabía que debía darse prisa para vencerle. Debía apresurarse para conseguir lo que todos sus héroes habían logrado: derrotar al tiempo…

Sin saber muy bien porqué, ni qué iba a escribir, se arrojó con valentía al abismo de un folio en blanco. Allí comenzó a depositar sus sentimientos, sus esperanzas. Quería agradecerle todo lo que ella –quizás sin saberlo- había hecho por él. Rescatándole de las garras de la tristeza en multitud de ocasiones y proporcionándole fuerzas para caminar por un terreno pedregoso cuyo destino desconocía…
Comenzó por verter palabras de agradecimiento y recordarle tantos gestos, a priori carentes de valor, que ella había olvidado y que para él habían sido de vital importancia. Era el momento de confesar sus errores, todos los fallos que, con la ciega esperanza de causarle una grata impresión, le habían convertido en un bocazas, en un “graciosillo” y le habían privado de momentos inolvidables junto a ella. Se sentía decepcionado y enfadado consigo mismo, con su actitud. Pero estaba dispuesto a cambiar, tenía que hacerlo, se lo debía.
Era consciente de que había hecho un mal uso de su sentido del humor, de que había realizado comentarios hirientes y quería disculparse -tarea poco común en nuestro protagonista-. Esta era su última oportunidad. Su último cartucho. Se había guardado un as en la manga y este era el momento de utilizarlo.

También pretendía explicar los confusos sentimientos que albergaba su interior -esta era de largo la tarea más difícil de todas-. Quería decirle que era perfecta, que si por él fuera detendría el tiempo para pasar una eternidad junto a ella por el mero placer de verla sonreír.Que estaría siempre a su lado, que nada ni nadie les separaría… Eran tantas esperanzas, tantos sueños, que se sentía incapaz de relatarlos todos a la vez. Así que dejó de escribir y se dispuso a cerrar el sobre antes de que pudiera cambiar de opinión, echarse atrás y destruir parte de su alma depositada cuidadosamente en un papel con un destino incierto

El sobre permaneció cerrado días enteros, largas semanas, meses incluso. Sufrió en silencio el frío invierno recluido en el fondo de un cajón, y en un pequeño bolsillo de la mochila del joven, iba día tras día al colegio, preguntándose quién podía ser esa persona hacia la que el joven había vertido esas palabras de amor tan sincero.

Él tenía el privilegio de vivir a escasos dos minutos de la casa de su amada y ,por tanto, podía acompañarla a la salida del colegio y, ¿quién sabe?, quizás hasta desprenderse de aquel folio que gritaba desesperado con la intención de volver a ver la luz y entregar el mensaje que le había sido confiado.
Pero la timidez y cobardía del joven le atenazaban, se sentía incapaz de hacerlo, no podía esquivar los ojos de su amada que le interrogaban con una mirada fría. Ella sabía que escondía algo, pero no podía saber qué.

Y así pasaron los meses, con dudas merodeando la cabeza del joven y el tiempo, impasible, acortando los días que le separaban de una despedida quizás eterna.

Pero por fin había llegado el día, estaban los dos hablando cuando de pronto el joven se confesó. Le dijo que tenía algo para ella y que debía dárselo porque sino iba a enloquecer (más si cabe – pensaba él -). Ella era una persona bondadosa como pocas, de las que disfrutan ayudando a los demás y accedió a ayudarle a él también.

Quedaron para dar un paseo horas más tarde y visitar a una amiga que se hallaba alicaída. Llamaron al timbre y a la chica le sorprendió ver a aquella pareja bajo su portal. Los tres amigos estuvieron hablando durante horas, compartiendo sus dudas sobre los diferentes futuros que les esperaban y las carreras que iban a cursar. Ninguno tenía nada claro –triste alivio de nuestro protagonista no ser el único con dudas-.

Nada estaba seguro en la cabeza del joven. Llevaba mucho tiempo esperando ese momento, soñando día y noche con poder decirle lo que sentía o creía sentir. Ese momento había llegado. Se despidieron de su amiga e iniciaron el camino de vuelta a casa. Él andaba despacio adrede, abandonó sus largas zancadas por otras más pequeñas para alargar al máximo aquellos momentos. Sacando el mayor partido posible a cada minuto, cada segundo, cada instante junto a ella que jamás olvidaría. Quizás los últimos momentos que compartirían…

Finalmente, llegaron a su portal. Aquella era su frontera, nunca la había traspasado y aquella noche se sentía con más fuerza que nunca. Ella rompió el silencio y le advirtió que era el momento. No sabría decir quién de los dos estaba más nervioso. Ella ignoraba lo que iba a recibir. Él era incapaz de imaginar su reacción. Apartó la mochila de su espalda y abrió, con una mezcla de ternura y miedo, la cremallera que la contenía. La sacó a la luz y se la entregó a quien desde hacía meses le pertenecía. Se la entregó acompañada de unas palabras de exculpación:

- Día tras día, acompañándote a casa y despidiéndonos en el portal. Me gritaba desde la mochila, en las noches me atormentaba desde el cajón de mi estudio y ahora es tuya. Aquí tienes – pronunció mientras se la otorgaba-.


Los dos jóvenes se miraron esperando una reacción cada uno en el otro, gozando de un silencio que lo dijo todo. Él tuvo el placer de contemplar el brillo de sus ojos, ella acababa de recibir un regalo de incalculable valor. Se lo agradeció mucho, le dijo que admiraba su forma de ser y aquello hizo que valiera la pena estar despierto todas las noches del curso pensando en ella y en la dichosa carta. Continuaron mirándose durante un tiempo que pareció eterno y, finalmente y sin mediar palabra, se fundieron en un cálido abrazo que perdurará por siempre en sus corazones.

Posted by cenci6 at 16:29:12 | Permalink | Comments (7)

Tuesday, June 3, 2008

Ángel

Porque ver morir a alguien es algo más que ver cómo se va de forma súbita de este mundo tan superficial e incompleto para siempre.
Ver morir a alguien es estar con él o ella durante su vida, durante su calvario, compartir con él sus penas y alegrías…y también las tuyas propias. Ver morir a alguien es comprobar como creces por dentro con sus enseñanzas, comprobar que su experiencia es tu camino, su voz la linterna que te ilumina y el mapa sus consejos.

Tras perder a mis dos abuelos (de los que guardo algunos recuerdos, muy gratificantes y reconfortantes) en la niñez, he tenido la suerte de ver morir a un familiar (tía abuela) de manera constante y paulatina durante mi adolescencia. Le he visto morir en cuerpo, pero nunca en alma. La vi perder facultades con el paso de los años, la vi llorar, la vi desnuda, la vi postrada en la cama, harta del sufrimiento físico y de las limitaciones que supone vivir desde la adolescencia hasta los 80 años encadenada a una silla de ruedas y recorriendo los hospitales de todo el país…

He tenido la suerte de ver morir a una persona que quedó inmortalizada en mi corazón, con cada palabra lentamente balbuceada, con cada sonrisa de agradecimiento después de que movieran su frágil y casi inerte cuerpo de una silla a una cama. Con cada mirada de aquellos ojos claros que tanto amor dieron pese a sus circunstancias he aprendido.

He visto morir con el paso de los años a un ángel, y he llorado litros de lágrimas al escuchar esta canción del disco nuevo de Nach.

En su caso, Nach la dedica a una hermana que falleció con 16 años por parálisis cerebral. En mi caso, su voz y sus palabras evocan en mi memoria recuerdos de tranquilidad y de vida eterna junto a ella.

Porque ha pasado medio año y sigo intentando recordarte e inmortalizarte en mi cuaderno.

Porque no lloré en aquél momento intentando aparentar firmeza y ahora mis lágrimas escriben estas líneas.

Porque por triste que suene, no me avergüenza gritar que fuiste la primera mujer a la que vi desnuda en una cama.

Porque dependías de los demás para todo… menos para vivir y ser feliz

Porque pasan los días, las semanas, los meses y el dolor no muere. No muere el dolor porque nunca existió dentro de mí. No hubo dolor ni tristeza, tan solo alivio al entender que dejabas este mundo para descansar eternamente. Que dejarías de visitar hospitales y de carecer de intimidad. Quizás fuera alegría o melancolía lo que provocó una lluvia de sentimientos puros por mis ojos cuando escuché esta voz que me hablaba de ti:

http://es.youtube.com/watch?v=t-3NLJ-WEz4&feature=related

“cuando miro alrededor y no te encuentro
siento que algo de mí también partió en aquel momento”

Gracias por tu vida

 

 

Posted by cenci6 at 19:45:29 | Permalink | Comments (3)