Agujeros en la tierra
Con el paso de los años dejé de llorar por los ojos y comencé a hacerlo por las manos. Encontré el modo de canalizar las lágrimas a través de un bolígrafo para plasmarlas en un folio inocente. En aquella última etapa de mi vida, y digo última porque hoy muero, organicé mi historia en el caos de una libreta. El proceso es bien simple: agarro un bolígrafo afilado y me lo clavo en lo más hondo de mi pecho, permitiendo que se derrame sobre el cuaderno la esencia de un ente que no sé si alguna vez llegué a ser. Posteriormente, hago danzar al boli por esta pista de baile en la que describe grafías aleatorias y da vida a textos vacíos. Y mañana será otro día, otro día en el que naceré y moriré nuevamente.
Pero hoy estoy harto, no sé de qué ni porqué, ni desde cuándo ni hasta cuándo. Pero estoy harto. Harto de no saber quién escribe, si Jekyll o Hyde; harto de no saber quién lee, si el escritor o el lector; harto de que pasen los años y comprobar que estoy hipotecando mi vida en dibujar un mapa fiel a un terreno que no existe. Pasan los años, pasa mi vida y siento que moriré sin poder llevarme ni una sola respuesta a la tumba. Porque no sé qué es el amor, ni la justicia. No sé qué es la libertad, no sé qué es la felicidad, no sé qué es la vida y sigo sin saber cuando me levanto y cuando me acuesto quién soy. Y recuerdo la frase de Sócrates y reconozco que sólo sé que no sé nada, pero sólo hasta ahí. Porque el hecho de saber que no sé nada no me hace más dichoso que aquél que no sabe que no sabe nada. Pero, ¿de qué sirve compararme?, ¿de qué me sirve vivir si no sé qué es la vida?
Sigo sentado en una butaca vacía, en un cine lleno de luces parpadeantes y observando intrigado una pantalla que proyecta una película que no entiendo. Quizás sólo sea un trailer, quizá no. Quizás pongan otra después, quizá no. Quizás algún día la entienda… o quizá no.
Y pienso que quizás, y digo quizás porque no puedo tener certeza más allá de la duda, el fallo sea pensar que hay que entenderla para disfrutarla, para vivirla. Maldigo esta mente rota desde crío, que abre puertas prohibidas empujándome al vacío. La maldigo porque no quiero vivir dialogando con un hombre que no existe. No quiero vivir filosofando sobre algo infinito o quizás vacío. Mi vida, todo y a la vez nada, no es más que un tiempo finito lleno de experiencias y acontecimientos. Lleno de personajes, de ideas, de arte, de música, de amigos, de sentimientos… Pero cuando mi vida fluya, cuando huya para no volver, cuando se olvide para no ser recordada, ¿de qué servirá haberla entendido, si es que algún día alcanzo tan irrisoria meta, sin haberla probado?, ¿me salvará este escrito de las llamas del olvido?, ¿inmortalizará al menos el apellido o el nombre con que lo firmo? Probablemente no. Y quizás por ese descubrimiento que realizo en este momento es por lo que escribo. Porque esa inmensa masa de pesadumbre que me corroe por dentro y oprime mi pecho queda reducida a un interrogante minúsculo en un folio lleno de tinta. Y ese folio vaga perdido entre la eternidad de un cuaderno muerto. Quizás sí que sirva de algo escribir, quizás no sea imprescindible conocerme a mí mismo para vivir. Porque quizás sea necesario vivir primero para poder conocerme a mí mismo después…
Pero no me hagan caso, al fin y al cabo mi naturaleza humana y, por tanto cobarde, me obliga a encontrar verdades falsables en las que basar mi vida para sobrevivir. Esta dualidad de reflexión-acto, duda-certeza es la que ocupa(rá) mi vida, la que le da un toque de misterio, de filosofía… En definitiva la que hace mi existencia más humana y completa. Pero insisto en que no me hagan caso en nada de lo que digo, porque no lo sé. Y quizás ni siquiera me importe no saberlo, no lo sé…