Él llevaba horas esperándola. Deseaba hablar con ella. Necesitaba hablar con ella. Tenía que decírselo antes de que fuera irremediablemente tarde. De pronto, se produjo el milagro y ella apareció. Dobló la esquina con toda naturalidad mientras su pelo moreno ondeaba al son que marcaban unas piernas musculadas y jóvenes. El joven se hizo el sorprendido y le saludó en un vano intento de aparentar tranquilidad. Comenzaron a hablar. Al principio él se mostró nervioso e incluso torpe, era consciente de lo que estaba en juego y además no sabía muy bien cómo decírselo. Pero ella despedía una magia que le tranquilizó. Eso era lo que más valoraba de estar junto a ella: cómo le hacía sentir. Ella disipaba todas sus penas y tristezas a golpe de sonrisas; pero no era una sonrisa cualquiera: la suya era la sonrisa más pura y sincera que ningún ser humano pueda mostrar. Una sonrisa suya lo cambiaba todo. El joven estaba tremendamente enamorado de ella, de cada uno de sus gestos y palabras. Palabras que, en boca de otros, carecían de valor, pero ella… Ella era perfecta.
Entre chistes y bromas pasó el tiempo, ninguno de los dos era consciente de cuánto tiempo llevaban hablando, pero sabían que lo estaban disfrutando. Tenían que preparar los exámenes finales, se estaban jugando mucho, pero estaban disfrutando como nunca compartiendo aquellos momentos de confianza, compartiendo pequeños secretos y aficiones, descubriendo que tenían más cosas en común de las que pensaban. Disfrutaban compartiendo sus vidas. Pero el tiempo, cruel elemento, continuó firme su paso y no respetó a un joven enamorado en la difícil empresa de demostrar un amor sin fronteras, sin comienzo ni fin. Pero él era un chico inteligente y sabía a qué se enfrentaba, sabía que debía darse prisa para vencerle. Debía apresurarse para conseguir lo que todos sus héroes habían logrado: derrotar al tiempo…
Sin saber muy bien porqué, ni qué iba a escribir, se arrojó con valentía al abismo de un folio en blanco. Allí comenzó a depositar sus sentimientos, sus esperanzas. Quería agradecerle todo lo que ella –quizás sin saberlo- había hecho por él. Rescatándole de las garras de la tristeza en multitud de ocasiones y proporcionándole fuerzas para caminar por un terreno pedregoso cuyo destino desconocía…
Comenzó por verter palabras de agradecimiento y recordarle tantos gestos, a priori carentes de valor, que ella había olvidado y que para él habían sido de vital importancia. Era el momento de confesar sus errores, todos los fallos que, con la ciega esperanza de causarle una grata impresión, le habían convertido en un bocazas, en un “graciosillo” y le habían privado de momentos inolvidables junto a ella. Se sentía decepcionado y enfadado consigo mismo, con su actitud. Pero estaba dispuesto a cambiar, tenía que hacerlo, se lo debía.
Era consciente de que había hecho un mal uso de su sentido del humor, de que había realizado comentarios hirientes y quería disculparse -tarea poco común en nuestro protagonista-. Esta era su última oportunidad. Su último cartucho. Se había guardado un as en la manga y este era el momento de utilizarlo.
También pretendía explicar los confusos sentimientos que albergaba su interior -esta era de largo la tarea más difícil de todas-. Quería decirle que era perfecta, que si por él fuera detendría el tiempo para pasar una eternidad junto a ella por el mero placer de verla sonreír.Que estaría siempre a su lado, que nada ni nadie les separaría… Eran tantas esperanzas, tantos sueños, que se sentía incapaz de relatarlos todos a la vez. Así que dejó de escribir y se dispuso a cerrar el sobre antes de que pudiera cambiar de opinión, echarse atrás y destruir parte de su alma depositada cuidadosamente en un papel con un destino incierto
El sobre permaneció cerrado días enteros, largas semanas, meses incluso. Sufrió en silencio el frío invierno recluido en el fondo de un cajón, y en un pequeño bolsillo de la mochila del joven, iba día tras día al colegio, preguntándose quién podía ser esa persona hacia la que el joven había vertido esas palabras de amor tan sincero.
Él tenía el privilegio de vivir a escasos dos minutos de la casa de su amada y ,por tanto, podía acompañarla a la salida del colegio y, ¿quién sabe?, quizás hasta desprenderse de aquel folio que gritaba desesperado con la intención de volver a ver la luz y entregar el mensaje que le había sido confiado.
Pero la timidez y cobardía del joven le atenazaban, se sentía incapaz de hacerlo, no podía esquivar los ojos de su amada que le interrogaban con una mirada fría. Ella sabía que escondía algo, pero no podía saber qué.
Y así pasaron los meses, con dudas merodeando la cabeza del joven y el tiempo, impasible, acortando los días que le separaban de una despedida quizás eterna.
Pero por fin había llegado el día, estaban los dos hablando cuando de pronto el joven se confesó. Le dijo que tenía algo para ella y que debía dárselo porque sino iba a enloquecer (más si cabe – pensaba él -). Ella era una persona bondadosa como pocas, de las que disfrutan ayudando a los demás y accedió a ayudarle a él también.
Quedaron para dar un paseo horas más tarde y visitar a una amiga que se hallaba alicaída. Llamaron al timbre y a la chica le sorprendió ver a aquella pareja bajo su portal. Los tres amigos estuvieron hablando durante horas, compartiendo sus dudas sobre los diferentes futuros que les esperaban y las carreras que iban a cursar. Ninguno tenía nada claro –triste alivio de nuestro protagonista no ser el único con dudas-.
Nada estaba seguro en la cabeza del joven. Llevaba mucho tiempo esperando ese momento, soñando día y noche con poder decirle lo que sentía o creía sentir. Ese momento había llegado. Se despidieron de su amiga e iniciaron el camino de vuelta a casa. Él andaba despacio adrede, abandonó sus largas zancadas por otras más pequeñas para alargar al máximo aquellos momentos. Sacando el mayor partido posible a cada minuto, cada segundo, cada instante junto a ella que jamás olvidaría. Quizás los últimos momentos que compartirían…
Finalmente, llegaron a su portal. Aquella era su frontera, nunca la había traspasado y aquella noche se sentía con más fuerza que nunca. Ella rompió el silencio y le advirtió que era el momento. No sabría decir quién de los dos estaba más nervioso. Ella ignoraba lo que iba a recibir. Él era incapaz de imaginar su reacción. Apartó la mochila de su espalda y abrió, con una mezcla de ternura y miedo, la cremallera que la contenía. La sacó a la luz y se la entregó a quien desde hacía meses le pertenecía. Se la entregó acompañada de unas palabras de exculpación:
- Día tras día, acompañándote a casa y despidiéndonos en el portal. Me gritaba desde la mochila, en las noches me atormentaba desde el cajón de mi estudio y ahora es tuya. Aquí tienes – pronunció mientras se la otorgaba-.
Los dos jóvenes se miraron esperando una reacción cada uno en el otro, gozando de un silencio que lo dijo todo. Él tuvo el placer de contemplar el brillo de sus ojos, ella acababa de recibir un regalo de incalculable valor. Se lo agradeció mucho, le dijo que admiraba su forma de ser y aquello hizo que valiera la pena estar despierto todas las noches del curso pensando en ella y en la dichosa carta. Continuaron mirándose durante un tiempo que pareció eterno y, finalmente y sin mediar palabra, se fundieron en un cálido abrazo que perdurará por siempre en sus corazones.