Friday, February 27, 2009

Lluevo

Lluevo desesperanza, lamentos, tristezas.
Lluevo sueños rotos en tinta invisible que ensucia un folio inocente.
Lluevo melancolía, dudas y miedos.
Lluevo rabia conmigo mismo por soñar con un futuro que no llega mientras le cierro los ojos a este presente interminable.
Lluevo palabras vacías mientras abrazo al cuaderno.
Lluevo responsabilidades no cumplidas, amigos ignorados y compañeros olvidados.
Lluevo interrogantes por no saber si amaba un cuerpo que no nunca probé o una persona que idealicé en mi mente.
Lluevo por estúpido, por silenciar mi silencio.
Lluevo harto de este bucle que en el camino me acompaña y me daña en cada escrito.
Lluevo estrofas cojas, desesperanzas persistentes.
Lluevo cansancio en cada sueño y sueño en cada acto.
Lluevo lloros que sólo el cuaderno traduce a un lenguaje perfecto… a un lenguaje de necios.
Lluevo sentimientos inconfesables, inexplicables, incomprensibles y quizás inexistentes.
Lluevo por desahogo, con la esperanza de que alguno alce su mirada por encima de su paraguas y centre sus ojos en el misterio de cada gota.
Lluevo contradicciones, pensamientos caóticos y aleatorios.
Lluevo disidentes actos minimalistas.
Lluevo para lavarme, para limpiar la gruesa capa de autocompasión que me envuelve.
Lluevo fotos de tu noble sonrisa, lluevo poemas ondulados que buscan emular tu cabello.
Lluevo un universo en cada verso. Tantas caras, frases, sonrisas, diálogos mentales nunca expresados…
Lluevo “te quieros” entrecortados. “Te quieros” a desconocidos o a amigos oxidados.
Lluevo inteligencia, ácida sabiduría que me daña y que a cada gota me torna necio.
Pero lluevo en silencio. Sobre todo, lluevo en silencio.

 

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Friday, December 12, 2008

Reflejo del alma

Mentiroso, embustero, falso, hipócrita.

Si eres un reflejo de mí mismo no te creo.
Escupes mis miedos, me sonríes,
Me olvidas si me voy
Y si vuelvo me miras triste.

Siempre eres hoy,
Siempre ahora.
Siempre eres yo
Y siempre me odias.

Me miras si te miro,
Me sonríes con nervios,
Con los labios tensos
Y en tus ojos una pasividad de asombro,
Un futuro incierto.

Me ves escribir,
Me observas darte vida y significado.
Y yo, narcisista, quiero conocer el elixir
Para estar siempre a tu lado…
Para estar siempre a este lado.

Reflejo de mis dudas,
Testigo de mis ojos erosionados,
De mis manos desnudas
Y mis dientes separados.

Reflejo del pasado,
Compañero de la infancia,
De una existencia rancia
Y de un hombre agotado.

Si tú eres yo te envidio,
Te compadezco,
Te acuchillo
Con mi silencio.

Pestañeo
Y sigues mi ritmo
Ocupando el sitio
De un hombre feo.
Compartiendo estancia
Con un hombre enfermo.

El texto termino
Si parpadeo.
Entonces vuelve la calma.
Y si este cuaderno
Hace de almohada,
El espejo es el mejor amigo
Y el folio…
El folio es el reflejo del alma.

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Saturday, November 8, 2008

Inmóvil

Era miércoles por la tarde, ¿miércoles? O quizás jueves. O viernes… Paseaba por la calle, buscaba algún último cliente antes de dar por terminada la jornada. Se mostraba contento a la par que cansado. Pero este cansancio era insuficiente como para quitarle la sonrisa de la cara y frenar el rítmico tamborileo de sus dedos sobre el volante. Estaba contento, satisfecho, feliz. Ilusionado con su nuevo trabajo y con las puertas que se le abrían en la vida.

A sus 20 años, y a diferencia de muchos otros chicos de su edad, reconocía abiertamente ante familiares y amigos que amaba a su madre, y que había llorado mucho su ausencia durante los últimos tres años.

A sus 20 años se miraba a sí mismo por el espejo retrovisor y admiraba su propia sonrisa. Eso era felicidad, tenía que serlo. Tras tres años de espera, rezando con fuerza para volver a ver a su madre y para crecer con ella en casa, volvía a sonreír con la paz que aporta una familia unida. Tenía tantas cosas que contarle, tenían tanto tiempo que recuperar… Tanto había crecido en experiencias vitales, en madurez mental, en corpulencia e ideas. Tanto la había echado de menos, que se veía incapaz de asimilarlo todavía.

Llevaban seis días juntos, casi una semana. Su madre de nuevo en casa, en su casa, en su país, en Bolivia. Se lamentaba de no haber encontrado el momento para escucharle contar cosas de España, sobre la familia para la que había estado trabajando. Se lamentaba de que su reacción hubiera sido negativa cuado él quiso compartir con ella la ilusión de un nuevo trabajo, de su primer trabajo. Había hecho bien las cosas, había sido un buen hijo, un buen estudiante y un modelo a seguir por sus tres hermanas pequeñas. Y lo único que quería hacer ahora era trabajar para ganar dinero y sentirse plenamente realizado. Eso y estar con su madre a cada segundo.

-No hace falta. – dijo ella – No quiero que trabajes.

-Pero quiero hacerlo mamá. Quiero que tú descanses y ganar algo de dinero para comprarme ropa, ir a conciertos y vivir mejor.

La emisora local dio las 5 de la tarde. Comenzaba a atardecer y en un par de horas sería un peligro circular por ciertos barrios. Pensaba en la suerte que tenía de poder trabajar, de poder conducir y de volver a ser seis en casa, durmiendo bajo un mismo techo. Pensaba en las diferentes oportunidades que da la vida a unos y otros…

Se detuvo en el semáforo. Redujo de tercera a segunda marcha para conservar la integridad del motor. Aunque era un taxi de la empresa, lo quería y trataba como si fuera propio. Comenzó a parpadear el muñeco verde que da paso a los peatones y metió la primera marcha. Mientras, pacientemente, esperaba a que cruzaran cuatro niños con mochilas en sus espaldas y gritos y risas en su camino.

De pronto giró la cabeza y vio a dos hombres, uno de su edad y otro rondando la treintena, que se acercaban gritando algo. Aunque no les escuchó bien por la música de la radio y porque se hallaba ensimismado en sus pensamientos, algo le dijo que se acercaban problemas y debía huir. Aceleró a fondo sin apenas levantar el pie izquierdo del embrague. El mayor de los hombres sacó su mano derecha del bolsillo empuñando una pistola. No abrió la boca para insistir en que bajara del coche, esta vez no. Se limitó a abrir fuego contra él. La primera bala impactó contra el radiador, la segunda atravesó la ventanilla y penetró en su pecho, y la tercera y última entró por su maxilar izquierdo y salió por su nuca arrastrando consigo sueños y proyectos que se desangraban lentamente en el asfalto. Tres de los cuatros niños que habían cruzado segundos antes la calzada corrieron despavoridos. Mientras, el cuarto observó cómo dos hombres robaban a plena luz del día un taxi sin importarles lo más mínimo dejar abandonado en el suelo el cuerpo inmóvil de un joven de 20 años. Un primogénito, un amigo, un estudiante, un taxista, un trabajador, un hombre responsable, un hermano mayor, un héroe anónimo.

Tantas cosas y a la vez ninguna, siente el fuego arrasando su garganta, una voz quebrada que le llama, y una vida, la suya, que para siempre se esfuma.

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Tuesday, September 23, 2008

Escribo

Escribo.

Escribo sin tinta,

con la inspiración extinta.

La expiración intinta

que mi vida

no permanezca

en la meca de la pereza

que es mi cabeza.

 

Mas mi mente,

inerte e indiferente

y testaruda

como sólo ella,

no duda ni vacila

en la ruda tarea

de marearme

y hacerme llorar tristeza.

 

Y digo:

vivo sincero,

sin miedos,

sin nervios ni inviernos.

Sintiendo el silencio

mintiendo

en mi reino…

Pero es mentira.

 

No hay rima

perfecta,

ni estrofa selecta.

No hay texto

bien hecho

ni poema risueño.

La vida…

Toda es mentira.

 

Sólo hay vacío,

silencio, soledad.

Sólo hay la necedad

del necio de quien me río

y en este momento desafío

a quien mereció castigo

y se ocultó en este río

de tinta.

 

Me entrego,

y al rojo sollozo

de un infierno me arrojo

llamado futuro incierto.

Es duro y no dudo del apego de compañeros de infortunio

que no conocieron este secreto

que, ni mío ni tuyo,

destrozo en silencio.

 

Sólo hay vacío, silencio, soledad.

Y aunque de vez en cuando sonrío

es frente al espejo para ver si el dentífrico

hizo bien su trabajo, su cometido,

aliado con el cepillo

en el baile entre mis dientes

y limpióme bien de restos de carne y de material

mis indomables fauces.

 

Y me vuelve el hambre,

ganas de saciarme.

Ganas de perderme

y no volver a irme entre realidades oníricas.

Salir de este enjambre,

olvidarme de este arte

que no hace más que dañarme y destruirme

entre composiciones idílicas.

 

Sí, callarme.

Ayudadme y silenciadme por favor.

Que ya ni sé qué digo,

soy mendigo entre el mañana y el ayer.

Hacedme en la garganta un nudo y que el murmullo de este mudo deje de estar vivo;

y así, en la pesadilla de esta cuartilla,

en el vacío del infinito y en un eterno crepúsculo

por fin deje de ser yo.

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Monday, September 8, 2008

Agujeros en la tierra

Me he pasado toda mi vida reflexionando. Pensando en cómo sería mi vida si hubiera nacido en otra familia y hubiera tenido otros padres y hermanos, si no hubiera nacido en esta ciudad y no hubiera asistido a mi colegio. Me pasé la infancia observando, estudiando, tratando de entender. Empeñé mi adolescencia en torno a mí mismo. intentando conocer la infinitud de una persona que me intriga y fascina. Me pasé tardes, noches, mañanas… minutos, horas, días… hipotequé tres años de mi vida en la egoísta y poco fructífera tarea de entenderme y conocerme. Pensando en por qué pensaba, pensando en por qué algo estaba cambiando ahí fuera, por qué el sol salía después y se ocultaba antes… Necesitaba entender por qué estaba solo, por qué todos se acercaban a mí en el patio y pasaban un rato agradable durante el recreo pero ninguno me preguntaba nada sobre mi vida. O al menos yo no los oía… Y no los oía porque durante ese tiempo no tuve ojos, ni oídos, ni voz para nadie que no fuese yo mismo. O mejor dicho para ese al(gu)ien que empezaba a conquistar mi cuerpo y a dirigir mi vida. Necesité mucho esfuerzo, mucho sacrificio, toda la valentía posible para llevar a cabo esa tarea. Hubiera acabado con la sequía en el mundo si mis lágrimas hubieran sido aprovechadas, pero no fue así. Fluyeron adheridas a mi cara y serpenteando por mis mejillas, camufladas en el silencio de una almohada o en la soledad de una ducha…
Con el paso de los años dejé de llorar por los ojos y comencé a hacerlo por las manos. Encontré el modo de canalizar las lágrimas a través de un bolígrafo para plasmarlas en un folio inocente. En aquella última etapa de mi vida, y digo última porque hoy muero, organicé mi historia en el caos de una libreta. El proceso es bien simple: agarro un bolígrafo afilado y me lo clavo en lo más hondo de mi pecho, permitiendo que se derrame sobre el cuaderno la esencia de un ente que no sé si alguna vez llegué a ser. Posteriormente, hago danzar al boli por esta pista de baile en la que describe grafías aleatorias y da vida a textos vacíos. Y mañana será otro día, otro día en el que naceré y moriré nuevamente.

Pero hoy estoy harto, no sé de qué ni porqué, ni desde cuándo ni hasta cuándo. Pero estoy harto. Harto de no saber quién escribe, si Jekyll o Hyde; harto de no saber quién lee, si el escritor o el lector; harto de que pasen los años y comprobar que estoy hipotecando mi vida en dibujar un mapa fiel a un terreno que no existe. Pasan los años, pasa mi vida y siento que moriré sin poder llevarme ni una sola respuesta a la tumba. Porque no sé qué es el amor, ni la justicia. No sé qué es la libertad, no sé qué es la felicidad, no sé qué es la vida y sigo sin saber cuando me levanto y cuando me acuesto quién soy. Y recuerdo la frase de Sócrates y reconozco que sólo sé que no sé nada, pero sólo hasta ahí. Porque el hecho de saber que no sé nada no me hace más dichoso que aquél que no sabe que no sabe nada. Pero, ¿de qué sirve compararme?, ¿de qué me sirve vivir si no sé qué es la vida?

Sigo sentado en una butaca vacía, en un cine lleno de luces parpadeantes y observando intrigado una pantalla que proyecta una película que no entiendo. Quizás sólo sea un trailer, quizá no. Quizás pongan otra después, quizá no. Quizás algún día la entienda… o quizá no.
Y pienso que quizás, y digo quizás porque no puedo tener certeza más allá de la duda, el fallo sea pensar que hay que entenderla para disfrutarla, para vivirla. Maldigo esta mente rota desde crío, que abre puertas prohibidas empujándome al vacío. La maldigo porque no quiero vivir dialogando con un hombre que no existe. No quiero vivir filosofando sobre algo infinito o quizás vacío. Mi vida, todo y a la vez nada, no es más que un tiempo finito lleno de experiencias y acontecimientos. Lleno de personajes, de ideas, de arte, de música, de amigos, de sentimientos… Pero cuando mi vida fluya, cuando huya para no volver, cuando se olvide para no ser recordada, ¿de qué servirá haberla entendido, si es que algún día alcanzo tan irrisoria meta, sin haberla probado?, ¿me salvará este escrito de las llamas del olvido?, ¿inmortalizará al menos el apellido o el nombre con que lo firmo? Probablemente no. Y quizás por ese descubrimiento que realizo en este momento es por lo que escribo. Porque esa inmensa masa de pesadumbre que me corroe por dentro y oprime mi pecho queda reducida a un interrogante minúsculo en un folio lleno de tinta. Y ese folio vaga perdido entre la eternidad de un cuaderno muerto. Quizás sí que sirva de algo escribir, quizás no sea imprescindible conocerme a mí mismo para vivir. Porque quizás sea necesario vivir primero para poder conocerme a mí mismo después…

Pero no me hagan caso, al fin y al cabo mi naturaleza humana y, por tanto cobarde, me obliga a encontrar verdades falsables en las que basar mi vida para sobrevivir. Esta dualidad de reflexión-acto, duda-certeza es la que ocupa(rá) mi vida, la que le da un toque de misterio, de filosofía… En definitiva la que hace mi existencia más humana y completa. Pero insisto en que no me hagan caso en nada de lo que digo, porque no lo sé. Y quizás ni siquiera me importe no saberlo, no lo sé

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Monday, September 1, 2008

Me he hecho de menos

Te echo de menos.

Echo de menos mi infancia.

Echo de menos el colegio.

Echo de menos la adolescencia…

Echo de menos mi vida.

 

Echo de menos que las cosas tengan sentido.

Echo de menos pasarme horas buscándole un porqué a todo.

Echo de menos inventarme porqués para saciar mi sed de justificación total.

Echo de menos olvidarme voluntariamente de que no existen verdades.

Echo de menos pensar menos y echo de más pensar más.

Echo de menos escribir poco, y llorar lágrimas densas.

Echo de menos reír a carcajadas.

Echo de menos a mis hermanos.

Echo de menos la inocencia de la infancia.

Echo de menos dormir bien.

Echo de menos a mis compañeros del colegio.

Echo de menos el patio.

Echo de menos a los profesores y las riñas con ellos.

Echo de menos las bromas y los ruidos que hacíamos en clase.

Echo de menos la libertad.

Echo de menos los abrazos.

Echo de menos mis primeros escritos.

Echo de menos la satisfacción personal.

Echo de menos los sueños cumplidos.

Echo de menos a Nina.

Echo de menos a mi abuelo.

Echo de menos a Dios.

Echo de menos la fe en algo que no sea el escepticismo.

Echo de menos la oración.

Echo de menos las pesetas.

Echo de menos las comidas en casa de mi abuela.

Echo de menos la magia.

Echo de menos la Navidad.

Echo de menos no conocerme.

Echo de menos a papá.

Echo de menos la ignorancia.

Echo de menos el futuro.

Echo de menos a mamá.

Echo de menos mis juguetes, mis libros, mi ropa, mis coches, mis muñecos…

Echo de menos la paz interior.

Echo de menos las canciones de antaño.

Echo de menos ser nadie.

Echo de menos ser famoso y olvidarme de quién soy para interpretar un papel.

La echo de menos a ella, y a ella, y a ella, y a ella, y a ella.

Echo de menos dormir abrazado al móvil, esperando un SOS o una llamada encontrada…

Echo de menos largas conversaciones por msn.

Echo de menos los almuerzos.

Echo de menos a mi primer equipo de baloncesto.

Echo de menos los horarios, las ventanas, las perchas, las tarimas, las pizarras, las tizas, los borradores, los diccionarios, los pupitres, las sillas, los profesores… en definitiva, todo aquello que se puede romper, tirar contra un compañero o encontrarle un nuevo y original uso o aspecto.

Echo de menos la gomina.

Echo de menos las cenas

Echo de menos los cumpleaños.

Echo de menos los balonazos.

Echo de menos el primer día.

Echo de menos el segundo día.

Echo de menos el último día.

Echo de menos la campana.

Echo de menos el papel de plata.

Echo de menos los partes y expedientes.

Echo de menos las notas.

Echo de menos la cara y las risas de Jorge, y de Juan, y de Javi, Mario, Julio, Pablo, Héctor, Álex…

Echo de menos las lágrimas del suspenso.

Echo de menos las orlas con las fotos de “los mayores”

Echo de menos la secretaría.

Echo de menos el enamoramiento.

Echo de menos la soledad.

Echo de menos las vacaciones, el verano, el descanso, el sentido de las fiestas.

Echo de menos mi primer bigote.

Echo de menos mi primer reloj.

Echo de menos entrar 24 alumnos a la vez en clase, dándonos capones, puñetazos y patadas y riéndonos en la cara del profesor.

Echo de menos las preguntas de Aleix.

Echo de menos las distancias largas.

Echo de menos mi primera casa.

Echo de menos comer San Jacobos.

Echo de menos jugar en la playa.

Echo de menos a la pediatra.

Echo de menos las matemáticas.

Echo de menos el uniforme del colegio.

Echo de menos las excursiones, viajes y convivencias.

Echo de menos el recreo.

Echo de menos madrugar y estar descansado.

Echo de menos la música.

Echo de menos no morderme las uñas.

Echo de menos el Barcelona de Ronaldo, Anderson, Giovanni, Luis Enrique, Figo, Guardiola, Abelardo, Sergi, Nadal, Amor, Ferrer, Vitor Baia…

Echo de menos el Barça de Jasickevicius, Roberto Dueñas, Rentzias, Pau Gasol, Alston, Digbeu, De la Fuente…

Echo de menos la colección de cromos de futbolistas.

Echo de menos jugar contra Víctor Claver y “defenderle”.

Echo de menos los tiempos en los que los árbitros pitaban los pasos de salida.

Echo de menos a EnzoAntonio. Un gran hombre y maestro, a quien admiro y respeto.

Me he hecho de menos…

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Sunday, August 10, 2008

¡Inspiración vuelve a mí!

¡Inspiración vuelve a mí!

La más puta entre las diosas

Vas y vuelves silenciosa

Y dejas cojas las estrofas.

¡Inspiración vuelve a mí!

¿Por qué huyes de mi cuento?

¿Por qué no moras en mi cuaderno?

Sé el oasis de mi desierto.

¡Inspiración vuelve a mí!

Ayúdame a retratarte,

A buscarte sin encontrarte

Coge un escudo y sé mi estandarte.

¡Inspiración vuelve a mí!

Enséñame a seducirte,

Silénciame cuando te grite,

Dejáme ser quien te define.

¡Inspiración vuelve a mí!

Compensa las horas perdidas

En las que sentado en estas líneas

Tan solo escribí tinta.

¡Inspiración vuelve a mí!

Y permíteme tocarte

Poseerte a cada instante,

Sé la causa de mi arte.

¡Inspiración no te vayas!

Si te vas nada es lo mismo.

Observa estas rimas ¡qué desperdicio!

Si te vas comenzó el fin.

Si te vas para qué escribir.

Si en vez de versos pongo rayas

Eres el techo de este abismo

¡Inspiración vuelve ahora mismo!

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Saturday, July 26, 2008

Monólogos con el cuaderno

Joder. Esa es la única palabra. Un “joder” sonoro y sentido…

Eran las 12 y 35 de la noche cuando hacía trabajar a mis somnolientas parótidas, sublinguales y submaxilares por enésima vez en el día, ofreciéndoles esta vez un trozo de tortilla de patatas. La partí en cuatro trozos iguales casi iguales, en un primer momento no pretendía comerme la tortilla entera. Pero pasaron los minutos y fui devorando cada trozo con avidez, amparado por el silencio de la noche.

El primer trozo fue directo al estómago sin apenas ser saboreado. Con el segundo me propuse disfrutarlo y jugar con él durante algunos segundos al notar cómo se deshacía en mi boca. El tercero… ¡joder con el tercero! El tercero me ofrecía una foto carné de mi madre. ¿Por qué de mi madre? No lo sé. Hay quien ve a Jesucristo en la palma de su mano, a sus antepasados en manchas de humedad, a jóvenes muertas haciendo autostop… Yo, tan estúpido y racional como siempre, me encontraba absorto cerca de la una de la noche debatiendo si comerme aquella suculenta foto carné de mi madre. Resonaron entonces en mi cabeza las palabras que habíamos intercambiado horas antes en tono de discusión. Un tono normal en este tiempo y espacio que habito. Discutíamos porque, según ella, yo no había mostrado interés por el viaje a Oxford y Londres que ella propuso en el mes de Mayo aprovechando que una prima nuestra, que trabaja allí, dejaría libre el apartamento durante el mes de agosto. ¡Y me lo dice a mí! Cuando he leído un libro en inglés para resucitar en mi olvidada memoria la lengua de Shakespeare, además de ver sitios para visitar en guías y foros de Internet… ¡Y me lo dice a mí! Y yo, alterado e impasible, sin apartar los ojos de la pantalla del ordenador, trato de defenderme como un reo condenado a muerte. Pero por lo visto, lo hago de una forma tan superficial e incongruente que no recuerdo ni una sola de las palabras que le dije. Tres horas después de aquello, ni un solo argumento sigue con vida en el purgatorio de mi memoria.

Allí, cada pensamiento, cada sentimiento, cada recuerdo vivido es juzgado, modificado y almacenado (o suprimido) según una voluntad que desconozco. Aquí, en este inerte trozo de piedra sobre el que escribo, permitiendo que la tinta y las palabras se emborrachen con la tristeza de mis lágrimas, puedo confesar que no recuerdo cuándo fue la última vez que amé con gestos, palabras y fe a mi madre. Confieso sin más ánimo que dar lástima y conseguir su piedad, y la mía propia, que hace años que no abrazo a mi madre cuando ella intenta rodear mi espalda con sus cansados brazos. Que no recuerdo cuándo fue la última vez que me dirigí a ella con el apelativo de mami, que apreté firmemente su mano y la mía para cruzar juntos una calle llamada infancia. Confieso con los ojos borrosos y entre líneas torcidas, que no sé porqué borré recuerdos de mi niñez en los que ella aparecía. Que dejé de hablarle como a una madre, como a un ser superior y lleno de infinita ternura. Que decidí apartarme de sus alas protectoras y quise creer que estaba preparado para volar por mí mismo… Y mírenme ahora. Incapaz de volar, en una caída sin suelo y sin fuerzas para piar y confiar en su segura ayuda. Sin recuerdos de un pasado inexistente y transformado, y sin ilusiones ni fe para afrontar un mañana que ya he desperdiciado. Jugando a ser distinto, a atacar al mundo, a mi especie, a mí mismo. Tonteando con el nihilismo, flirteando con el suicidio como forma de vida e intentando ser yo mismo, alguien que nunca fui. Torturando a un folio inocente y compadeciéndome de mi propia miseria.

Pero soy escritor, ¿no? Y eso lo puede todo. Soy inmortal porque vivo eternamente entre folios… ¡Lo que eres es un gilipollas! Un puto hipócrita que empezó a vaciar su alma en cuadernos porque le pareció la forma más cómoda de vencer al tiempo. Eres un inútil, uno de tantos. Un engaño, una farsa, una invención de ti mismo. No eres más que una segunda vida que has creado para esconderte del mundo real, para olvidar que eres un fracasado. Viste cómo pasaban los años t los meses se trasladaban del calendario de la pared a la papelera del suelo, pero en vez de actuar, de hacer algo productivo y de vivir de una forma honesta decidiste escribir tus propias miserias. Describir tus miedos entre cuadrículas e intentar, inútilmente, reducirlos a dos dimensiones. ¿Crees que eso funciona? ¿Crees que le sirves de ayuda a alguien? ¿Has probado a leerte alguna vez? ¿O sólo te importan los halagos de cuatro desconocidos que afirman que eres bueno acuchillando folios? Sí. Mírate bien. No eres más que cinco letras mal escritas. No eres más que un miedica que odia y teme su vida porque le asusta la responsabilidad que exige la verdad. No eres más que un humano evolucionado, que hace de la rutina su forma de vida. No eres más que un organismo imperfecto que habita el infinito y cuyo grito no produce eco alguno. No eres más que un error. Una consecuencia de causas aleatorias. No eres más que ellos, no eres más que el producto de diversos factores caóticos. No eres más que nada. Eres cero, ni siquiera eso.

Disfruta de la tortilla. Disfruta masticando entre tus dientes el trabajo de tu madre. Oh, con lo que te divierte verlo todo desde fuera, ¿verdad? Con lo importante que te sientes juzgando y estudiándolo todo “desde fuera”, desde un punto neutro y creyéndote el centro del universo. ¿Qué haces llorando? ¿No eras tú el que presumía de haber vencido a la tristeza? ¿No alardeabas de ser inmune a su poder habiéndola aceptado como forma de vida? ¿No eras tú quien afirmaba categóricamente y sin necesidad de citar ni consultar a nadie que el tiempo era un invento humano, al igual que el lenguaje y que los números? Llora, sí. Es lo más justo que puede hacer alguien que comenzó a escribir para refugiarse del paso del tiempo y para dejar constancia de su baladí existencia. Es lo más parecido a un acto emotivo en tus últimos cuatro años, ¿verdad? Mira, no me caes mal. Pareces un tío simpático y amigable. Con buen sentido del humor. ¿Pero sabes qué te digo? QUE TE JODAN. Sí, ni más ni menos. En mayúsculas, cursiva y Comic Sans MS. Porque llevas mucho tiempo creyéndote estar en la cima de este abismo y ni siquiera has avanzado de la casilla de salida. Has alterado tu memoria, tu historia y, por tanto, tu ser. Ya no eres quien eras. De hecho ya no eres nadie. Has dejado tu vida en manos de una libreta y ésta está hasta las anillas de tus tonterías humanoides. Deja de creerte alguien que no eres. Mejor dicho, deja de creer que eres alguien. Eres un tipo de lo más normal, al menos en tu parte humana. En tu parte literal, eres tan mezquino que das pena excepto cuando te lo propones. ¿A quien pretendes impresionar? Tortilla de patatas, discusiones con tu madre… Pareces guionista de Almodóvar. Si tuviera voz me reiría, pero no soy más que un cuaderno mudo. No soy más que el espejo de un ánima extinta, el diario de un hombre muerto, el futuro de un pasado olvidado. No obstante, puedo aconsejarte que levantes tu culo de la taza del váter, te laves la cara, te limpies los mocos y te acuestes. Mañana te esperan 24 horas más para perder.

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Tuesday, July 22, 2008

Tormenta


Tormenta.
Gritos en el cielo,
Eco en nuestras almas,
Tristeza en el ambiente.

Tormenta.
Gotas puntiagudas,
Silencio en nuestros rostros,
Gris celeste.

Tormenta.
Lágrimas divinas,
Castigo merecido,
Odio acumulado.

Tormenta.
Tormenta en mi cabeza,
Tormenta en sus palabras
En la habitación de al lado.

Tormenta.
Gestos silenciados,
Felicidad efímera,
Calma rota.

Tormenta.
Futuro desvanecido,
Meta inalcanzable,
Silencio que explota.

Tormenta.
Vaivén de calma y nervios,
Emoción y miedo,
Movimiento estático.

Tormenta.
Lágrimas de lava en sus mejillas,
Sueños desvanecidos,
Pasado errático.

Tormenta.
Estruendoso silencio,
Comienzo que no acaba
Llantos en la almohada.

Tormenta.
En el berrido de un bebé,
En las prisas de un adulto
En la soledad de una anciana.

Tormenta.
Cuadernos empapados,
Palabras vacías.
Textos olvidados.

Tormenta.
Paradojas oxidadas,
Inspiración ausente.
Folio desperdiciado

16-07-08

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Saturday, July 5, 2008

¡qué cabrones!

Acababa de bajar del tranvía, descendía las escaleras de la estación de metro con un billete arrugado entre los sudorosos dedos de mi mano derecha. Andaba con prisa, no sé porqué, pero andaba con prisa. Adelantaba con mis largas zancadas a cuantos compañeros de viaje podía en los escasos quince metros que separan el final de las primeras escaleras con la máquina que valida los billetes y antecede a unas nuevas escaleras. En décimas de segundo cuento cuántas personas hay haciendo cola en cada una de las máquinas y me coloco estratégicamente. De pronto, atraviesa mis auriculares y penetra en mis oídos un ruido estridente que proviene del andén del piso de abajo: un metro se acerca. Me tiembla el pulso y fallo en los dos primeros intentos de introducir el billete por tan reducida ranura. Por fin acierto. Corro hacia mi derecha para bajar por las escaleras. Rebelándose contra la frenética tiranía impuesta por mis piernas, mi cabeza se vuelve y, entrecerrando los ojos, intenta ver a qué hora pasa el tren en el tablón electrónico. Mierda, está demasiado lejos y soy incapaz de descifrarlo. Sigo corriendo. Bajo las escaleras discriminando los escalones impares y poniendo a prueba la flexibilidad de mis tobillos. Tan solo una veintena de escalones se hace eterna cuando no sabes si el tren que está llegando es el tuyo o está en la otra vía. No puedo ver el andén porque me tapa la pared de las escaleras, pero sí puedo escuchar cómo decrece el ruido del vagón, lo que significa que ya ha parado y no tardará en reanudar la marcha. Acelero aún más mis pasos mientras observo ojos desorbitados que la chica que iba delante de mí aminora su marcha al llegar al andén, al final de las escaleras. No me relajo porque no sé porqué deja de correr. O bien el tren que ha llegado está en la vía contraria, o bien (estando en nuestra vía) no le conduce al destino que ella busca. Clavo mi mirada en su espalda con la esperanza de que me saque de dudas, pero no me responde. Tres escalones, dos escalones, un escalón. Alcanzo la meta. Giro la cabeza y compruebo que el tren que ha llegado se halla en la vía de en frente. Miro el panel, a las 10 59 llega el mío. Terminó el ritual, al menos por mi parte. Porque con la tranquilidad apoderándose de mi cuerpo y restaurando la paz interior, giro la cabeza y observo a un hombre cincuentón bajar las escaleras con más garbo que Greta. Sus pies se posan en cada escalón sin llegar a conocerlo, con el cruel propósito de olvidarlo cuanto antes para centrarse en el siguiente peldaño. Mientras su mano izquierda asfixia la barandilla y emite un agudo chirrido fruto de la fricción, su diestra sujeta por el cinturón unos vaqueros que pugnan con la fuerza de gravedad y el traqueteo constante. Igual que la chica que me precedía no me dijo nada, no alivió mis prisas con una simple mirada, yo fui incapaz (lo fui en el sentido de que querer es poder, y yo no quise) de decirle a mi perseguidor de alguna manera que no corriera, que no se desgastara porque no había tren alguno en nuestras vías. Le castigué innecesariamente con mi pasividad. Pude haberle ahorrado los 3 últimos segundos de su carrera contra sí mismo, pero no quise. Aquel fue un instante de tiempo insignificante, una carrera contrarreloj y contra todos por coger buen sitio en el andén para, posteriormente, disfrutar de un buen sitio en el vagón. Fue un acto cotidiano que se esfumó de sus mentes, pero fue motivo más que suficiente para que mis labios se separasen y pronunciaran débilmente: ¡qué cabrones!

20 años después, la especie humana aún sigue sorprendiéndome.

Posted by cenci6 at 16:12:54 | Permalink | Comments (4)