Un continuo silencio llenaba la habitación 338. En ella se encontraban varios familiares visitando a una anciana que había sido ingresada recientemente y que se hallaba sedada. Victorina Campos, Nina, una mujer fuerte, sonriente, paciente, sensible y entregada al 100% a sus allegados a pesar de su minusvalía física. La enfermedad que invadió su cuerpo en la adolescencia no sólo le encadenó a una silla de ruedas, también le condenó a visitas continuas a hospitales en los que vivió experiencias de todo tipo. Algunas duras e injustas, como aquella vez en la que unas enfermeras le llamaban enchufada por pertenecer a una familia de militares. En otras ocasiones, por el contrario, tuvo la oportunidad de conocer a gente maravillosa y dedicarles su sonrisa cautivadora, personas a las que estoy seguro no habrá olvidado.
La hermana de Nina, mi abuela, desde su silla de ruedas –dejó de andar de forma paulatina durante el último año- le lanza comentarios que escaparon al control de una mente sana. “Fermez la bouche” le repite una y otra vez. Y la pobre Nina, desde la cama del hospital, le mira con sus enormes ojos azules y con la boca abierta (en un cansado intento por respirar) e intenta mandarle a la porra, sin fuerza si quiera para aguantar el peso de su propia cabeza. Mi madre manda callar a su madre, intentando que Nina esté lo mejor posible después de haber sido reanimada cuando llegaba al hospital en ambulancia, después de haber sufrido otra insuficiencia respiratoria que nos avisa de que tiene los días contados.
Entonces mi abuela, más cercana ya a la infancia que a la madurez en sus palabras y actos, comienza a entonar una canción que aprendió en su niñez en boca de Rafita (supuesta amiga de entonces). Nadie sabe si la tal Rafita habrá pisado este planeta nunca o es uno de tantos lapsus y confusiones en su mente, lo que nadie duda es que, para sorpresa de los allí presentes, recuerda la letra a la perfección. Y lo que es más impactante, Nina se apunta a la fiesta y comienza a vocalizar la canción a modo de Playback. Su boca dibuja fonemas que es incapaz de pronunciar por falta de energía, pero deja bien claro que mantiene frescos esos recuerdos.
Pienso en la última vez que le oí pronunciar una frase de manera nítida. No recuerdo la fecha ni el comentario exacto, pero conociéndola apostaría sobre seguro a que fue un comentario de agradecimiento acompañado por una sonrisa. Recuerdo cuando era niño e iba con mis hermanos a casa de mi abuela después del colegio. Mis padres trabajaban fuera de la ciudad y aquella casa mantuvo siempre las puertas abiertas a tres niños que de buena gana limpiaban el plato de comida. Por aquel entonces, una chica se encargaba de dar la comida a Nina, comida que había cocinado mi abuela con sus propias manos, dotando de un ingrediente especial cada grano de arroz, cada plato de pasta… Nos lavábamos las manos, nos quitábamos el uniforme y bendecíamos la mesa los cuatro. Mis dos hermanos y yo nos criamos en el amor de aquella casa, el hogar que vio crecer a mi madre y a sus cinco hermanos, La buena educación que recibimos aún rige nuestras vidas y nos hace ver con ojo crítico las nuevas oleadas de jóvenes que siembran el terror en el colegio y en sus casas. Doy gracias a Dios por aquellos tiempos de paz y felicidad, por haber sentido el amor de una abuela y sus cálidas y sabias palabras. Doy gracias a Dios por las comidas y tertulias vividos, por haber conocido a la madre de mi madre (mi grandmother). Le estaré eternamente agradecido por cuidar de mí cuando era un ser indefenso y dependiente…
Dejo de pensar en aquellos tiempos para vivir la realidad de la habitación 338. Miro a Nina y rápidamente retiro la vista de sus preciosos ojos. Ajeno a las canciones que sigue recordando mi abuela en voz alta, trato de evitar que mi mirada se cruce con la de Nina. Trato de evitar que haga un sobreesfuerzo para decirme algo, ya que apenas puede respirar aún con la asistencia sanitaria. Me siento culpable, el mirar hacia otro lado me convierte en un cobarde, y noto que condeno a Nina a la soledad y a la incomprensión.
Vuelvo a sumergirme en mi memoria, todavía recuerdo aquellos tiempos en los que Nina hablaba alto y claro. En los que Lala (forma cariñosa con la que llamamos a mi abuela) cocinaba, leía en vez de perder el tiempo frente al televisor, cosía, escribía en su diario…Todavía recuerdo cuando estábamos en el salón de mi segundo hogar viendo la tele después de comer y me mordía las uñas adrede para que Nina (que había comido antes que nosotros) me dijera “No te muerdas” de forma pausada pero clara…me hacía gracia escucharle…
Pero ahora, todo es tan diferente… Mientras mi abuela sigue cantando aquellas canciones infantiles observo a mis familiares. En la habitación nos encontramos varios: Rocío (hermana pequeña de Nina y de mi abuela), en perfecto estado físico y mental, mandando callar a todo aquel que intentara abrir la boca. A su lado mi madre, y con ella dos de sus hermanos. Mis hermanos y yo estamos sentados, sin saber muy bien de qué va la cosa, manteniendo silencio en la medida en la que un joven puede guardar silencio durante una hora entera… Y a nuestra derecha, sentada en su silla de ruedas, con una sonrisa de oreja a oreja y aparentemente algo despistada y ajena a la realidad, mi abuela. Junto a ella está Charo, una mujer boliviana que vive y duerme en casa de mi abuela y cuida de las dos. Es una mujer muy agradable que lleva dos años seguidos con nosotros y ha visto envejecer y perder facultades a mi abuela y luchar y aguantar sin protestar hasta el final a Nina. Ella es quien cocina, quien da de comer a Nina (mi abuela aún es capaz de valerse por sí misma para llevarse el cubierto a la boca), quien pasea por casa y por la calle a mi abuela sentada en su silla de ruedas y quien se despierta de madrugada ante las llamadas incesantes de mi abuela quien le pide (por no decir ordena) que le lleve a la peluquería…¡Bendita Charo! ¡Qué mal debió de pasarlo al principio! Estar trabajando en España para poder llevar dinero a su familia y ver envejecer a mi abuela mientras sus cuatro hijos crecen y maduran allí sin poder ver a su madre. Vernos a nosotros (mis hermanos y yo) jóvenes y sanos, de buenas estaturas, bien vestidos y alegres, quejándonos de problemas mínimos…
Miro y estudio a cada una de las personas que llenan el habitáculo. Éste se halla frío por el silencio y el ambiente que reina en los hospitales, pero el calor de una familia reunida hace mucho más agradable la estancia de Nina (otra estancia más…). Todos somos conscientes de que su hora está próxima. Mientras me dispongo a despedirme me pregunto cuándo será la próxima vez que nos volvamos a ver tantos familiares entre semana, escapando a la rutina y a nuestras obligaciones. Mientras estas reflexiones inundan mi mente, descubro que mi abuela ha concluido su repertorio. A nadie le apetece que haga un “bis”, pero es duro y triste observar como la respiración forzosa de Nina llena la habitación. Pequeños ronquidos que suenan acompañados por el burbujeo del gotero y demás sonidos extraños que reproducen otros aparatos que tratan de llenar de vida sus cansados y frágiles pulmones, retardando así el día de la despedida. Al son de esta melodía fúnebre muere el silencio, y nace en mi interior un sentimiento de incertidumbre.
¿Estaré cerca de ella cuando cierre sus ojos para no abrirlos más?
¿Volveré a verla en casa de mi abuela, escurrida en su silla de ruedas para acostarla en la cama mientras mi abuela llama a Charo a gritos desde el salón?
¿Será esta misma semana cuando se complete su alma o vivirá más tiempo del que le diagnostican los médicos, como ha sucedido siempre con ella?
¿Habré sido capaz de decirle que le quiero mucho y que me ha enseñado a vivir dignamente?
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- ¿Ves la luz en el horizonte?
- Sí, veo un resplandor.
- ¿Es el final de la noche?
- Claro.
- ¿Y por qué no el principio del día?
- ¡Sí! Es el principio del día.
- No, escupitajo. Es las dos cosas. Un principio es siempre un final, y un final siempre un principio.
(De las conversaciones de Skiopul el Cojo y Bruto Memor)
El alimento de los dioses - Gonzalo Moure