Tuesday, June 3, 2008

Ángel

Porque ver morir a alguien es algo más que ver cómo se va de forma súbita de este mundo tan superficial e incompleto para siempre.
Ver morir a alguien es estar con él o ella durante su vida, durante su calvario, compartir con él sus penas y alegrías…y también las tuyas propias. Ver morir a alguien es comprobar como creces por dentro con sus enseñanzas, comprobar que su experiencia es tu camino, su voz la linterna que te ilumina y el mapa sus consejos.

Tras perder a mis dos abuelos (de los que guardo algunos recuerdos, muy gratificantes y reconfortantes) en la niñez, he tenido la suerte de ver morir a un familiar (tía abuela) de manera constante y paulatina durante mi adolescencia. Le he visto morir en cuerpo, pero nunca en alma. La vi perder facultades con el paso de los años, la vi llorar, la vi desnuda, la vi postrada en la cama, harta del sufrimiento físico y de las limitaciones que supone vivir desde la adolescencia hasta los 80 años encadenada a una silla de ruedas y recorriendo los hospitales de todo el país…

He tenido la suerte de ver morir a una persona que quedó inmortalizada en mi corazón, con cada palabra lentamente balbuceada, con cada sonrisa de agradecimiento después de que movieran su frágil y casi inerte cuerpo de una silla a una cama. Con cada mirada de aquellos ojos claros que tanto amor dieron pese a sus circunstancias he aprendido.

He visto morir con el paso de los años a un ángel, y he llorado litros de lágrimas al escuchar esta canción del disco nuevo de Nach.

En su caso, Nach la dedica a una hermana que falleció con 16 años por parálisis cerebral. En mi caso, su voz y sus palabras evocan en mi memoria recuerdos de tranquilidad y de vida eterna junto a ella.

Porque ha pasado medio año y sigo intentando recordarte e inmortalizarte en mi cuaderno.

Porque no lloré en aquél momento intentando aparentar firmeza y ahora mis lágrimas escriben estas líneas.

Porque por triste que suene, no me avergüenza gritar que fuiste la primera mujer a la que vi desnuda en una cama.

Porque dependías de los demás para todo… menos para vivir y ser feliz

Porque pasan los días, las semanas, los meses y el dolor no muere. No muere el dolor porque nunca existió dentro de mí. No hubo dolor ni tristeza, tan solo alivio al entender que dejabas este mundo para descansar eternamente. Que dejarías de visitar hospitales y de carecer de intimidad. Quizás fuera alegría o melancolía lo que provocó una lluvia de sentimientos puros por mis ojos cuando escuché esta voz que me hablaba de ti:

http://es.youtube.com/watch?v=t-3NLJ-WEz4&feature=related

“cuando miro alrededor y no te encuentro
siento que algo de mí también partió en aquel momento”

Gracias por tu vida

 

 

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Tuesday, October 30, 2007

Reflexiones y recuerdos

Un continuo silencio llenaba la habitación 338. En ella se encontraban varios familiares visitando a una anciana que había sido ingresada recientemente y que se hallaba sedada. Victorina Campos, Nina, una mujer fuerte, sonriente, paciente, sensible y entregada al 100% a sus allegados a pesar de su minusvalía física. La enfermedad que invadió su cuerpo en la adolescencia no sólo le encadenó a una silla de ruedas, también le condenó a visitas continuas a hospitales en los que vivió experiencias de todo tipo. Algunas duras e injustas, como aquella vez en la que unas enfermeras le llamaban enchufada por pertenecer a una familia de militares. En otras ocasiones, por el contrario, tuvo la oportunidad de conocer a gente maravillosa y dedicarles su sonrisa cautivadora, personas a las que estoy seguro no habrá olvidado.

La hermana de Nina, mi abuela, desde su silla de ruedas –dejó de andar de forma paulatina durante el último año- le lanza comentarios que escaparon al control de una mente sana. “Fermez la bouche” le repite una y otra vez. Y la pobre Nina, desde la cama del hospital, le mira con sus enormes ojos azules y con la boca abierta (en un cansado intento por respirar) e intenta mandarle a la porra, sin fuerza si quiera para aguantar el peso de su propia cabeza. Mi madre manda callar a su madre, intentando que Nina esté lo mejor posible después de haber sido reanimada cuando llegaba al hospital en ambulancia, después de haber sufrido otra insuficiencia respiratoria que nos avisa de que tiene los días contados.

Entonces mi abuela, más cercana ya a la infancia que a la madurez en sus palabras y actos, comienza a entonar una canción que aprendió en su niñez en boca de Rafita (supuesta amiga de entonces). Nadie sabe si la tal Rafita habrá pisado este planeta nunca o es uno de tantos lapsus y confusiones en su mente, lo que nadie duda es que, para sorpresa de los allí presentes, recuerda la letra a la perfección. Y lo que es más impactante, Nina se apunta a la fiesta y comienza a vocalizar la canción a modo de Playback. Su boca dibuja fonemas que es incapaz de pronunciar por falta de energía, pero deja bien claro que mantiene frescos esos recuerdos.

Pienso en la última vez que le oí pronunciar una frase de manera nítida. No recuerdo la fecha ni el comentario exacto, pero conociéndola apostaría sobre seguro a que fue un comentario de agradecimiento acompañado por una sonrisa. Recuerdo cuando era niño e iba con mis hermanos a casa de mi abuela después del colegio. Mis padres trabajaban fuera de la ciudad y aquella casa mantuvo siempre las puertas abiertas a tres niños que de buena gana limpiaban el plato de comida. Por aquel entonces, una chica se encargaba de dar la comida a Nina, comida que había cocinado mi abuela con sus propias manos, dotando de un ingrediente especial cada grano de arroz, cada plato de pasta… Nos lavábamos las manos, nos quitábamos el uniforme y bendecíamos la mesa los cuatro. Mis dos hermanos y yo nos criamos en el amor de aquella casa, el hogar que vio crecer a mi madre y a sus cinco hermanos, La buena educación que recibimos aún rige nuestras vidas y nos hace ver con ojo crítico las nuevas oleadas de jóvenes que siembran el terror en el colegio y en sus casas. Doy gracias a Dios por aquellos tiempos de paz y felicidad, por haber sentido el amor de una abuela y sus cálidas y sabias palabras. Doy gracias a Dios por las comidas y tertulias vividos, por haber conocido a la madre de mi madre (mi grandmother). Le estaré eternamente agradecido por cuidar de mí cuando era un ser indefenso y dependiente…

Dejo de pensar en aquellos tiempos para vivir la realidad de la habitación 338. Miro a Nina y rápidamente retiro la vista de sus preciosos ojos. Ajeno a las canciones que sigue recordando mi abuela en voz alta, trato de evitar que mi mirada se cruce con la de Nina. Trato de evitar que haga un sobreesfuerzo para decirme algo, ya que apenas puede respirar aún con la asistencia sanitaria. Me siento culpable, el mirar hacia otro lado me convierte en un cobarde, y noto que condeno a Nina a la soledad y a la incomprensión.

Vuelvo a sumergirme en mi memoria, todavía recuerdo aquellos tiempos en los que Nina hablaba alto y claro. En los que Lala (forma cariñosa con la que llamamos a mi abuela) cocinaba, leía en vez de perder el tiempo frente al televisor, cosía, escribía en su diario…Todavía recuerdo cuando estábamos en el salón de mi segundo hogar viendo la tele después de comer y me mordía las uñas adrede para que Nina (que había comido antes que nosotros) me dijera “No te muerdas” de forma pausada pero clara…me hacía gracia escucharle…

Pero ahora, todo es tan diferente… Mientras mi abuela sigue cantando aquellas canciones infantiles observo a mis familiares. En la habitación nos encontramos varios: Rocío (hermana pequeña de Nina y de mi abuela), en perfecto estado físico y mental, mandando callar a todo aquel que intentara abrir la boca. A su lado mi madre, y con ella dos de sus hermanos. Mis hermanos y yo estamos sentados, sin saber muy bien de qué va la cosa, manteniendo silencio en la medida en la que un joven puede guardar silencio durante una hora entera… Y a nuestra derecha, sentada en su silla de ruedas, con una sonrisa de oreja a oreja y aparentemente algo despistada y ajena a la realidad, mi abuela. Junto a ella está Charo, una mujer boliviana que vive y duerme en casa de mi abuela y cuida de las dos. Es una mujer muy agradable que lleva dos años seguidos con nosotros y ha visto envejecer y perder facultades a mi abuela y luchar y aguantar sin protestar hasta el final a Nina. Ella es quien cocina, quien da de comer a Nina (mi abuela aún es capaz de valerse por sí misma para llevarse el cubierto a la boca), quien pasea por casa y por la calle a mi abuela sentada en su silla de ruedas y quien se despierta de madrugada ante las llamadas incesantes de mi abuela quien le pide (por no decir ordena) que le lleve a la peluquería…¡Bendita Charo! ¡Qué mal debió de pasarlo al principio! Estar trabajando en España para poder llevar dinero a su familia y ver envejecer a mi abuela mientras sus cuatro hijos crecen y maduran allí sin poder ver a su madre. Vernos a nosotros (mis hermanos y yo) jóvenes y sanos, de buenas estaturas, bien vestidos y alegres, quejándonos de problemas mínimos…

Miro y estudio a cada una de las personas que llenan el habitáculo. Éste se halla frío por el silencio y el ambiente que reina en los hospitales, pero el calor de una familia reunida hace mucho más agradable la estancia de Nina (otra estancia más…). Todos somos conscientes de que su hora está próxima. Mientras me dispongo a despedirme me pregunto cuándo será la próxima vez que nos volvamos a ver tantos familiares entre semana, escapando a la rutina y a nuestras obligaciones. Mientras estas reflexiones inundan mi mente, descubro que mi abuela ha concluido su repertorio. A nadie le apetece que haga un “bis”, pero es duro y triste observar como la respiración forzosa de Nina llena la habitación. Pequeños ronquidos que suenan acompañados por el burbujeo del gotero y demás sonidos extraños que reproducen otros aparatos que tratan de llenar de vida sus cansados y frágiles pulmones, retardando así el día de la despedida. Al son de esta melodía fúnebre muere el silencio, y nace en mi interior un sentimiento de incertidumbre.


¿Estaré cerca de ella cuando cierre sus ojos para no abrirlos más?

¿Volveré a verla en casa de mi abuela, escurrida en su silla de ruedas para acostarla en la cama mientras mi abuela llama a Charo a gritos desde el salón?

¿Será esta misma semana cuando se complete su alma o vivirá más tiempo del que le diagnostican los médicos, como ha sucedido siempre con ella?

¿Habré sido capaz de decirle que le quiero mucho y que me ha enseñado a vivir dignamente?

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- ¿Ves la luz en el horizonte?

- Sí, veo un resplandor.

- ¿Es el final de la noche?

- Claro.

- ¿Y por qué no el principio del día?

- ¡Sí! Es el principio del día.

- No, escupitajo. Es las dos cosas. Un principio es siempre un final, y un final siempre un principio.

(De las conversaciones de Skiopul el Cojo y Bruto Memor)

El alimento de los dioses - Gonzalo Moure


Posted by cenci6 at 10:21:45 | Permalink | Comments (2)

Tuesday, June 26, 2007

Toda una vida II

Hoy, 16 de Junio de 2007, parece que ha estallado la guerra civil en Palestina. Desconozco las causas, pues los telediarios sólo se encargan de insensibilizarnos mostrándonos imágenes de niños con miembros amputados. A las televisiones sólo les interesa mostrar imágenes violentas que vendan, no aclarar qué es lo que pasa. Intentan que lo veamos como algo lejano, meternos miedo para que cuando nos crucemos con algún hombre parecido a los de la tele (pues todos son iguales), o cuando subamos al metro y veamos a “uno de ellos”, le miremos con aversión y odio, como si estuviera contaminando nuestra sociedad perfecta y no tuviera porqué estar aquí.

Cuando encienda la televisión y vea a niños llorando o a madres y padres desconsolados pidiendo ayuda en Palestina, en Irak o en cualquier otro punto conflictivo del planeta, no estaré viendo a desconocidos que viven en un infierno lejano geográficamente. Estaré viendo a mi abuela y a su hermana pequeña llorar de miedo e incertidumbre en Toledo, al ver cómo las balas y las bombas de “los malos” arrancan la vida de sus compañeros de juego. Y cuando mañana vaya a casa de mi abuela a acostarla a o cambiarla de silla, y vea de nuevo su mirada perdida y sus ojos marcados y carentes de brillo, no estaré viendo a Carmen Campos Aragonés, tristemente estaré viendo las caras desencajadas de personajes anónimos que cometieron el error de nacer en un tiempo y en un espacio equivocados y cuya existencia sólo sirve para engrosar los datos y estadísticas que escupen los telediarios del resto del mundo.

Hoy me siento triste, culpable quizás, de estar en un donde y un cuando privilegiados. Nunca me sentí valenciano, español pocas veces. Pero siempre he sido consciente de la suerte que tengo de vivir en este donde y en este cuando, así como de las circunstancias de las que goza mi familia. Hay muchas cosas que no entiendo, hay muchas que no me gustan, no sé si me sobran o me faltan las palabras…

Extraña especie, extraño mundo…

Posted by cenci6 at 12:13:59 | Permalink | Comments (2)

Wednesday, June 20, 2007

Toda una vida

Nació en 1927. A la tierna edad de 9 años vió comenzar una guerra civil en su pís que acabaría tres años después (1939). Durante buena parte de ee período, permaneció en el Alcázar de su ciudad natal: Toledo. Aquel lugar jugó un papel muy importante en la historia de este paí, y ella un niña de 10-11 años tuvo la “suerte” de haber nacido en una familia de militares. Su posición era privilegiada y muchos de los niños y niñas con los que seguro compartió risas y juegos en la calle perecieron en tan cruel acontecimiento. Aquella guerra estúpida (perdonen la redundancia) dividió al país en malos y más malos, en dos bandos que rompieron familias, arrebataron vidas y enfrentaron a semejantes.

Setenta años después, sus ojos aún reflejan el dolor y la marca imborrable que dejó la guerra en el corazón de una joven de escasos 10 años. Aprendió rápido el valor de la vida, dió gracias a Dios por haber sobrevivido junto a su hermana pequeña y se crió en una familia de militares que gozaba de buen estatus social y económico. Recibió una educación recta y se casó con el hombre más bondadoso que haya participado en la historia de esta especie. Tuvieron 6 hijos, que se amaron y respetaron como hermanos.

La hermana pequeña de mi abuela (mi tía-abuela) sufriría en su adolescencia una extraña enfermedad que le dejaría sin andar y haría temer por su vida. Estando mi bisabuelo en el hospita, tras haber empeñado su coche (Mercedes), haberse gastado una fortuna en medicamentos de contrabando y haber invertido todo su dinero en intentar curarla; un médico le dijo que estaba perdiendo el dinero, y que lo emplease en un entierro digno. Mi bisabuelo (a quien lógicamente sólo conozco de oídas) echó de la habitación al médico y le advirtió de que no quería volverle a ver nunca.

La situacion mejoró y Victorina salvó su vida, o mejor dicho la actitud de sus familiares se la salvó. Perdió la movilidad de sus piernas y parte de la de un brazo, pero nadie ni nada le pudo arrebatar su sonrisa. Podía escribir, podría coser, podía comer ella sola… Creció en una silla de ruedas, dependiendo de los demás para muchas cosas. Sus sobrinos, entre ellos mi madre, le lavaban, le peinaban y le llevaban de paseo por cuestas y por los lugares más recónditos que encontraran. Y ella siempre les correspondía con una sonrisa sincera y tierna.

Aquellos seis hijos de mi abuela, se casaron y tuvieron sus hijos. Pero un nuevo suceso golpeó a mi familia. Uno de los hijos mayores había fallecido horas después de ser padre. Sonó el teléfono, y un padre recibió la peor noticia que podía recibir: la muerte del primogénito. El suceso, dentro de lo triste e injusto que fue, unió más a la familia, que lloró su muerte durante mucho tiempo.

Mi abuela era y es una mujer fuerte, que ha superado múltiples obstáculos a lo largo de su vida, durante sus 80 años recién cumplidos. Pero en los últimos dos años ha perdido mucho. Dejó de andar, sufre pérdidas de memoria considerables, pide que le lleven a lavarse los dientes cuando no hace ni 10 minutos que se los lavó… Es lo que tiene la edad, la vida es así. Pero me niego a verla sentada en un sillón mirando sin pestañear las fotos de su marido y de su hijo fallecidos. Me niego a recordarla como una mujer que esperó sentada a que llegara su hora. Me niego a perderla antes de que se vaya…

16 - Julio - 2007

Posted by cenci6 at 11:56:36 | Permalink | Comments (3)